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No son palabras textuales pero sí ideas que cojo de mi entrenador personal de golf, Pablo Menjíbar. ¿No es esto paradójico y contradictorio? Sí, lo es, pero resulta asombrosamente eficaz. "Si quieres que la bola vaya para la derecha tira para la izquierda; si quieres que al tocar tierra la bola vaya para atrás, pasa deprisa las manos para adelante en el approach".
En otra vida, cuando mis afanes profesionales se centraban en la Comunicación de una importante multinacional francesa, ocurría no pocas veces que a una categórica decisión de la Alta Dirección en un sentido le sucedía otra igual de determinante pero de signo contrario. Por ejemplo, en medio de una ardua campaña para disminuir el número de directivos, gente de alta cualificación y experiencia, podía oírse desde esa misma Alta Dirección a un personaje, salido de la ENA (École National d’Administration), que alertaba sobre “el escándalo de prescindir de la sabiduría de los mejores” y orientaba sobre la necesidad de conservar el know-how para ser competitivos.
Si uno enarcaba las cejas extrañado ante tamaña paradoja, el director de turno, con la inescrutable sonrisa propia de su respectiva École, replicaba: “Monsieur, pour progresser il faut gérer la contradiction”.
Así que, de este modo aprendimos algunos cómo se dice en francés “hacer encaje de bolillos”. También aprendimos, algo muy útil para el golf: nuestros directores tenían razón, el mundo que nos ha tocado vivir no es ni lineal ni simple. Por eso, comportarse de modo simultáneo con sencillez y astucia deviene en necesidad.
Sencillez y astucia son la mano derecha e izquierda para tratar dilemas como los que se presentan a la hora de componer un partido de golf.
Me explico. Después de haber mejorado mi approach gracias a las clases de Pablo “Tenacidad” Menjíbar y de la paciencia de mi compañero habitual en los Match Play, José Luis “Oro Negro” R. de la F., que me repiten cien veces por jornada que no levante la cabeza al dar a la bola, quise lucir mi eficaz swing organizando un partido en el que yo iría de pareja con esa belleza que el buen Dios derramó sobre la Creación, es decir, con mi prima Margarita.
Estábamos posados ella y yo en sendos taburetes ante uno de los barriles para el aperitivo del Restaurante Manolo León, sorbiendo Cruzcampo y degustando esa tapa tan rica de “Trufitas de Cola de Toro”, cuando apareció por mi espalda mi tía Alicia, sobre quienes los autores siguen sin ponerse de acuerdo acerca del puesto que ocupa entre las calamidades terrenales: unos la ponen delante de los terremotos y otros al mismo nivel que la peste. Yo no me pronuncio entre otras cosas, porque puedo pasar de ser el sobrino predilecto a quedar clasificado como el tipejo abyecto al que desheredar. Tía Alicia será el terror, pero extramuros hace mucho frío.
.- Hola. – voceó en mi nuca con el tono de imperio de una capitán de los tercios diciendo “Compañía: a formar”. De hecho los camareros cercanos se pusieron más firmes y tensos que marinos pasando revista en la última formación antes de disfrutar de un festivo desembarco en puerto.- Hola, sobrinos de que habláis. Y, usted, joven póngame un Alfonso.
La última frase iba dirigida a un joven grumete – perdón, camarero – que se retiró a la velocidad de un misil en dirección a las bodegas para traer la mejor botella de oloroso.
.- Pues, él (por mí) estaba proponiendo un partido de golf para mañana por la tarde – reveló imprudente la más hermosa de mis primas.
.- Claro, tía, ¿por qué no te apuntas? – pregunté yo más imprudente todavía que mi prima.
.- Por supuesto que contáis conmigo. ¡Qué esperabais! Además vendrá mi amiga Rosa.
Al instante, fruto combinado del horror y la desesperación, se me atragantó un trozo de “trufita de cola de toro” y tosí con cierto escándalo hasta reponerme. La amiga Rosa es un ser pringoso, hándicap 36 profundo, que hace la pelota a tía Alicia esperando recibir algún legado de cierta cuantía muy cuantiosa y cuya sola compañía en un recorrido de 18 hoyos ha liberado del Purgatorio a no pocos socios del club.
.- Será estupendo – dijimos al unísono mi prima Margarita y yo –con un tono tan de desolación que milagro es que nuestra vieja pariente no se apercibiera.
Mientras nos pedíamos otra cerveza vi el cielo abierto en forma de mi amigo médico gerontólogo Martín “Seguío” P. que cruzaba el umbral en ese momento.
.- Hombre Martín: cuánto deseaba verte – le saludé animoso y muy cordial- No sé si conoces a mi tía Alicia y a mi prima Margarita.
Hechas las presentaciones, no fue difícil sacar los temas del golf y la salud. Cuando mi tía Alicia ya había consumido su segundo oloroso, el doctor había hecho una tal disertación sobre lo malo que son los donuts para el colesterol de los ancianos que había conquistado, si puede decirse así, la parte intelectual de mi tía.
.- Hombre -sugerí al ver que pintaban copas – podríais continuar mañana jugando al golf…
.- Sobrino, es la primera cosa sensata que te oigo en veinte años – me alagó mi vieja pariente.- Además a Rosa le encantará escuchar a este joven tan docto. Si te parece Jugamos ella y yo con él, mientras tú y Margarita os buscáis algún perezoso lechuguino del club a quien ganar la cerveza.
.- Seguro que Martín y vosotras disfrutareis de lo lindo. Así que no te preocupes, tía, ya quedamos para otro día.
Sonreía mi prima Margarita por mi gestión de la contradicción: conservo a mi tía, con la mínima perdida de un amigo gerontólogo, que me odiará el resto de mis días.