La Pintura de Historia española se encuentra actualmente en las salas del piso bajo del Museo del Prado, aunque no están todos sus cuadros históricos por razones de sitio, sino los más relevantes. No obstante, recomiendo visitar estas salas e introducirse en la historia que representan.
Sala 61 del Museo del Prado
Manuel Domínguez Sánchez (1840-1906) nace en Madrid, se forma en la Academia de San Fernando, y como muchos pintores de la época, obtiene una pensión en Roma, en 1864, donde adquiere formación y madurez, ganando sendas medallas por alguno de sus cuadros. En El Prado se expone su obra de más fama, Séneca después de abrirse las venas, 1ª medalla en 1871, en la que narra los últimos momentos del filósofo estoico, condenado por Nerón al suicidio, hecho que llevará a cabo en presencia de sus discípulos.
Se trata de un gran lienzo de dilatada perspectiva, en la que predominan la claridad compositiva y la perfección dibujística, pintado con austera decoración interior, acorde con la doctrina del filósofo, que se potencia con la reducida gama cromática empleada. Resaltan el hermoso colorido de las togas y las figuras atractivas de los jóvenes seguidores, entre los cuales destaca uno, de gran belleza, que yace abatido en difícil escorzo oblicuo. Al ver la figura del filósofo muerto no se puede por menos que evocar el precioso cuadro de David, La muerte de Marat, con el brazo del político francés cayendo lánguidamente fuera de la bañera, en el que Domínguez parece haberse inspirado.
Lorenzo Vallés (1830-1910), nace en Madrid y muere en Roma, siendo artista poco conocido en su producción, a excepción del importante cuadro de historia Demencia de Doña Juana, realizado en 1866 siendo 2ª medalla en la Exposición Nacional de ese año. Este único y bellísimo lienzo, de tradición realista barroca, le cataloga como un extraordinario pintor.
Efectuado dos años después de El Testamento de Isabel la Católica, de Eduardo Rosales, Vallés recibe de éste claras influencias que interpreta de forma personal. La mayor parte de la pintura la ocupa una gran cama con dosel de la que cuelgan cortinas de limpio color hueso y tenues rayas doradas, que conforman el fondo del cuadro. La soberbia imagen de Doña Juana se recorta sobre el claro trasfondo de los rasos, fascinando con el delicado juego de sus manos, en un gesto que implora silencio y quietud.
Destaca el vestido de la reina, de oscuro terciopelo negro, sobre los pálidos cortinones de raso, realzando su esbeltez. A través de los pliegues entreabiertos de las telas del dosel se vislumbra, en el lecho, al difunto rey Felipe el Hermoso al que su esposa cree dormido. Vallés emplea con destreza luces y sombras muy contrastadas, con ello consigue un logrado efecto de atmósfera velazqueño que logra lo imposible, palpar la sutileza del aire o escuchar el silencio que envuelve el aposento.
Dióscoro Teófilo de la Puebla (1832-1901) se forma en la Escuela de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid de la que fue posteriormente director. En 1858, consigue una pensión para ir a Roma, dedicándose luego a la docencia, en la Academia de Bellas Artes de Madrid, perteneciendo, asimismo, a la Real Academia de San Fernando. Cristóbal Colón en América, es una obra de grandes dimensiones realizada al gusto de los certámenes academicistas, que le otorgaron una 1ª medalla en 1862.
La pintura, marcadamente realista, presenta la clásica escena de la llegada de Colón al Nuevo Mundo, mostrando a los diferentes personajes sin idealizar. Las hijas del Cid, 1871, resulta muy diferente y se aleja de las tradicionales pinturas de historia. Su tamaño es más reducido y la temática, la afrenta sufrida por Doña Elvira y Doña Sol por parte de sus esposos los Infantes de Carrión, da motivo al autor para mostrar unos hermosos desnudos femeninos de modelado suave, naturalista, en un contorno paisajístico frondoso.
Francisco Pradilla (1848-1921) se forma en la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza y de la Escuela de Pintura, Escultura y Grabado, en Madrid, así como en el taller de Federico de Madrazo. Pradilla posiblemente sea uno de los autores más representativos de la pintura de historia española – junto con Gisbert y Rosales – y uno de los que adquiere más popularidad y fama en vida. En 1874, obtuvo una pensión para ir a Roma y posteriormente diversos premios y medallas como la Medalla de Honor de la Exposición de París, 1878, la de Viena en 1882 y el título de la Legión de Honor Francesa. Su pintura llena de virtuosismo, rica y exuberante, ha atraído siempre con fuerza al espectador, que no es ante ella un mero observador pasivo, sino que se convierte, mediante su arte, en un personaje más del cuadro que vive la historia representada.
Tal vez ninguna obra de historia subyugue tanto como la de Doña Juana la Loca, 1877, con la trágica figura central de la reina, hija de los Reyes Católicos y madre de Carlos V, que enloquecida, con rostro iluminado y mirada perdida, traslada los restos de su idolatrado esposo, Felipe el Hermoso, por los áridos campos de Castilla. El largo cortejo descansa en un tramo de la meseta – plasmado por Pradilla en un magnífico paisaje -, alumbrado por la tenue luz crepuscular bajo la opresión plúmbea de las nubes.
La obra tiene gran sabor romántico. Ello se desprende del argumento y del tratamiento dado por el autor a la composición, con el féretro emplazado en primer plano, la reina de pie junto a él, desvariada su mente, y la lúgubre comitiva y el ambiente envuelto por el humo de la hoguera que arde en el centro. Pintado con extraordinaria destreza y precisión, en especial el conjunto de personajes que rodean a la reina, de gran expresividad, Pradilla logra un lienzo excepcional, que ejecutó en Roma, y por el que logró una 1ª medalla en 1878.
Sala 61a del Museo del Prado
Antonio Gisbert (1834-1901) formado en la Academia de San Fernando en Madrid, completa sus estudios artísticos en París y en Roma. Se puede considerar a Gisbert como uno de los mejores especialistas de pintura de historia española. La obra de este artista alicantino, se caracteriza por un nítido realismo y gran destreza dibujística, impregnada de personalidad, sobriedad y sentimiento contenido e interior. Así se puede apreciar en El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, 1888, la obra más prestigiosa y conseguida de Gisbert, enormemente controvertida debido a su significado político-liberal. El general Torrijos se pronunció por esta causa durante el Trienio Liberal, 1820-23, acaudillado por Riego, por lo que fue fusilado por orden de Fernando VII, durante la década absolutista.
En impresionante hilera frontal y perspectiva oblicua se establecen los seis dirigentes de la sublevación en espera de ser ajusticiados. Estos hombres, condenados junto a otros participantes del pueblo, se encuentran enlazados dramáticamente por sus manos en un último gesto de calor humano. El lienzo, de inmensas dimensiones, subyuga con estos hombres de cuerpo entero que, envueltos en sentimiento de angustia y tragedia, parecen encontrarse realmente ante el espectador.
El artista lleva a cabo uno de los más hermosos y dignos cuadros de la Pintura de Historia en los seis personajes principales, dibujados con gran perfección y detalle como auténticos retratos, plasmando las virtudes de integridad, rectitud, serenidad, lealtad y valentía. Delante, los cadáveres, en violento escorzo, representan la irracionalidad y el dolor de la muerte por obra del propio ser humano. El resultado es muy bello. La paleta fría y sobria aumenta la gravedad del acto.
Antonio Muñoz Degrain ( 1943-1924 ) nace en Valencia donde trabaja y se forma, en la Academia de San Carlos, de la que posteriormente será miembro. Logra merecidamente la fama y obtiene, a lo largo de su vida artística, numerosas distinciones, premios y medallas. Establecido en Málaga, ejerce allí la docencia en la Academia de San Telmo, teniendo entre sus alumnos a Picasso, llegando a ser miembro asimismo de la Real Academia de San Fernando, en Madrid.
Eminente paisajista, en el contexto de pintura de historia se encuentra su obra maestra Los amantes de Teruel, pintada en Roma, 1ª medalla en 1884, que con un bello tema de amor imposible, relata la leyenda de la desgraciada pasión entre Doña Isabel Segura, joven de alta alcurnia, y el noble sin fortuna Don Diego Martínez de Marsilla. Obligada Isabel por su padre a contraer matrimonio con un rico personaje, el hecho acarreará el final trágico de los jóvenes enamorados. En perspectiva oblicua, el ataúd con el cadáver de Don Diego ocupa un primer plano del espacio pictórico. Doña Isabel yace reclinada sobre el cuerpo del doncel al que se aferra desesperada antes de morir.
José Moreno Carbonero (1860-1942), nacido en Málaga, posee unas grandes dotes para el dibujo, que realiza con fluidez y virtuosismo, componiendo enormes y complejos cuadros con suma facilidad desde muy joven. El Príncipe Don Carlos de Viana, obtuvo una 1ª medalla en 1881, efectúa una pintura de historia llena de interés y dignidad, tanto por el motivo narrado, no demasiado conocido, como por la pintura en sí, rica en dibujo y en tratamiento de materias, que hará de cada uno de los objetos representados auténticos bodegones. Moreno Carbonero muestra al destronado Príncipe Carlos de Viana, hijo mayor y legítimo sucesor de Juan II de Aragón y Blanca de Navarra, hermanastro de Fernando el Católico, condenado por su padre a un encierro de por vida a causa de las intrigas de su madrastra Juana Enríquez, madre del rey católico. Su obra maestra, La conversión del Duque de Gandía, 1ª medalla de 1884, traslada de nuevo al espectador al purismo romántico, tipo Pradilla o Muñoz Degrain.
El cuadro de Moreno Carbonero, coloca, una vez más, un féretro, el de Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, en plano principal y perspectiva oblicua. Delante de él se yergue, imponente, la figura de Francisco de Borja, Duque de Gandia, destrozado por el dolor, apoyado en un noble, en el momento decisivo de su vocación, cuando al contemplar la descomposición del cadáver de su reina y señora, del que era devoto admirador, pronuncia la conocida frase de no servir nunca más a señor que pueda morir, para ingresar a continuación en la congregación de los Jesuitas.
Oriundo de Alicante, Emilio Sala (1850-1910) se educa en la Academia de San Carlos de Valencia, trasladándose posteriormente a Madrid, donde se dedica a la docencia como catedrático. Reside, también, temporadas importantes en París y Roma. En 1890 obtiene la gran medalla de oro en la Exposición de Berlín, por La expulsión de los judíos en España, año de 1492, 1889, cuadro que le conduce a la fama. Tratado con estrechez compositiva, muestra el juicio que determina, por parte de los Reyes Católicos, la expulsión irrevocable de los judíos de España, en el que actúa como acusador el inquisidor Torquemada.
El lienzo da una cierta impresión de angostura al cortar la escena por sus bordes, lo cual es un efecto de la nueva manera de ver fotográfica. En perspectiva frontal, el pintor instala en alto las serenas figuras de los monarcas en actitud pasiva y atenta; en vehemente y apasionado discurso al dominico; y de pie y espaldas a la impresionante figura de un judío, acaso la más bella del cuadro, que simboliza a todo un pueblo doliente. Emilio Sala posee una pincelada versátil, nerviosa, vibrante, muy larga, de trazos desenvueltos, con yuxtaposición de ricos y jugosos colores, a la manera levantina.
Sala 61b del Museo del Prado
José Casado del Alisal (1832-1886) es una de las figuras principales y más renombradas de la pintura de historia española. Formado en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, alumno de Federico de Madrazo, Casado llegó a ser pensionado en Roma y profesor de la Escuela de Bellas Artes de Madrid, siendo nombrado también Director de la Academia Española en Roma, en 1873. Su más afamado lienzo, La Rendición de Bailén, Primera medalla en 1864, es una magnífica obra de grandes dimensiones, dibujo correcto y equilibrio formal. Adolece, sin embargo, de originalidad e impronta personal al ser casi una réplica de La Rendición de Breda, de Velázquez, siguiendo con fidelidad las huellas del pintor barroco.
Eduardo Rosales (1863-1873), que expone en la misma sala, es sin duda una de las máximas figuras de la pintura española del siglo XIX, conjuntamente con Mariano Fortuny, pintura que llegó a renovar e innovar avanzadamente. La vida de Rosales fue corta y difícil, tuvo que luchar mucho para abrirse camino y cuando finalmente logra la fama muere prematuramente de tuberculosis, en 1873. Formado en la Academia de San Fernando, después de grandes vicisitudes consigue ir a Roma gracias al apoyo económico de algunos amigos, residiendo en la capital italiana varios años donde pinta algunas de sus mejores obras. Una vez en Roma, consigue al fin una ayuda oficial y realiza El testamento de Isabel la Católica, Primera medalla en 1864.
El Testamento de Isabel la Católica, 1864, fue un lienzo preparado y estudiado concienzudamente por Rosales. Eligió esta temática para hacer meditar sobre el incumplido testamento de la reina Isabel I. Con este cuadro Rosales enlaza la pintura del siglo XIX con la del siglo XVII español, marcando un hito importante debido al tratamiento que da a la luz y al ambiente. Rosales redescubre la pintura realista del Barroco, plasmando en la tela la característica atmósfera velazqueña, pero lo hace según su propia creatividad e interpretación y nunca al contrario, por lo que logra una obra magistral. Siguiendo un punto de vista frontal, el pintor dispone un sobrio aposento en cuyo centro se halla una austera cama con dosel en la que yace la regia moribunda, iluminada por una potente luz y claridad.
De belleza y juventud idealizadas, serena y pragmática, Isabel dispone sus últimas voluntades. Los ropajes, cortinas, colchas, sábanas y camisón, son de gran sencillez y casi tosquedad textil. Alrededor de este núcleo central se encuentran los otros personajes. El rey Fernando, sentado en sillón frailero, ante la muerte inminente de su esposa, es la imagen de la desolación y el abatimiento. A su derecha, de pie, vestida de oscuro, se encuentra la futura reina Juana. Enfrente el cardenal Cisneros escucha en actitud inteligente y alerta. Casi se podrían percibir en la estancia la quietud y el silencio total, apenas interrumpidos por el leve roce de la pluma del escribano. El dolor y la tristeza impregnan el ambiente creado por Rosales. La muerte se presiente como la gran protagonista de esta obra singular.
Si El Testamento se señala por su inmovilidad, resignación y estatismo La muerte de Lucrecia, Primera medalla en 1871, se significa, por el contrario, por su fuerte dinamismo. Iniciado en Italia y terminado en Madrid, donde instala su taller, el cuadro presenta a otra figura femenina que muere, pero aquí no hay abatimiento ni resignación, sino desesperación, rabia y rebeldía. La fragilidad y la delicadeza son sustituidas ahora por la fortaleza y el movimiento.
La muerte de Lucrecia es un cuadro muy diferente al anterior. El argumento, mucho más revolucionario y controvertido, traslada, en el tiempo y en el espacio, la instauración de la República de Roma al reinado de Isabel II, con su derrocamiento y posterior instalación de la Primera República en España. La fiel Lucrecia se ve asediada, en ausencia de su esposo, por el hijo del último monarca romano, Tarquino, el cual la viola y amenaza con calumniar si lo confiesa. Al verse ultrajada, Lucrecia se da muerte, después de contar la verdad a su esposo y a su padre. Los Brutos son figuras clave en el cuadro y en el cambio político romano, especialmente la de uno de ellos, que, con gesto gallardo, levanta el brazo enarbolando el puñal, prometiendo vengar la afrenta y acabar con la monarquía en Roma.
Para algunos críticos esta pintura marca el punto álgido de la pintura española del siglo XIX, después de Goya. La atrevida ejecución del lienzo, deliberadamente inacabado, se aparta del realismo velazqueño y marca otros rumbos que los de la Pintura de Historia, apuntando a una visión más avanzada, con visos impresionistas, en la que Rosales no pudo dejar más muestras debido a su temprana muerte.
Para ver en Internet las obras que se mencionan en estos dos artículos se recomienda acceder a: Museo Nacional del Prado. Las colecciones del siglo XIX (Pinchar en el plano correspondiente ).
– Ana María Preckler es escritora y Licenciada en Geografía e Historia. Nacida en Santa Cruz de Tenerife reside actualmente en Madrid. Es autora de Historia del arte universal de los siglos XIX y XX, una obra en dos volúmenes publicada por Editorial Complutense.






