Encima del mensaje una foto del golfista Jarrod Lyle en la cama del hospital abrazando a sus hijas, Lusi y Jemma. Dentro de 17 días cumplirá 37 años. Sólo diecisiete días. Y precisamente desde los 17 años sufre una leucemia mieloide aguda.
Ha alternado tratamientos de quimio y otras atenciones médicas con su pasión, desde 2004 su profesión, por el golf. Jarrod Lyle ha decido dejar ya lo tratamientos para seguir solamente cuidados paliativos.
Todos, jugadores y caddies, en el WGC Bridgestone Invitational llevan en su gorra un lazo amarillo como expresión de solidaridad. Lazos amarillos para abrazar en el espacio y en el tiempo al amigo y al compañero. Unidad, unión, solidaridad, que el golf también da lecciones a otros deportes y a las malas historias que los humanos somos capaces de inventar.
En Estados Unidos no es nuevo el yellow ribbon, el lazo amarillo. Las primeras menciones proceden de la Guerra Civil inglesa (1642-1645) de donde llegan los ecos de la canción-poema She Wore A Yellow Ribbon.
La chica llevaba una cinta amarilla en su rubia caballera en permanente recuerdo de su chico que ha partido lejos. Es recuerdo, es expresión de amor y es plegaria por su pronta vuelta.
La fuerza sentimental de la canción desgarró el Atlántico con los primeros colonos e inundó los Estados Unidos. Algunas de sus fuerzas de Caballería aun la cantan. Las novias, esposas y madres lo han llevado por sus hijos en misión lejos del hogar.
Entre de diciembre de 1979 y enero de 1981 (444 días) con ocasión de la toma de rehenes americanos en Teherán por estudiantes afines a Jomeini, el lazo amarillo fue un símbolo de unión en la lejanía y de esperanza por la vuelta.
La primera inscripción de los derechos de la canción la hizo Georges A. Norton en 1917. Fue reescrita por Leroy Parker y M. Ottner en 1949. Desde en entonces ha sido versionada por, al menos una docena de cantantes, incluido Bing Crosby.
Con el mismo título de la canción – She wore a yellow ribbon – hay un película de John Ford, protagonizada por John Wayne. Conmovedora.
Ahora, como decimos, es símbolo de unión con los que padecen y están lejos. Y con ese sentido, para manifestar cercanía a Jarrod Lyle, lucen lazo amarillo en Akron (Ohio) los protagonistas del Bridgestone.
Si los lazos amarillos fuesen plegarias la salud del deportista australiano, me vestiría ahora mismo de amarillo huevo.
Pero dejo que sean sus colegas quienes lo hagan con su trabajo que también puede ser oración. Están dando el callo en un sábado para colocarse en buena posición. Ellos no necesitan ni quieren cuidados paliativos. Y el campo se ha ido poniendo más difícil, el rough más espeso y los greens más duros.
Dicen que es uno de los campos más duros del Circuito Americano. Es un par 70 (frente a lo normal de par 72), pero por su longitud podría ser par 73. Hay hoyos que coger green es pegar con toda tu alma y vértelas y deseártelas.
Y en un campo de distancias imposibles dominaba hasta este sábado un golfista de los de golf probado. Superado por Justin Thomas en los hoyos finales, sin embargo Ian Poulter no es de lo que pegan lejos; es de los que a la hora de la verdad la dejan cerca. Al menos cuando juega alrededor del green o coge el putter.
Está poniendo en el asador más de cuarto y mitad de carne. Tiene un objetivo metido entre sus bien despegadas orejas: meterse en el Equipo de la Ryder Cup por méritos propios.
Muy difícil, pero lo lucha con toda su pasión. En el PGA Tour lleva tres Top 10, y uno de ellos es la victoria en abril en el Houston Open. En Europa, donde ha jugado menos, tiene un 8º puesto en el Open de Italia.
Alma y calma es un buen lema para el golf y le viene como aceite a las espinacas a este jugador entregado. De hecho, esa entrega y su cabeza fría están siendo claves para su liderazgo en Akron. Se le ve centrado. Y más desde que ha abandonado esa mala compañía que era el estilista que le elegía aquellos espantosos pantalones a cuadros de mantel de cocina. “¡Qué horror!” exclamaba tía Alicia en cuanto lo veía en la pantalla.
Hay una leyenda entre el servicio de la señorial mansión que dice que mi tía – generosa contribuyente de Golf Sin Fronteras -, conmovida por la escandalosa indumentaria de Ian Poulter, hizo que le enviaran toda una equipación encargada por mi pariente en Yves Saint Laurent (París). Pura leyenda, ya les digo.
Éste sábado, vestido de pantalón blanco, solemne azul Bilbao en el polo como cualquier socio de La Galea, ha jugado estupendo. Y el lazo amarillo de su visera cantaba por su compañero con sus paisanos The Beatles:
When I find myself in times of trouble,
Mother Mary comes to me
Speaking words of wisdom, let it be
And in my hour of darkness
She is standing right in front of me
Speaking words of wisdom, let it be.






