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MUCHAS FORMAS DE ENGAÑAR

¡Barato, barato!, ojo, no es mi deseo culpabilizarle

A este paso superglobalizado e hiperliberalizado, cualquier día de estos el vino de Rioja se hará en Camboya, y tendrá un ligero aroma afrutado a licor de arroz.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Seguramente, si fabricásemos las boinas en Indonesia, nos saldrían más baratas. No se ría, basta con contratar a niñas y niños de diez años para que recorten y cosan las boinas, aunque, bien mirado, para el trabajo también podrían servir los enfermos mentales de cualquier país subdesarrollado. Hágase usted a la idea de que ahora mismo, en este preciso instante, muchos niños –y mayores- están manufacturando a cambio de salarios irrisorios algún artículo que usted comprará dentro de poco en su comercio habitual.

A este paso superglobalizado e hiperliberalizado, cualquier día de estos el vino de Rioja se hará en Camboya, y tendrá un ligero aroma afrutado a licor de arroz. La cosa no le queda a usted tan lejos: yo no estaría tan seguro de que esa prenda de marca tan conocida, que ha conseguido a buen precio, no haya formado parte de una montaña de ropa en la mesa de trabajo de una menor, o de que el peluche tan gracioso que le regaló a su hijo por navidad no sea obra de un enfermo que trabaja por una miseria en un hospital remoto.

No es mi deseo culpabilizarle. Allá cada uno con sus escrúpulos y con su concepto de la economía. Puede que alguien piense que, en el fondo, explotar a los demás para conservar el propio nivel de vida no está tan mal. Pero, cuando vea desde las gradas el partido de fútbol del domingo, no crea ingenuamente de buenas a primeras que ese balón que chutan las megaestrellas no puede proceder de una infecta fábrica en Tailandia. Y cuando se calce usted las zapatillas deportivas -que, dicho sea de paso, son carísimas- no se atreva a jurar que no han sido confeccionadas en Vietnam. No se olvide de que hay muchas formas de engañar, pero tenga en cuenta que lo peor de todo es engañarse uno mismo.

La hipocresía, a veces, tiene su efecto bumerán. Es una suerte de justicia, divina o casual, lo que ustedes prefieran. Mientras el número de ricos aumenta, tal vez los que no lo somos tengamos que agarrarnos los cojones algún día –lo cual es más duro que apretarse el cinturón- y mordernos los labios para no jurar, si es que eso no está sucediendo ya. Hay momentos en los que la Tierra parece una bomba a punto de estallar, pero ello no nos preocupa a los del mundo civilizado, porque creemos que la mecha es larga, y la vida corta.

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