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SUSURROS DE BAMBÚ

Triunfo de Anirban Lahiri y gran tercer puesto de Alejandro Cañizares en Malasia

En el Maybank Malaysian Open ha ganado Anirban Lahiri (-16) a un golpe del austriaco Bernd Wiesberger (-15) y a tres de Alejandro Cañizares y del inglés Paul Waring (-13).

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Tanto Alejandro Cañizares como Bernd Wiesberger realizaron un partido pobre en la primera vuelta. Si aquel, haciendo un doble bogey en el hoyo 5, consiguió salvar el par en los primeros nueve hoyos, Cañizares no coleccionó hasta el hoyo 11 cinco bogeys que le cerraban las puertas a la victoria; tres birdies seguidos en los hoyos 14, 15 y 16 lo dejaron en el zaguán.
 
Globalmente, no es mala posición la tercera plaza, pero el corazón te dice que eso es insuficiente cuando eres serio aspirante a la victoria. Sangraba esa herida de +5 en el espíritu y el madrileño tiró de casta para encadenar aquel triplete de birdies.
 
El golf es muy grande. Y el mundo también. Si Estados Unidos está lleno de figuras individuales y el golf de Europa destila esencias de liderazgo, en el Oriente llevan unas décadas de crecimiento de buen golf. Ya hemos visto en otras ocasiones el chorreo de victorias de coreanas, la pujanza de las tailandesas y la firme promesa del gigante chino.
 
En el golf masculino no ha sido fácil por el momento señalar algún astro. Sí, todavía son pocos pero llaman a la puerta muy fuerte: de Japón, brillan en el PGA Tour Hadeki Matsuyama y Ryo Hishikawa; de Corea son Sangmoon Bae, J.K. Choi y de Tailandia Jaidee Thongchai, Prom Meesawat y Kiradech Aphibarnat.
 
Pero sobre todos ellos sobresale un indio que cuanto más lo miro más me recuerda a un socio de mi Club, aunque en el caso del indio con el rostro más del color de la aceituna madura. Se trata de Anirban Lahiri, un profesional de golf que ya ha ganado en el Asian Tour otras cinco veces y cuenta ya con doce victorias en su carrera.
 
Al comenzar la cuarta jornada, que finalmente se jugó en partidos de tres jugadores, no estaba en el partido estelar, sino en el anterior, con el zurdo americano Paul Peterson y el defensor del título Lee Westwood. Lahiri, que en los dos primeros días había jugado sólo mediano (70-72) hizo un primorosa tercera vuelta de -10 (62), lo que le dio acceso al jardín de los sueños del golf, allí donde los árboles y la caña del bambú te susurran “sí, este será un gran día”.
 
Y si pudo ser su día fue gracias también a que los favoritos Cañizares y Wiesberger (+2 en el día) no cumplieron expectativas, como tampoco las cubrió el inglés Lee Westwood con +3 en el día.
 
Anirban Lahiri aprovechó su momento de inspiración y muy concentrado, ya en el hoyo 5 llevaba cuatro birdies, que eran como un telegrama con sonidos de tambores de guerra. No he podido saber de que parte de la India procede Lahiri, pero me apuesto la mitad de la asignación que me pasa tía Alicia a que este profesional es bengalí: ¿han visto su mirada? ¿Han contemplado la determinación de su gesto en la mandíbula?
Aquí, en Kuala Lumpur, un meteorólogo no podría hablar de humedad relativa, tendría que decir humedad absoluta. Y mientras el público se protegía con paraguas – y no llovía -; y mientras sus contrincantes se secaban el sudor y bebían agua, el tigre oscuro de bengala desplegaba sus mullidas garras, afilaba el putter y sonreía entre dos colmillos.
 
La caña de bambú cerca del rough no se equivocaba en el susurro y cuando tras una mala salida en hoyo 17 alcanzó el anillo que rodea el green, entubó un larguísimo putt, que como un rugido felino heló el grip del para entonces único adversario en el campo, Bernd Wiesberger.
 
Lahiri, ya mejor tarjeta en Casa Club, apoyaba su espalda mirando en la televisión el último hoyo del Kuala Lumpur Golf & Country Club, un par 5 cuyo recorrido, sembrado de bunkers, retorcía el juego conservador del austriaco que no desplegó ningún desparpajo y su bola murió prudente cuando acaso hubiera vivido triunfante con un juego algo más heroico.
 
En los momentos finales del juego ya se habían callado la infinidad de árboles de esta Nación Jardín como se llamó en marzo de 1997. Callaba ya sin más susurros el bambú; pero guardaban también húmedo silencio la angsana, la poinciana amarilla, el árbol de la lluvia y el canelo silvestre, el tulang daing, el elengi, el árbol de la llama y hasta la dura caoba.
 
Y en ese detenerse de todo sonido no supo leer los signos el golfista europeo, quizás, como ya escribiera Jhumpa Lahiri (Premio Pulitzer 2000) porque “he learned not to mind the silences”.
 
En el interior de cada uno hay susurros de silencios para revitalizar palabras de quietud, paz y victoria.
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