Pude ver de madrugada los nueve últimos hoyos del Maybank Championship, disputado a la sombra de la Torres Petronas. Y pude, como muchos otros madrugadores, sentir aquel trueno que distrajo a Nacho Elvira justo cuando su palo bajaba a ejecutar el penúltimo golpe del recorrido. La organización, ante la torrencial lluvia y la amenaza de rayos, suspendió ahí el torneo.
Me coge todo esto en plena incubación de un artículo para mi blog acerca de una cosa de la que se ha puesto de moda hablar o escribir: la incertidumbre. De Manuel Robles a Antonio Garrigues Walker; de The Newyorker a las revistas de corazón; de mi prima Margarita al greenkeeper de mi Club; de Tezanos, el del CIS, a Michavila el GAD3, todos a una piensan que esta parte de la historia está llena de incertidumbre.
Pues claro: la Historia es vida y la vida imita al Golf donde toda certeza carece de asiento. ¡Qué hacía aquel trueno en Kuala Lumpur justo cuando Nacho hacía su approach!
Al reanudarse tras la suspensión, contra toda certeza el español metió el largo putt que se había dejado y obligó al desempate al australiano Scott Hend.
Yo siempre he dicho que el golf es habilidad y no suerte, pero tendré que revisar mi opinión pues Mr. Hend o tiene una suerte casi infinita o una calidad de ángel de la guarda que su juego no merecía.
En el hoyo de desempate su bola se comportó como aquellas de las máquinas de jugar en los bares; esas que iban chocando de un lado a otro hasta terminar en el agujero. El drive de salida de Scott Hend, después de tropezar con el tronco de un árbol, fue a parar al centro de la calle. Y para terminar estaba en el bunker, pero de ahí la dejó a cuatro pies y embocó un birdie que ganaba al par de Nacho Elvira.
Ya lleva el español dos segundos puestos seguidos. La victoria está al caer: qué difícil tiene que ser gestionar la impaciencia cuando viene impulsada por el viento de la necesidad: Nacho, profesional desde 2011 ganó cuatro veces en el Challenge Tour, pero no tiene todavía una victoria en el Circuito Europeo.
Y lejos de Malasia en tiempo y distancia se disputó la ronda final del Valspar Championship.
¿Hubo incertidumbre? Sí, la hubo. Por ejemplo, quienes habíamos descartado del todo a Jon Rahm para los primeros puestos vimos sorprendidos que se metía en el top 10. Incluso, con un -5, fue líder en Casa Club un buen rato. El rato que tardó el incierto y zurdo Bubba Watson en arrebatarle esa dignidad con un -6.
El comentarista profesional de la televisión hablaba de “un día complicado” en el campo. Así era: para hacer más inseguro el juego el viento atlántico barría la costa y agitaba desquiciado las ramas del Innisbrook Resort.
Los propios caddies -lo más cierto de esta incertidumbre permanente que es el golf- hacían cálculos, miraban las nubes y escrutaban las copas de los pinos para el imposible intento de dar un dato fiable a sus jugadores.
Sólo el líder de la víspera y defensor del título, Paul Casey, parecía andar seguro y en el hoyo 14 seguía sacando un golpe de ventaja a su perseguidor más inmediato. ¿Pero podríamos jurar su éxito? De ninguna manera: un golpe nunca fue garantía de nada. Y menos entrando en los tres últimos hoyos, escenario conocido como el “snake pit”, el nido de la serpiente. Toda una premonición.
“Esperar lo inesperado es señal de un espíritu moderno”, dejó escrito Oscar Wilde. Y a ese aforismo quiso agarrarse Jason Kokrak en su último tiro al green del hoyo 18 que se quedó corto. Pero detrás de él Paul Casey fallaba un putt definitivo.
Estaban las espadas en alto y todo podía pasar. O, más exactamente lo incierto se aliaba con la tensión propia del final de un torneo.
Finalmente ni premonición, ni incertidumbre: ganó quien tenía que ganar: el más seguro y predecible de la semana: Paul Casey.






