Entre los que tenían posibilidades de vencer el Senior Open 2018, el major de los mayores, muchos son leyenda viva de este deporte: Tom Lehman, Bernhard Langer, Tom Watson, Fred Couples o Colin Montgomery. Otros que han en el Circuito Sénior de Estados Unidos los éxitos que les negaron su temporadas en el PGA Tour.
Esta ha sido la primera vez en sus treinta y dos años de historia que el Senior Open se juega en Saint Andrews, que ha sido sede en 29 ocasiones del Open Championship y en dos oportunidades del Ricoh British Women's Open.
El viejo recorrido –The Old Course – les recibió a todos con su uniforme de gala: lluvia en la cabeza, viento en el cuerpo, frío en los pies, y cubierto por una tupida capa de inclemente humedad. Es decir, lo que era de esperar. ¿Es que nunca hace calor y sol en este país?
Había salido Miguel Ángel Jiménez en esta ronda final con dos golpes de ventaja, pero enseguida, ya para el hoyo 6, Kirk Triplett y Bernhard Langer, defensor del título, habían hecho cuatro birdies y empataban en cabeza con el español.
Así, los primeros nueve hoyos terminaron con Miguel Ángel en -12, tras hacer un birdie, y a un golpe de sus perseguidores.
Pero no es fácil, nunca lo fue, este campo guardián de las esencias: la lucha siempre está en los finales. Si la inercia es la resistencia al cambio, se entiende la dificultad de los aviones para despegar. En golf y en los buenos proyectos lo difícil es terminar. Poner a tiempo y en su sitio la última piedra.
Estos jóvenes mayores lo sabían. Les bastaba su historia. O les sobraba conocer que muy cerca de allí, 78 millas al norte, Carlota Ciganda que iba en esa hora tercera en el Aberdeen Standard Investments Ladies Scottish Open, fallaba en el último hoyo para acabar quinta empatada.
Falló aquí Kirk Triplett: dos bogeys seguidos en los hoyos 12 y 13 le daban la oportunidad al malagueño de quedarse líder en solitario a falta de seis hoyos. Es el 12 un hoyo delicado y Miguel Ángel Jiménez supo ponerse más líder, a tres golpes del americano y del alemán, que con su aguda mirada de aviador de caza – sendas líneas mínimas bajo pálidas cejas son sus ojos – no conseguía que le entrasen los putts.
Para esa hora Saint Andrews se había despojado de su ropa de lluvia y viento y algunos profesionales hacían lo propio con su ropa de abrigo. Unas olas constantes y fieras hacían el contrapunto batiendo la costa Este a escasos metros. En tierra no se había pactado nada y los tres de arriba afilaban sus últimas armas para los hoyos más comprometidos.
En el puesto más alto el español con -13. Detrás, al norteamericano y al alemán se les había unido, silencioso como un oso grizzli (Ursus horribilis), el canadiense Stephen Ames.
Algún rugido interior debió escuchar en su interior Miguel Ángel Jiménez: no logró el birdie en el hoyo 14, hizo bogey en el 15 y, mientras, Bernhard Langer se había puesto a un sólo golpe. Se comprimía la cabeza de la clasificación. Un golpe separaba al alemán del español. En golf un golpe es un suspiro.
Con Jiménez en el 17 y Langer en el 18 la presión dolía en las manos, latía en las sienes y oscurecía las ideas. Miguel Ángel se había pasado con su segundo golpe; para hacer el par tenia un putt muy largo y lo dejó corto. Soltó el aire de los pulmones con ligero soplido de liberación cuando finalmente logró el par en ese hoyo.
Lo mismo Langer: en el 18 se lanzó a por el birdie y su golpe pasado le dejó un putt imposible; el green no quiso regalarle el birdie.
Miguel Ángel Jiménez salió a ese último hoyo con un golpe de ventaja sobre el líder en Casa Club. Le bastaba el par y lo hizo. Emocionado alzó lo brazos al cielo que, plomo y frío, coronó su victoria de aire y grandeza.
Luego, se fumaba un puro durante la entrevista antes de la entrega del premio en la que declaró que cuando falló el putt del hoyo 14 para birdie, y otro para par en el hoyo 15, su corazón empezó a latir muy fuerte. Como el nuestro ante el televisor.
Fuerte latiría ante los aplausos recordando que es el segundo español, después de Seve Ballesteros, en recoger ahí, en Saint Andrews Link, la prestigiosa Jarra de Clarete. Hace de eso treinta y cuatro años.






