En el antiguo tiempo de los druidas, el año comenzaba en marzo y el sexto mes se llamaba sextilis pero, en el año veinticuatro antes de nuestra era, Octavio Augusto decidió darle su nombre y desde entonces sextilis se llamó augustus. Octavio imitaba así al ya fallecido Julio César quien, veintiún años antes, había hecho lo mismo con el quinto mes, hasta entonces llamado quinctilis y que con él pasó a llamarse iulius en homenaje a la familia Iulia, a la que pertenecía.
Pero a Octavio le pareció poco dar su nombre a sextilis, porque consideraba que ese mes no tenía la misma gloria iulius, ya que iulius tenía 31 días y augustus, solo 29. Por esa razón, el emperador alteró la duración de varios meses, quitando y poniendo días, hasta lograr que ‘su’ mes tuviera 31 días. Es por eso que aún hoy, dos mil años después, julio y agosto tienen 31 días cada uno.
Cuando todos le piden felicidad a la vida. Cuando todo el mundo tarda en coger el teléfono. Cuando las sábanas se hacen brazos, cuando las paredes son ventanas es porque ha llegado agosto. Sólo queda un paraíso imaginario: el de los labios de Minerva bebiendo una copa de vino junto a los míos.
Cambiaremos el tiempo y le pondremos un día más a agosto. Tan sólo un día más. Y de su boca manará vino macerado en el vientre de las profundidades terrestres. Y así hasta la eterna disolución del Universo en una galaxia aún mayor que la del océano inmenso del verano. Podremos ser héroes, y emperadores, un día nada más.




