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RELACIONES

La familia Webcam

Después de un coqueteo que duró meses, nos hicimos novios sin conocernos personalmente. Me presentó a sus padres por la webcam, y yo los míos a éstos.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Después de un coqueteo que duró meses, nos hicimos novios sin conocernos personalmente. Me presentó a sus padres por la webcam, y yo los míos a éstos. Así comenzó nuestra relación de pareja.

Por supuesto, tuvimos sexo antes del matrimonio (la webcam) y le envié un anillo de compromiso por correo ordinario, eso sí, certificado. Decidimos celebrar la boda por videoconferencia. Fue inolvidable. Todo el mundo estaba borracho frente al ordenador.

Pronto nació nuestro primer hijo de una muestra de esperma que hice llegar a su vivienda en un tubito vía donante. Asistí a su nacimiento babeando frente al ordenador. Y sus primeros pasos fueron para mí, sus primeros balbuceos: “Mira, ha dicho papá”, exclamaba ella al otro lado de la fibra óptica.

Por supuesto, celebramos su cumpleaños por todo lo alto, y le felicitaron mil doscientos diecisiete amigos que teníamos en el Facebook.

Yo recibía sus notas en mi correo electrónico, el niño aprobaba con facilidad, y se puso a hacer la carrera de medicina.

Nosotros envejecimos, pero no por ello perdimos la pasión que destilaban nuestras pantallas rutilantes al mostrar nuestras arrugas que tanto nos había costado conseguir.

Llegaron nuevos programas, nuevos sistemas para comunicarse, pero nosotros éramos ya muy viejos para re-evolucionar, así que conservamos los antiguos, el Facebook estaba lleno de ancianos que no paraban de hablar entre sí, el correo electrónico petaba de octogenarios, la Red hacía agujeros mal cosidos de polilla informática.

Un día le pregunté: “¿Y por qué no conocernos en persona?”. Ella me contestó: “¿Para qué? Hasta ahora hemos sido muy felices así.” Y la verdad es que tenía razón.

Un mal día yo caí enfermo y se lo hice saber. Ella tuteló mi agonía desde la cámara web. Lloraba. Yo le dije: “No estés triste, en realidad me voy de éste chat, pero seguiré vivó, o mejor, continuaré viviendo en otros”. Después exhalé mi último suspiro.

Para mi funeral –que yo vi, efectivamente, desde otra cámara web más avanzada que la suya- ella recorrió los tres kilómetros que separaban su pueblo del mío, aislados entre las montañas.

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