Antes de comenzar la ronda final del Waste Management Phoenix Open, tres golpes separaban al primer clasificado, Rickie Fowler (-14) de los seis que cerraban el Top 10. Esto significaba que 13 profesionales tenían muy serias probabilidades de optar a la victoria del torneo arizoniano. Pero es que entre los diecinueve mejor clasificados solo había seis golpes de diferencia.
Esa mínima distancia en golpes no era casi nada en un campo como este de Scottsdale, de aspecto inocente pero que provocó en los tres primeros días sustos y sorpresas. Decía Jon Rahm, que terminó segundo el tercer día, que era vital coger calle. Hace mucho frío en el rough y más en el agua. Allí envío Bryson DeChambeau la bola en la salida del hoyo 17, cuando era líder en el campo.
Scottsdale es una localidad de poco más de 200.000 habitantes, situada en el Condado de Maricopa. Ese nombre, Maricopa, no es, como se pensaba, una derivación de “mariposa”, nombre que los primeros pobladores españoles se lo habrían puesto a los indígenas por las pinturas de su cara. Maricopa es un vocablo que viene del lenguaje de los nativos pápagos: Kokmalik’op significa “enemigos que viven en las montañas”. Y eso fueron los maricopa para los pápagos. El nombre de pápagos (comedores de frijoles), por cierto, es la denominación en español. Ellos prefieren llamarse a sí mismos tohono o’odham (gente del desierto).
Kokmalik’op o Tohono o’odham. Montaña o desierto. Esa era este domingo la metáfora. En Scottsdale se afrontaba el reto: ganar el torneo que más público concita: estos días 700.000 personas habrán visto sobre el terreno la competición. Ni Super Bawl, ni NBA, ni NFL. En todos los Estados Unidos de América, sólo se le acerca Indianápolis con su aforo de 257.000 que se llenó el año pasado cuando corría Fernando Alonso.
Montaña o desierto. Como montaña a escalar se lo plantearían los más rezagados de la clasificación, deseosos de subir por esa cumbre ardua del golf profesional. Como desierto de soledad interior los mejor clasificados. Fuera, para todos, el espectáculo, el ruido masificado, la muchedumbre que, desde una sobrecogedoras gradas aplaude, grita, ríe e incluso abuchea los fallos en el par 3 del hoyo 16.
A eso también le llaman golf. “Y a quien no le gusten las bromas, que se vaya del pueblo”, porque “en este pueblo, ciudadano, no nos gustan los forasteros”.
Ni forastero, ni forajido. Jon Rahm fue estudiante de la Universidad de Arizona State. Y ahora es un paisano más que se viste la camiseta del equipo local, con el venerado número 42, que dejó Pat Tillman. Este héroe local, tras los atentados del 11S colgó las botas se alistó y murió en Spera (Afganistán) con tan sólo 28 años.
No. Ni forastero ni forajido. El afán de Jon Rahm por llevarse de la bolsa el premio principal era inocentemente deportivo y un acicate para “asaltar” el nº 1 Mundial del ausente Dustin Johnson.
Y llegó la hora de la verdad. El último toro. La ronda final. Dieciocho hoyos.
Desde el hoyo 3 con un eagle y, más todavía, con un birdie en el hoyo 5 Chez Reavie puso el toro en suerte. Y los demás pidiendo que les llegara la suerte. Iba en el partido estelar con Rickie Fowler y Jon Rahm que lucharon contra distintos demonios interiores.
El californiano se pasó toda la ronda luchando contra un desajuste de su swing. De hecho dejó de utilizar el driver para salir y lo hacía con la madera tres. Nunca se le fue Reavie muy lejos.
El demonio interior de Jon Rahm era otro. Era el que le acompaña desde su más tierna infancia deportiva: un exceso de ambición que cursa en absceso de obsesión. Ciertamente tal característica le hace inmejorable para confiar en su juego. Gracias a eso salvo putts casi imposibles. Gracias a eso enviaba la bola más lejos que nadie: a 350 yardas.
Esa era la cara. La cruz es el desgobierno que desata sus peores maneras en cuanto falla un golpe que él pensaba certero. Esas maneras – golpes de ira con el palo contra el suelo, gestos exteriores de exagerada frustración – pueden con su concentración y le nublan la mente por momentos.
Temperamento, decía el comentarista. ¿Es temperamental, Jon Rahm, o tiene débil gobierno de su carácter? No sé la respuesta, pero es seguro que para consolidarse le ayudará poner fuerza en su propia espíritu deportivo. En Arizona se le hizo de noche en el alma.
Que las nubes del error se queden en la bolsa de palos y no en el cerebro ni en el alma. Es joven y puede lograrlo.
Chez Reavie no fallaba. Nada parecía hacerle temblar. Ni un Gary Woodland que le empataba una y otra vez.
Ya Rickie Fowler, mientras tanto, se iba al agua en el hoyo 15 cuando sólo estaba a dos golpes de los lideres. Para entonces, ha falta de terminar tres hoyos el partido estelar el pescado parecía totalmente vendido. En ese momento Gary Woodland alcanzaba el -18 al completar el hoyo 17. Y con ese resultado esperó al partido estelar líder en Casa Club este atleta de Kansas.
Chez Reavie en ese partido estelar cometió bogey en el hoyo 16, el primero de la ronda. Así que tenía que hacer birdie al hoyo 17 y al 18 para forzar el empate.
Y cuando se trata de desempate no es cuestión de temperamento, ni de humor: es cuestión de carácter. Y el guerrero Gary Woodland no tembló y batió en el primer hoyo de Play Off a Chez Reavie.






