Los jóvenes comenzaron a devorar a los viejos, porque se sentían superiores a éstos. Pensaban: “Hay que terminar con el enemigo de la juventud”. Entonces, los viejos y viejas comenzaron a morir por millones. La aniquilación de lo antiguo era tal, que pronto sólo hubo personas maduras a las que los más jóvenes decidieron devorar también.
Pero entonces nacieron los bebés, que, en su inocencia, comenzaron a mamar de los jóvenes, dejándolos exhaustos hasta la muerte. De este modo, cuando ya no hubo jóvenes, los bebés comenzaron devorarse los unos a los otros, por pura hambre. Y así, no quedó ningún habitante en la población.
Pero entonces llegaron los pobladores del norte, del sur. Del este y el oeste. Y vieron tamaña carnicería, y se hicieron viejos, maduros, jóvenes y bebés atacando o apareándose con los autóctonos. Hasta que un nuevo tipo de ser humano nació de éste encuentro.
Y por los siglos de los siglos esta batalla se perpetúa, manteniendo un equilibrio perfecto entre jóvenes, maduros, bebés y viejos, a medida que van creciendo las nuevas generaciones.
Para celebrarlo se hicieron grandes fiestas, y la tierra entera celebró la Nueva Edad de Oro de la Humanidad.
A pesar de que aún continuaba la lucha, y proseguiría por los siglos de los siglos.
Cuando la encefalopatía espongiforme, se dejaron de comer vacas. Con la gripe aviar, se comenzó a tener miedo a los pájaros.
Cuando Humphrey Bogart murió, se comenzó a sospechar que el tabaco era malo. El gobierno nos advierte, a pesar de tener el monopolio sobre este negocio, de que fumar mata, y, sin embargo, sube el precio del tabaco, y respiramos el aroma de las fábricas, de los coches, de las centrales nucleares.
Aún continúa la lucha, y proseguirá por los siglos de los siglos.
(En el Año del Señor de 2015)




