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Cuando me he levantado tenía cualquier cosa menos ganas de jugar al golf. Después de dos intensas jornadas una antes de ayer, en el Golf de El Rompido de feliz memoria con el mejor de los grupos del “Mundo Senior”, y otra en extremo deprimente ayer, en mi Club, en la que fui masacrado, sólo tenía ganas coger uno de esos cuadernos que tenía mi prima Margarita y que cerraba con un candado después de verter en él sus anhelos y decepciones.
Yo – después de dos huevos fritos con patatas, panceta frita, surtido de bollería, tostada con aceite, tomate y jamón y algunas tazas de desengrasante café – hubiera cogido la pluma y escrito: “Querido Diario: el golf me odia; los palos se revelan, los hoyos se achican, los compañeros contrincantes meten sus golpes incluso después de rebotar la bola en el agua o haciendo el pino por el rough. ¿Para qué vale el golf si el campo cierra sus labios a las bolas que le envío?
¿Por qué antes de ayer todo era buena compañía, tres birdies, vientos favorables y sonrisas, canciones de amistad y fraternal compañía, mientras que ayer no le acertaba al cráter del Etna desde la orilla de sus abiertas y cálidas fauces? ¡Oh, amado Diario!: todo el mundo me es hostil y la contradicción me persigue. Permite, Diario, paño de mis lágrimas, que derrame sobre tu blanca faz mis sentimientos de amargura con el verbo de Gustavo Adolfo Bécquer: Mi vida es un erial, / flor que toco se deshoja; / que en mi camino fatal / alguien va sembrando el mal / para que yo lo recoja”.
En fin, ya se ve que la mañana del golfista no es siempre, risas, cantos de sirena, frivolidad, jijijí, jajajá y esa colección de tópicos que difunden envidiosos sin fundamento. El golf es a veces como un insoportable fardo, pero un héroe de este noble deporte no se rinde fácilmente. Y después del ligero desayuno descrito líneas arriba el ánimo cobró aliento.
Sustituí mis 18 hoyos por un paseo por las tiendas de ropa de caballero, que en primavera exhiben sus colecciones de corbatas de colores, camisas y chaquetas de tonos cálidos y zapatos de brillante rostro, y acabé en la Terraza Oeste de la Casa Club, bañada de una luminosa luz septentrional. Ya estaba entonado con el primer Alfonso y enfrascado en la lectura del ABC suministrado por el eficiente Rashid cuando mis ojos repararon en una noticia fechada en Londres.
Después de los zapatos Georges, y de los trajes de Savile Row, lo que más me priva de Londres son las noticias, especialmente las de la City y su bullir. Pues bien: quedé estupefacto con la lectura del titular de las páginas de Sociedad. “Cuidar de los hijos no afecta a vuestra testosterona”. Consulté el diccionario de mi iPhone para comprobar que “testosterona” no era ningún nuevo tipo de explosivo ni un desconocido swing de golf o una vitamina: quedé reconfortado al enterarme de que se trata de una “hormona esteroide de un tipo andrógeno”.
Luego supe que quien había dicho una frase tan saludable era Miriam Clegg, esposa del viceprimer ministro, quien, por lo visto y contra todo precedente, había tomado la palabra y se había dirigido de modo directo a la concurrencia, mayormente compuesta de circunspectos varones. La joven dama de origen vallisoletano, para animarles a conciliar la vida personal y profesional calificó a algunos de “dinosaurios”; luego, acaso para granjearse su amistad, profundizó en el tema con la siguiente frase por cuya cita textual pido anticipadamente disculpas: “ los hombres que tratan a sus mujeres como seres iguales son quienes tienen más cojones”.
No cabe duda de la igualdad esencial entre hombre y mujer y su defensa está fuera de todo cuestionamiento. Ahora bien, un cuidado lenguaje, salvo que se tengan estadísticas fiables sobre la magnitud testicular de los ingleses en general y de los londinenses en particular hubiera sido más apropiado y en cualquier caso así lo demanda el “fairplay”.
En estos argumentos iniciaba yo mi segundo Alfonso con aceitunas cuando veo llegar a mi prima Margarita que venía del campo de golf, brillando bajo el sol y con su preciosa visera dando sombra a unas encendidas mejillas.
Con mi sagacidad habitual me di cuenta de que venía enfadada por algún incidente de juego. Por si no me había percatado, la siguiente frase terminó por persuadirme:
.- Estoy hasta los co….. de los machistas maleducados y groseros – soltó como un disparo.
Cuando se hubo tomado de un solo trago la copa de Cruzcampo, me contó que en el partido iban ella y un matrimonio. Él hacía constantes comentarios insultantes y odiosos después de cada golpe de su esposa. Un hoyo tras otro.
Mi prima Margarita, no pudiendo soportarlo más, al mejor estilo de la consorte vicepresidencial británica, se enfrentó al sujeto y le espetó.
.- Si usted se cree más hombre por más estúpido y soez, sepa que eso sólo le asemeja más a los cerdos. Por lo tanto, o se calla de una vez o llamo al Marshall para que le acompañe a la pocilga más cercana.
Bravo, por mi prima Margarita y los estrógenos bien puestos.
A la hora de escribir este post, Carlota Ciganda ocupaba los puestos de cabeza del Swinging Skirts LPGA Classic que se celebra en el Lake Merced Golf Club en California, suspendido por la lluvia.