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NI EN EL BAR NI SOLO

El borracho vergonzoso, o una solución drástica e inesperada

En mi casa había una portera que se fijaba mucho en lo que traía de la compra. Total, que lo pasaba fatal cada vez que entraba por el portal cargado de botellas.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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“¿Sabe? Me acuerdo de cuando… bueno, de cuando empecé a beber más de lo debido”, dijo un cliente al camarero: “Me daba tanta vergüenza acabar borracho en los bares, que comencé a beber en casa. Mi mujer ya me había dejado, y no tenía quien me abroncase por darle al morapio. Además, me ahorraba una pasta comprando la bebida directamente en el supermercado, sin intermediarios.

Lo malo fue que en el supermercado empezaron a comentarlo. En mi calle, que es de bares, ya se murmuraba que yo bebía solo, o mejor dicho, que yo bebía como un cosaco solitario. No quería volver a los bares de siempre, porque los camareros a veces se negaban a servirme, y eso era un motivo de vergüenza. En el fondo, se puede decir que yo era un borracho vergonzoso, sí señor”.

“Pues vaya cosa”, le interrumpió el camarero, pero el otro prosiguió: “Decidí comprar la bebida en varios supermercados de la zona. Esperaba que no se diesen cuenta en el supermercado de toda la vida. Comencé a ir un día a un supermercado, y otro día a otro, hasta que al final me conocieron en todos los supermercados del barrio. En un kilómetro a la redonda, todo el mundo sabía que era un borracho.

Además, por aquél tiempo, en mi casa había una portera que se fijaba mucho en lo que llevaba. Total, que lo pasaba fatal cada vez que entraba por el portal cargado de botellas. Así que un buen día tuve una idea que supuse me iba a librar de ése mal trago: decidí hacer pedidos.

Me iba al Corte Inglés, y ahí hacía el pedido para toda una semana. Lo malo es que la portera preguntaba a los chicos que me traían el pedido a ver para quién era. En cuanto le decían que era para mí, ella se imaginaba lo que había en las bolsas, ¡no hacía falta que las abriese! Así que la muy bruja seguía mirándome con mala cara, y en el barrio se decía que yo no tenía remedio.

Como no quería seguir pasando por esa humillación, y la bebida comenzaba a salirme bastante cara, tuve una idea”.

“¿Cuál? ¿Dejó de beber?”, le preguntó el camarero.

“No. Me cambié de casa”, dijo el otro: “Sin portera”.


La imagen de las botellas pertenece al post Recipientes vacíos de alcohol, llenos de encantadores recuerdos del blog La mirada compartida, de FranjaMelero.

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