Es duro tener que decir esto. Pero mi madre también necesitaría un psicólogo, lo mismo que me han obligado a necesitarlo a mí durante todos estos años. Y es que no solamente hay hijos enfermos, sino familias enteras a las que no les vendría nada mal pasar una temporada en un hospital psiquiátrico.
En algunas de estas familias enfermas, el neurótico obsesivo dominante de grandes facultades intelectuales suele ser el rey de la casa, independiente y perfeccionista. La reina, muy preparada profesionalmente, compite con el rey, por el trabajo e incluso por los hijos. Suele producirse una infidelidad. Normalmente, acaban divorciándose y el resultado es una familia desestructurada.
Padre, madre, hijos e hijas -al corro de las patatas- configuran una estructura especial, de carácter íntimo: el manicomio.
No, yo nunca vi besarse a mi padre y a mi madre. Y había palabras en la mesa que eran sustituidas por apabullantes silencios. Y había tortugas, ratas blancas, hamsters, pájaros, perros y gatos. Eran los primeros a los que saludábamos al entrar en casa.
Y habían dulces tardes de juventud, en verano, durante los cuales disfrutábamos de la libertad de tener a nuestros progenitores más o menos lejos, mientras nosotros cuidábamos de nosotros mismos.
Algo que hubieran tenido a bien enseñarnos mejor, si hubieran hablando como adultos con nosotros, si nos hubieran revelado la palabra secreta que nunca se decía a la hora de comer, si se hubieran vuelto transparentes como el agua durante la crisis final, en lugar de adquirir la consistencia de un muro inexpugnable de silencio y buenas formas.
No, yo nunca vi besarse a mi padre y a mi madre.




