Impresiona también constatar una vez más que Sergio García, con -7, entregó la mejor tarjeta de la tercera ronda e igualó la mejor de lo que va del Open de Francia.
Pero lo que te deja pensando es que iba -8 en este sábado al terminar el hoyo 17. Y se le atravesó el agua del hoyo 18 de Le Golf National. Y le frenó. Y no pudo quedarse más pegado al líder, un sorprendente y casi desconocido Marcus Kinhult, 183º del Ranking del Mundo, cuyo mejor resultado es 12º justo hace un mes en el MBW PGA Championship celebrado en Wentworth.
¿Por qué tropezó el español en el ultimo hoyo? ¿Cómo le afectará para la jornada final? Es imposible saberlo en profundidad. Primero, porque los inputs positivos del día amortiguarán los efectos negativos. Segundo, porque Sergio García lleva muchos años de profesional y ha tenido contratiempos más lacerantes que una bola al agua en el postrer hoyo del penúltimo día.
Y, en tercer lugar, porque nos parece que este Sergio García tiene una madurez, un modo de encarar las contrariedades que es ya más positivo. Matrimonio y paternidad recientes podrían ser ingredientes que amasaron una nueva serenidad más consistente.
No sé si compartirán mi opinión de que, independientemente de los resultados, veo más centrado al jugador español. Hay síntomas como el lenguaje corporal o la forma de atacar los putts cortos que parecen abonar este parecer.
Sin embargo, a nadie le gusta resbalar en el último escalón del piso tercero, cuando vive en la cuarta planta. Pero la experiencia nos dice que un día sin un pequeño disgusto es cosa rara en el golf y en la vida, que aprende del golf.
De hecho no nos vendría mal fijarnos en cómo los buenos jugadores asimilan, asumen y encaran los siguientes hoyos a aquel que supuso un error. Lo primero es aceptarlo; así lo hacen ellos en cuanto retoman el dominio de sí mismo. Echar la culpa al caddie, al viento o a la mala suerte no es que sea algo desacertado, que lo es, sino que es una acción perversa que retrasa la recuperación.
Puede ser que la frustración impulse al jugador, en un primus primi, a dar un golpe de rabia al suelo; a tirar con malas maneras la bola “culpable” al agua. Pero de inmediato los grandes profesionales captan donde estuvo el desorden (Swing, concentración, velocidad de giro, lo que sea) y archivan ese dato de la realidad en su cerebro. La realidad puede doler, pero más daño hace la excusa estéril.
Un jugador experimentado tarda diez segundo en redibujar los contornos del error y en reconocer su origen, más otros dos de “propósito de la enmienda”, para centrarse en lo formidable que puede ser el siguiente golpe.
Doce segundos bastan para renovarse de cara a lo que sigue. Nada de mascullar amarguras camino del siguiente tee de salida: ¡enseguida hay que festejar! Sí, hay que celebrar que se está vivo, que hay oportunidad en la acción que viene, en los pasos que retomamos, en la compañía amiga, en la canción inolvidable.
Nunca nada está perdido. Y si estuviese perdido habrá que vivir para otro propósito. Dejar de andar no puede ser la solución. Y menos girar y girar en el bucle inacabable de la autocompasión. Yaciendo en el fondo de pozo ¿escarbaremos?
Las baterías del entusiasmo las tendría llenas Sergio García, pese a hacer bogey en el último hoyo del penúltimo día. Cierto; ese día y a esa hora la puerta se le cerró en las narices, sencillamente porque ese día y a esa hora no quedaban más hoyos para corregir la acción.
Pero – y esta es la lección que saco – el atleta no tiene que corregir su acción, sino preparar su interior, rearmar sus fortalezas para el futuro, para la jornada del domingo y, más importante, para las jornadas de muchos jueves, viernes, sábados y domingos que le quedan mientras Dios le de vida.
Lo que no se ve es superior a lo que se ve. Lo que ocurre en el alma es superior a lo que sucede en el campo; o en la oficina o en el tráfico. El universo no es infinito, lo que si roza las orillas del infinito es el interior del hombre de la mujer cuando se equipa para hacer el bien siguiente.
Algo así salía de la boca de Sergio García en la rueda de prensa. Al explicar ese hoyo 18 decía: “Pero lo importante es haber dicho, hemos pegado un mal golpe, pero bueno, todavía hay que estar concentrado aquí; si pegas un muy buen golpe puedes hacer cuatro, cinco como mucho, que tampoco es un resultado tan malo en el último hoyo. Y, bueno, pues, nos hemos centrado; hemos pegado un muy buen golpe con el hierro cuatro y hemos estado a punto de hacer un grandísimo par”.
Así, con fuerte confianza, quizás el domingo gane España. También en golf.






