El curioso caso de Chris Wood merece ser contado. Si uno lo mira parece del montón, salvo por su altura: mide 1,96 metros. Sus resultados deportivos no llaman la atención. Los datos de juego que presentaba esta temporada hasta el BMW PGA Championship son medianos; lo menos malo, su posición 39ª en putts por vuelta: 28,9; nada del otro mundo.
Y en distancia con el driver su media era 288,8. Eso vienen siendo unos 264 metros, fácilmente alcanzables hasta por un amateur socio de mi Club experto en golpear la bola con draw.
En calles cogidas con su driver, 54,1%, puesto 158º de la clasificación europea. Y si hablamos de hoyos salvados tras caer en bunker la cifra es tan modesta que asombra: de 39 veces que ha caído este año, sólo 18, menos de la mitad, han conseguido salvar la situación.
Ya digo, un perfil deportivo que no despierta el interés de ningún apostante. Y sin embargo…
Sin embargo esto es golf y ni los favoritos, ni los que estaban en forma, ni el que venía de ganar un major, ni los mejor clasificados de las rondas anteriores tuvieron apenas oportunidad.
El jugador de Bristol, en los primeros nueve hoyos de Wentworth, encadenó golpes acertados como si aquello fuese el jardín de su casa: cuatro birdies y un eagle dieron para 29 golpes en esa parte del recorrido. Y ya sólo quedaba administrar esa renta para llegar exitoso al final.
Y los nervios aparecieron. Pero es que hasta en eso se comportó como un tipo normal. Eso sí: imponía su desgarbado stance. Con su figura, que parece escapada de una caricatura de ilustración de golf, supo aguantar lo necesario. Chris no es que se incline hacia la bola; no: se agacha.
Dada su elevada estatura prácticamente tiene que ponerse en cuclillas recordando a esos padres que juguetean con los palos de su hijo pequeño. Un difícil movimiento para un profesional del palo. Ganas tengo de escuchar a Álvaro Beamonte diseccionando el swing de este jugador de larga figura.
Pero si hay algo que define las victorias de Chris Wood es esa costumbre de dejar en la última curva a profesionales españoles. Dos de las tres veces “robó la cartera” a sendos jugadores patrios. En su primera victoria – Commercial Bank Masters de Catar (2013) – necesitaba un birdie en el hoyo 18 para forzar el play-off con George Coetzee y Sergio García, y lo hizo; y se deshizo del sudafricano y del español en el desempate. Y en junio hará un año que ganó el Lyoness Open; su inmediato seguidor, a dos golpes, fue Rafael Cabrera Bello.
Si esta vez en el BMW PGA Championship no había español por medio era porque éstos, malheureusement, no se pusieron a tiro. El mejor colocado Pablo Larrazábal (-4) estaba algo lejos; como Jorge Campillo y Eduardo de la Riva (-3). Lo más parecido a un español, a un jugador con raza, fue un sueco. Rikard Karlberg (-8) hizo un recorrido de 65 golpes, 7 por debajo del par.
Y ¿cómo un chico de Bristol como Chris Wood se hace con el trofeo flagship del Circuito Europeo?
Sufriendo. Sufriendo en silencio. Sufriendo y con trabajo. Sufriendo y sin descomponer el gesto. Chris Wood siempre quiso desde niño jugar al fútbol, en su soñado Bristol City Football Club. Tuvo que dejar este camino por una grave lesión de rodilla cuando era un chiquillo. Pero él, deportista de mente y corazón, comenzó a destacar en las categorías inferiores del golf.
Claro es que no dejó otros deportes, concretamente el tenis, y fue jugando en una cancha donde se lesionó la muñeca en el invierno previo a su victoria en el Lyonness Open de 2015: así sumo otros cinco meses de baja.
Este modo de reaccionar positivamente ante la adversidad me recuerda dos cosas. De una parte el comportamiento de José María Olazábal, que conquistó su segunda chaqueta verde, resurgiendo del dolor de una grave lesión.
Y de otra parte, las bolas de golf. Como es sabido, la primitivas bolas de golf eran lisas; no tenían las perfectas hendiduras circulares que hoy son comunes.
Por aquel entonces no había una fabricación en serie de millares de ellas como sucede hoy, lo que permite una sustitución en cuanto se presenta una marca o un defecto. Por tanto, un misma bola se utilizaba una y otra vez durante muchos partidos. Por eso las bolas recibían decenas de impactos de los hierros, que hendían su superficie e iban dejando en su superficie unas marcas como cicatrices.
No pasó mucho tiempo antes de que se observara que las bolas con esa marcas en su piel volaban más e iban más lejos que las totalmente nuevas y lisas: cosas de la física, los rozamientos y el aire.
Pues personas como Chris Wood, con lesiones, marcas y hendiduras en su biografía tienen una capacidad de ir más lejos, volar más alto que muchos acomodados en rutinas diarias. Entre gente del montón, como en un río con los cantos, quizás surgen piezas que brillan radiantes de tanto que las pulió un trabajo duro y digno.






