Si en sus puertos calmos Joseph Mallord William Turner se asemeja a Claude Lorraine, en sus tormentas y tempestades adquiere su esencia más propia, decíamos en el primer post de Paseo por el arte titulado Turner, cuando el impresionismo y la abstracción nacen precursoramente que concluimos con este nuevo artículo sobre el pintor inglés.
Junto con Constable, Turner fue uno de los primeros descubridores del paisajismo romántico, y uno de los precursores del Impresionismo. Ejerció gran influencia en los románticos franceses, en especial en Delacroix, y posteriormente en el grupo de pintores impresionistas.
Monet quedó fuertemente atraído por sus cuadros, en su primera visita a Londres en 1870, acusando claramente en su obra la huella de Turner, en su serie de la Estación de Saint-Lazare, inspirada en el genial lienzo del inglés, Lluvia, velocidad y humo, 1844. En el cuadro de Turner se apunta levemente una veloz locomotora cruzando un puente, saliendo de una espesa nube de humo y de vapor. Como en sus más avanzados y característicos lienzos, el artista va poco a poco descomponiendo y abocetando la imagen, que a veces es solo una mancha extensa, empleando un colorido muy osado y una pincelada muy fluida y suelta de color y de materia.
Va consiguiendo con ello disgregar y atomizar la figura, el color y la pincelada y al mismo tiempo unir en un todo el cielo y el mar, con movimiento vertiginoso, que en ocasiones se hace circular o elíptico, en una fuerza fulgurante centrífuga o centrípeta, produciendo una nebulosa de connotaciones cosmológicas y exuberante cromatismo. Blancos, grises, dorados, rojos, amarillos y azules, estallan al unísono, sincrónicamente, en una sinfonía envolvente y vital.
Lluvia, velocidad y humo, 1844 y El Temerario conducido hacia su último fondeadero, 1838, ambos en la National Gallery, Londres, son los más bellos lienzos de Turner. El Temerario, es una de las más hermosas marinas que se han pintado jamás. En un mar calmado y sereno, con el sol descendiendo, espejeando en el agua, y luz de poniente plateada y rojiza, avanza el viejo galeón con altiva dignidad, dejándose conducir al fondeadero, ya sin energía, por un pequeño remolcador que, en el esfuerzo, va levantando a su alrededor olas de espuma, con el rítmico girar de sus ruedas de aspas.
Barcos carboneros a la luz de la luna y Yate acercándose a la costa, 1835, en especial este último, son marinas imbuidas de ese sentido envolvente, cosmológico, de brillante luz plateada que difumina en un todo, en una extensa, vaporosa e indefinida mancha cromática, el color y la imagen.
Turner fue un excelente acuarelista, técnica que por la rapidez con la que tiene que ser ejecutada – antes de que se seque el agua sobre el papel -, es idónea para las características de su estilo. La pincelada veloz de Turner recoge, por medio de la acuarela, las impresiones momentáneas de un paisaje o de una marina – acaso un plácido atardecer o una agitada tormenta -, dándoles ese sentido arrollador y difuso, que ya había usado en los óleos, donde forma un todo con la materia acuosa, la riqueza cromática y la luz esplendorosa cenital.
Logra, de esa manera, unos cuadros limpios y transparentes, bosquejados en unas zonas y dibujados a lápiz, con líneas precisas y exactas, casi miniaturistas, en otras.
En definitiva, en Turner tenemos un precursor del arte contemporáneo que pintó en época muy temprana, en la primera mitad del siglo XIX, cuadros que medio siglo después a través del Impresionismo abriría las puertas al arte moderno, y a través de la Abstracción, conformaría uno de los movimientos más importantes y duraderos de lo que serían las Vanguardias Históricas.






