Nunca pensé que Berlín me iba a impresionar de forma tan intensa; tan intensamente trágica. Nunca pensé que Berlín, esa ciudad que significa la esencia germánica como ninguna otra ciudad de Alemania, me iba a transportar a un mundo de emociones en las que se iban a entreverar el presente y el pasado de Germania, e iba a tener el privilegio de transponerme en el tiempo y convivir, por unos días, con dicho pasado, sublime y dramático a la vez como lo es el alma germana, siempre dividida, siempre en perenne dualismo que le hace capaz de lo mejor y de lo más trágico.
Quizá porque esa sangre germana corre por mis venas y me permite interpretar esa nación desde dentro y desde fuera con el derecho y el deber que da el ser en cierto modo parte de ella. Y por ello hablar del país que ha sido cuna y desarrollo de la literatura moderna, de un impresionante arte Barroco y Neoclásico, y de la filosofía y la música más subyugantes de los últimos tres siglos.
Yo iba a Berlín en una especie de peregrinaje, en busca de la filosofía, de la literatura, de la música, del arte y de la historia, en su más íntima pureza. Y los encontré. Presentí y escuché a Goethe, en la cercana Weimar, y por supuesto a Schiller su gran amigo, y recordé el inefable Himno de la Alegría que Beethoven llevara al pentagrama en simbiosis única de música y poesía.
Sí, yo iba en busca de la literatura, de la filosofía, del arte y de la música alemana, y allí estaban, porque lo excelso nunca muere, para deleite del espíritu; si bien en el caso del arte, en la mayoría de sus manifestaciones arquitectónicas, ha debido ser reconstruido posteriormente pues su construcción original había sido destruida por los atroces bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Por ello, en la arquitectura alemana se presiente, se siente, se vive, la gran tragedia del pueblo germano capaz de construir lo más grandioso y lo más bello y también de destruirlo, como ocurrió en una guerra infame imposible de olvidar.
Y así, de esta manera, llegué a Berlín, la ciudad donde concluía mi peregrinaje, mi deseada meta, en un día frío y lluvioso del mes de agosto. Yo iba preparada para encontrarme con la belleza del arte y con la historia, en su gloria y en su ocaso. Sin embargo, nunca imaginé que también hallaría el vacío de la belleza, su ausencia, su deseo, aquello que pudo ser y nunca fue, o lo que fue y se transformó en algo trágico; su anhelo de ser, en toda su evocación y misterio, que se palpita y habita por doquier en la ciudad.
Por ello Berlín resulta tan impresionante y tan emocionante. Por lo que es, por lo que fue y por lo que ya nunca llegará a ser. Con sus impresionantes edificios barrocos y neoclásicos de sólida y densa arquitectura, extendidos a lo largo de una de las avenidas más hermosas del mundo, – nunca una calle tuvo un nombre tan poético: “Unter den Linden” o “Bajo los Tilos”, que aún esparcen su verde y densa hojarasca por toda la avenida -, Berlín se levanta en un color plomizo oscuro, pétreo, impenetrable, bañado por el río Spree que sinuosamente atraviesa la ciudad de lado a lado.
Berlín es Prusia. Sigue siendo Prusia. Reino e Imperio de la casa Hohenzollern durante tres centurias. Berlín es y será siempre anhelo de Imperio Prusiano, y al no serlo la nostalgia le invade hasta el dolor; la nostalgia unida al miedo y a la impotencia de verse usurpada, invadida, destruida, y en doloroso esfuerzo y agonía, reconstruida piedra a piedra.
Hay tres ciudades del orbe que deben visitarse con espíritu de peregrino. Que no pueden, no deben contemplarse bajo la óptica trivial del mero viaje turístico pues pierden la esencia de sí mismas: Jerusalén, Roma y Berlín. Un profundo respeto y emoción deben imbuir al visitante de estas tres urbes que nos retrotraen unas a las raíces del cristianismo y a la promesa y esperanza de la salvación cristiana, y otra a la grandeza y la miseria del hombre, a su idealismo superior y a su primitivismo ancestral, la del hombre contra el propio hombre.
Dos tenebrosas ruinas se mantienen todavía levantadas penosamente en una parte desolada de la ciudad, como símbolo de esta tragedia imborrable: un trozo del antiguo Muro, de unos doscientos metros de largo, sólido y grisáceo, y muy próxima, apenas a tres o cuatro metros de distancia, rehundidas en el suelo, las ruinas del antiguo Cuartel de la Gestapo, un edificio del que solo subsisten los restos de sus cimientos, lo que fueran los sótanos.
Así, muy juntos, permanecen los impresionantes vestigios de las dos mayores y destructivas dictaduras que convivieron en Europa y la masacraron, la de Hitler y el nacionalsocialismo nazi, y la de Stalin y el comunismo de la URSS y los países del Telón de Acero.






