fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo
Lo que realmente le pasaba a este jugador de la PGA es que tras más de nueve años de profesional no lograba destacar en el circuito más exigente del mundo. Profesional desde 1997, jugó primero en los circuitos menores americanos.
Consiguió en 2003 la tarjeta para el PGA Tour, pero sus pobres resultados no le permitieron conservarla. No es que no tuviera competencia técnica; sí la tenía, pero su juego se desbarataba por la fuerza de los pensamientos negativos. Estos pensamientos fueron minando la seguridad en la victoria final de Mark Wilson, que así se llama este golfista.
La sugerencia del Dr. Rotella que supuso el principio del fin de la autodestructiva carrera que llevaba Wilson, fue una simple receta: escribir acerca de los buenos golpes que daba en el campo. Le propuso, y éste llevó a cabo, la tarea de registrar en un diario la descripción de cada golpe bueno que daba en el recorrido o incluso en el campo de prácticas.
Es muy interesante lo que busca el afamado guía de profesionales del golf con esta práctica: al tener que escribir con detalle cómo era cada golpe, Mark conseguía reforzar en su interior la gozosa experiencia vivida con ese golpe. Y, en lógica consecuencia la fuerte vivencia placentera de escribir lo que hacía bien fue echando fuera los demonios que alimentaban una autoimagen negativa.
Es otra dimensión de aquello que describía un autor inglés de humor, que confesaba que una de las ventajas de estar escribiendo un libro era que mientras lo hacía no estaba por las tabernas.
Nuestro espíritu tiene la particularidad de que los actos dejan en el inconsciente una huella mayor cuánto más fuerte sea la emoción a la que está asociada. Hay que pasarlo bien en el juego, que para pasarlo mal ya hay ratos.
Por eso hacer trabajar al consciente en cosas positivas es un recurso de primera. Está claro que esto no es ciencia exacta, es exacta humanidad imperfecta, pero además de cierto sosiego, la paz de dentro puede dar en el golf la pasta de fuera.
En el caso de Mark Wilson, en el año 2000, el tercero desde que se hizo profesional – y con la crisis de confianza en todo lo alto de su mente – ganó un total de 8.500 dólares, en el único torneo que pudo jugar del PGA Tour.
En el 2005, un año antes de visitar al Dr. Rotella, su mejor clasificación en 30 torneos fue un tercer puesto, y no pasó de tres Top 10 con un ingresos de 573.218 dólares. Después de describir con detalle centenares de buenos golpes dados por él, Mark Wilson, en el año 2011 – su mejor año – logró en 26 torneos, dos primeros puestos y un total de cuatro Top 10 y otros notables resultados que le reportaron 3.158.477 dólares.
No sé si se le ha pasado la inseguridad, pero ya llega a final de mes. Y aunque ya lleva cuatro años sin ganar campeonatos se le ve suelto y decidido: le vimos empatar en el puesto 25º en el Valero Texas Open de hace unos días.
Pero si quieren un
ejemplo europeo de primer nivel en esta materia, tenemos a Chema Olazábal. Tuve la oportunidad de charlar un buen rato con él durante el pasado
Real Club Valderrama Open de España. Para descubrirse. Lleva un año arrastrando unas dolencias que le han retirado del juego. No pudo ir al Masters de Augusta. Recordemos que tiene dos chaquetas verdes (1984 y 1999).
En el perfil de Salón de la Fama, han escrito sobre la última de sus victorias en Augusta: “En 1995 y 1996 Olazábal estuvo paralizado por un intenso dolor en sus pies que resultó deberse a problemas en la espalda. Se vio obligado a perderse la temporada de 1996 y pensó que no sería capaz de volver a jugar a un alto nivel. Pero en 1999, Olazábal exhibió una vez más su superior talento y ganó su segunda carrera en el Augusta. Ese mismo año se completó lo que fue llamado ´uno de los mayores triunfos sobre la adversidad´ al superar a Davis Love III y a Greg Norman, el favorito, haciendo birdie en tres hoyos de la segunda vuelta, tras haber cometido bogey en los tres primeros de la parte frontal".
Chema Olazábal es un líder en eso de ser positivo y amable. Lucha con sencillez. Ahora – me decía la mejoría es de “unos grados cada día; muy pocos, pero sigo ahí”. Y seguirá hasta lograrlo. Él no tiene que escribir sus “victorias” contra la adversidad, pues las tiene bien alojadas en su memoria con una emoción positiva, que no sólo no le deja cicatrices, sino que le reviste de naturalidad. De dignidad, debería haber escrito.