Siempre he deseado tener un cuaderno donde escribir las buenas noticias, que las malas se propagan solas. Uno de eso blocs de notas con tapas duras e incluso con candadito y clave, como el que tiene mi prima Margarita, donde poder dejar reseñadas las hermosas hazañas personales del golf. Podría decir tanto…
Querido diario: hoy he jugado el segundo partido del Matchplay por parejas de mi Club y, al igual que el primero, he ganado. ¡¡He ganado, diario mío!! ¡Viva! Y ya van dos victorias de dos posibles.
He dicho que he ganado, pero mi estirpe siempre se ha distinguido por decir la verdad en toda ocasión. Bueno, dicen que hubo un tío mío, ya fallecido, que tenía – digámoslo así – una interpretación no ortodoxa sobre lo de “decir la verdad en toda ocasión” cuando el destinatario de la información era el Fisco. Por resumir, para él verdad era todo aquello que Hacienda pudiera desvelar sin si concurso. Por lo que sé, esta rama de la estirpe se ha extinguido, de modo que los actuales integrantes de la familia podríamos poner en el escudo la divisa “veritas aut mortem”.
Pues en honor a tal lema he de corregir eso de que he ganado. Quien ha ganado es mi coequipier, pues, salvo un precioso par que he logrado en el hoyo 3 – ya saben ese difícil par 3 con un intimidador lago en su parte frontal –, se puede afirmar que el peso de la travesía por los demás hoyos ha caído sobre los fuertes hombros de mi compañero, José Luis R. de la F. “Oro Negro”. Sin duda, para esta victoria, culminada en el hoyo 18 (1 up), no le han faltado ni mi apoyo moral ni los desaciertos encadenados de nuestros compañeros contrincantes, cuyos nombres ocultaré para no echar sal en la herida sangrante: herida abierta a base de docenas de bolas al agua, putts fallidos de dos palmos, filazos, capones y otras desgracias de las que su juego ha exhibido más unidades que collares en la Feria Internacional de la Joyería y de la Bisutería. Un muestrario para olvidar, que no resta valor a los pares de mi “Oro Negro”.
Querido diario: ha sido un honor premiar a este campeón con una copa servida generosamente en el bar del Club por el fiel Fidel.
Luego, la tarde languidecía sin otro quehacer de interés que molestar al Delegado de Golf con cuestiones de interpretación de las Rules, y una tertulia sobre los distintos tipos de lechuguinos que pueblan nuestro Club. Ciertamente es una fauna que, por lo que me han contado, también puebla otros clubs de golf. Están los madrugadores, tribu que juegan cuando el sol apenas apunta y salen al fairway provistos de prendas de abrigo y, digo yo, faros de niebla. Están los tramposos, – yo no conozco ninguno – desde la gente burda que se apunta menos golpes de los que hace hasta los alambicados, seres con pantalones de doble bolsillo desde el que dejan caer una segunda bola en un lugar propicio cuando la original está con toda probabilidad perdida en un arbusto, en el acebo, el tejo o el cotoneaster. Y gritan ¡la encontré!
El tratado de una tribu especial – la tribu de los hoyno – ha ocupado tanto tiempo como para una segunda copa servida por el fiel Fidel, mientras un docto socio veterano describía quienes eran los hoyno, cuáles son sus orígenes, cuál su hábitat y, como darse cuenta que uno está ante un integrante con pedigrí de estos depredadores.
El origen de los hoyno es tan antiguo como el del golf: se pierde en la noche escocesa de los tiempos y, según estudios recientes, dieron pie al falso y difamatorio concepto de que los escoceses son gente poco proclive a soltar la mosca, o sea a pagar el whisky perdido en la fría tarde de golf. Y es que ya en los Lawlands había sujetos con su falda de cuadros, que habiendo perdido el partido se despedían a la hora de pagar, diciendo, con una inocente sonrisa entre las largas patillas, la frase que cristalizó para toda al civilización: “hoy no me puedo quedar…”.
Los puntos suspensivos admiten una pluralidad contenidos complementarios de perentoria excusa; por ejemplo: “hoy no me puedo quedar porque tengo hora en el dentista”; o “mi mujer ha hecho sonar el cuerno de retirada”; o “tengo invitados y debo pasar por Marketwoman” (que es como debe decirse Mercadona en escocés).
La imaginación de un auténtico hoyno es una fuente inagotable de motivos verosímiles para poner millas entre la barra que regenta el fiel Fidel y sus obligaciones de juego.
Termino: hay estudios, nada definitivos por otra parte, que afirman que el motivo de la importancia numérica de inmigrantes británicos e irlandeses en Estados Unidos tiene raíces hoínicas. Dos siglos de gente perdiendo al golf en las islas y emigrando al Nuevo Mundo al grito de “hoy no…”






