1. Inicio
  2. Opinión
  3. Comunidad de blogueros
  4. Muerte en el Hoyo 16: el caso del ahogado con seis doble ahorcado

¿GOLF O DOMINÓ?

Muerte en el Hoyo 16: el caso del ahogado con seis doble ahorcado

La muerte afeó aquel día el hoyo 16 de mi Club, uno de los más bellos del recorrido. Es un par 5 de 503 yardas flanqueado por la izquierda por las villas residenciales del complejo.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo
En los jardines de estas casas no es infrecuente el impacto y aterrizaje de las bolas de golf, consecuencia de golpes con hook. Distribuidos por ese costado se esparcen algunas pinos, palmeras y un par de árboles de hoja roja. El lado derecho, en su primera parte, lo ocupan unas pequeñas colinas como de un metro, salpicadas también palmeras que lo separan del hoyo 15. Precisamente en ese lado derecho una solitaria y muy alta palmera señala el comienzo del lago. La extensión de agua se abre al final hasta el frente del green constituyendo su dificultad de agua.

Es incontable el número de bolas que atesora este lago, lamentable fruto de quienes, pretendiendo ajustar su golpe a la bandera, no logran que su bola supere el borde norte. ¿Cómo es posible que estando a sólo sesenta metros del green muchos jugadores acaben sumergiendo la bola con su golpe de approach?¿Cuál es la vis atractiva que lleva las bolas a los lagos? Y no sólo las bolas de golf…
 

Aquella mañana de mayo lo que los negros patos del lago del hoyo 16 vieron entrar no fue una aislada pelotita fugaz, sino todo un buggy con bolsas de golf, palos y su conductor. El desgraciado jugador Jaime C. perecía en el fondo, turbio y pardo, de aquel profundo estanque.
 
Testigos presenciales, sus tres compañeros de partido, relataron que Jaime C. conducía el buggy antes de ir a parar al agua. Iba solo hacia la orilla donde a un par de metros se encontraba su bola después de un ajustado segundo golpe con una madera 5. Circulaba, como era habitual en él, a la máxima velocidad del cochecito, pero en vez de frenar a la altura de la bola, dando un grito y con un giro brusco hacia la izquierda entró bruscamente en el agua cayendo en aquellas profundidades por el costado derecho. Nada pudo hacerse por salvar al ocupante.
 
Mi prima Margarita y yo veníamos en el partido siguiente con otros dos socios. Enseguida, muy conmocionados los compañeros del difunto, Rogelio R., David P. y Eugenio B, conde de S., nos contaron lo ocurrido. Ya habían llamado a la Dirección del Club y a los Servicios de Emergencia. Por mi parte, no sé si por curiosidad o por intuición, llamé a Luis O., mi amigo, ex comandante en el CNI, que casualmente se hallaba en el solitario Salón de Juegos, terminando de responder unos mails. Llegó en pocos minutos a la vez que el personal del Club y antes que las asistencias y la policía. Esto le dio tiempo para hablar con unos y otros, particularmente con los compañeros del finado.
 
El partido había transcurrido con el habitual desenfado de la típica pachanga semanal: algún chiste, comentarios sobre la vida política ahora que la temporada de fútbol había terminado y el moderado interés por ganar la cerveza apostada. Jugaban por parejas Jaime C. y Rogelio R. contra David P. y el conde. Ganaban estos últimos porque Rogelio, que compartía buggy con Jaime, estaba torpe, fallando putts de un metro o tirando golpes fuera de calle como le había ocurrido antes de que Jaime desapareciera bajo el agua.
 
En el hoyo 16 los dos habían salido bien al fairway y sus bolas reposaban antes de la gran palmera de la derecha. En el segundo golpe, mientras Rogelio permanecía sentado en el buggy, Jaime, como ya sabemos, había llegado con su bola hasta el borde del lago. Luego fue Rogelio quien dio un golpe desafortunado, terminando su bola por el rough de la derecha, alejada del lago. Metió su madera en la bolsa y cogió dos hierros para ir a su bola mientras Jaime adelantaba a los otros dos con su buggy en lo que sería su último viaje.
 
Poco antes del mediodía una grúa extrajo de lo hondo el artefacto mortal de donde emergió como un espectro de lodo, metal y algas. Una abubilla parda y negra alzó despavorida el vuelo. Cuando enmudeció la grúa, el respetuoso silencio era fúnebre y desolador. Margarita no retiró la mirada y musitó una oración y termino: “resquiescat in pace”.
 
Inmediatamente, la policía depositó el cuerpo sobre la bermuda y lo cubrió con una manta. La juez de guardia ya estaba presente y escuchaba las explicaciones de los investigadores forenses. Luis prestaba un distraído interés a los científicos y se acercó al vehículo. En un momento hizo señas al capitán de la policía para mostrarle un pequeño objeto blanco y negro que había en los pedales. El oficial con una mano enguantada en latex lo retiró acompañando el gesto con dos palabras:
 
.- Seis doble – dijo mostrando un ficha del dominó con esa numeración.
.- ¿Y cómo a podido caer ahí esa pieza? – preguntó, más para sí misma, la juez de guardia.
.- La pieza no ha caído: fue puesta adrede – sentenció Luís.
.- ¡¿Cómo?! – Se asombró la juez.
Y mi comandante Luis O. dio toda la explicación.
.- Esto no es un accidente. El seis doble fue incrustado en la entrada del freno para impedir que éste cumpliera su misión.

Quien lo hizo sabía un hábito y mascullaba un rencor. La costumbre que conocía es que el difunto conduce veloz y frena con brusquedad justo en el último metro, pero esta vez el último metro eran estacas amarillas junto al lago. El rencor que rumiaba era un rencilla de juego, posiblemente de dominó y probablemente por un seis doble ahorcado.
 

Al oír esto el conde de S. y David P. se volvieron hacia Rogelio R. que no pudo ya ocultar su culpabilidad. Declaró entre sollozos que sólo había pretendido gastar una broma, nunca matar a Jaime. Desde el día anterior éste no había dejado de herirle con comentarios sobre la partida en la que el propio Rogelio, compañero en dominó del difunto, había provocado que ambos perdieran por un despiste a causa del cuál él mismo se había ahorcado el seis doble. Y en el hoyo 16, mientras los otros dos miraban a Jaime ejecutar el segundo golpe metió en el freno la ficha de dominó.
 
.- Hay dominó en prisión – declaró mi comandante –: lo que no hay es putting green… me parece.
Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Fill out this field
Fill out this field
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.
You need to agree with the terms to proceed

twitter facebook smarthphone

ARCHIVO DEL AUTOR

Menú