-¿Qué tal con el estimado psiquiatra?
-Bien, le he encontrado mucho mejor.
-¿Te ha dicho por qué?
-No, pero se ha puesto un traje de sevillana y se ha bailado una. Entonces he comprendido que si yo veo cosas así, es que necesito las pastillas.
-No te preocupes, hermano, yo veo elefantes rosas
-Es que estas cosas hay que hablarlas siempre con discreción.
-Pues eso, ya que somos una familia especial, ¿por qué no nos hacemos cultivadores de capullos de seda?
-Me lo he preguntado ya más de una vez. Por qué no somos ni siquiera criadores de ornitorrincos.
-Ganamos con la porra del partido con el Barça, ¡4-0!
– No te preocupes, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo de los dos.
-Como vuelva y no me haya ingresado el dinero le diré a mis elefantes rosas que no sean amigos tuyos
-No me extraña que el psiquiatra opine que estoy peor. ¡Tener que ver elefantes rosas! Es delirante. ¿No podríamos jugar ahora a que usted es el paciente y yo el enfermo?
-¿Cómo dice?
-Desde luego, tener un amigo psiquiatra es una total locura. De esas locuras que empiezan pronunciando tu nombre, y te tratan de tú, y esas cosas. Vamos, de cuadro psicótico con vendaval. De brote florido.
-Si quieres que te diga la verdad, yo soy sólo una alucinación.
-Pues lárgate y déjame en paz. Este articuento, como todos los demás, no le habrá servido a nadie de nada.




