Entramos en marzo con unas expectativas muy inciertas. Se concatenan años malos a lo que hay que unir el efecto de la climatología que hemos sufrido en el mes de febrero. Las crecidas de los ríos no son de por si malas, muchas veces todo lo contrario, ya que limpian los cauces de forma natural. Pero en exceso, como estamos viendo en la cuenca del Ebro y muchos afluentes del norte de España si pueden condicionar la pesca. La trucha acaba de terminar su freza hace unas semanas y podemos ver como buena parte de los alevines que nutrirán los ríos se pierdan.
La situación es delicada dada la coyuntura actual, con los tramos trucheros en franca regresión. Hay menos kilómetros pescables y especialmente hay muchos menos peces. En estos años las medidas restrictivas han servido de poco para cortar esta trágica realidad.
Se han disminuido cupos, aumentado tallas, se ha fomentado la pesca sin muerte. Pero cada vez son más los que acabamos las jornadas sin ninguna captura. Todo ello aderezado con licencias y permisos más caros.
Cotos intensivos, complementarios pero no sustitutivos
Ante esta precariedad se han disparado los cotos intensivos. También ha cambiado las motivaciones de muchos pescadores en utilizarlos. Si antes, principalmente lo eran para poder pescar fuera de temporada (esta es corta, empieza dependiendo de la comunidad autónoma desde mediados de marzo hasta julio) ahora lo es simple y llanamente para poder disfrutar de alguna picada.
Por todo ello, su auge es positivo pero no siempre. La razón de mi reticencia es que nunca pueden sustituir a los lugares tradicionales de pesca por un intensivo pero si complementarlos. En primer lugar, la densidad de peces y sus hábitos lleva a que la pesca sea más sencilla, a veces demasiado. Por ello se pierde buena parte de la esencia de la pesca, la de retar a nuestro adversario en un juego de engaño y habilidad.
Pero peor es la tentación de que los cotos intensivos vayan comiendo terreno a los tramos tradicionales, sustituyendo a poblaciones autóctonas por repoblaciones. Es decir, cambiando opciones de pesca que cuestan más a la administración por otras que son baratas. Poniendo como ejemplo dos tramos intensivos que conozco como son el Embalse de Revenga en Segovia o los ríos Cofio y Aceña en Santa María de la Alameda (Madrid) en ambos casos tener una población viable de trucha común autóctona es posible (aguas limpias, frezaderos para su cría) pero se ha optado por la repoblación, disminuyendo el valor de dos zonas de pesca.
Este es el riesgo actual, que por la regresión de nuestra pintona demos por perdida zonas que han sido trucheras y que pueden serlo si hay un esfuerzo en ese sentido. Por todo ello, sí a los cotos intensivos, pero sólo en aquellas zonas donde no es viable otro tipo de pesca.




