Yo soy patriota del mar. De los arrecifes y de las peñas, de las rocas y las sirenas, de los marineros que sienten pena cuando ven a la anchoa emigrar. Yo soy patriota del mar. La mar gruesa y la más fina, soy patriota de aquello que no sea tierra, del hombre al que se destierra, de la tormenta y la calma, y del sol que se va a nadar.
Yo soy patriota del mar, de delfines y ballenas, de sus habitantes soy amigo y de sus mareas testigo. Los barcos que navegan por ella, nunca lo poseerán. Nunca serán dueños del azul marino, ni siquiera un submarino lo podría sobornar. Yo soy pariente del mar, como lo fue mi madre y mi padre, que le sabían cantar. Y cuando preguntábamos adónde íbamos a parar, decían al mar, señores, al mar.
Yo soy patriota del mar, de sus corrientes y sus vientos, de su agua llena de vida aunque parezca transparente. El mar se proclama amo con su oleaje persistente, sus ríos, con sus fuentes y sus cascadas, con los surtidores que brotan del fondo de la estacada.
Porque el mar está debajo, aunque nos importe un carajo, debajo de las montañas más altas hay una reserva de agua callada.
Yo soy patriota del mar. También hay mares voladores que rompen en los cielos cuando se trata de alimentar a las plantas y a los mosquitos, a las praderas y sus bichitos, a los bosques y los riachuelos, que se convierten en grandes arroyos que también morirán en el mar.
Hay que temer su furia, porque también el mar se enfurruña, y ayudado por los tres elementos se puede convertir en malhechor. Hay que pedirle las cosas por favor, recordando que hubo que cruzarlo, para que el primate moderno siguiese caminando.
Yo soy patriota del mar, de sus olas y sus corderitos de espuma, de su eternidad y sus criaturas, de su generosidad. Sin el mar no habría vida, sin el mar no habría nada, por mucho que en la tierra se olvida su grandeza salada. Por eso, cuando me preguntan, suelo decir que nací en el Cantábrico, a orillas de una playa, nadando desde alta mar… porque podía respirar.
Yo soy patriota del mar. El mar parió a la tierra. Incluso da color -con los pinceles del amor- a un pintor muy viejo, que universo se hace llamar, y que se dice padre del mar. Pero los veteranos marineros saben que el cielo sólo se trata del techo de un mar, que baila al compás de las olas al despertar.
Yo soy patriota del mar, aunque no extienda pasaporte, porque el mar es más profundo que altas son las montañas. Y dentro de mi corazón, hay un abismo marino que me quiere por destino cuando me vayan a enterrar.
Por éstas y otras razones, pues todas van a la par, yo soy patriota del mar.
(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog “Como sujetar un cocodrilo” supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993); “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010), y "Esclavo de la luz" (Ed. Punto Rojo, 2013).




