Hizo -1 en última jornada, sí. Pero no le sirvió de nada. Total, acabó +16 en el US Open 2018. Probablemente su peor resultado desde hace tiempo. Hizo lo que hizo, lo hizo mal y no le sirvió para nada.
Al menos el gol con la mano de Diego Armando Maradona, de modo blasfemo apodado la mano dios, le sirvió para algo.
Fue en el Mundial de Fútbol de México y aquel gol con la mano que el árbitro no sancionó en el minuto 6 del 22 de junio de 1986 en el partido de Argentina contra Inglaterra le sirvió a la selección albiceleste para pasar a cuartos de final.
Pero la fechoría de Phil Mickelson en el green del hoyo 13 de Shinnecock Hills fue tan inútil como poco honorable. Tenía un putt cuesta debajo de unos cuatro metros. Nada más comenzar a rodar la bola se veía que no iría a la cazoleta. Phil caminó siguiendo la bola que, rebasado el hoyo, no iba a detenerse hasta acabar en un bunker; el jugador enseguida corrió (un caballero no corre; se desplaza) y antes de que la bola se detuviera la volvió a golpear en sentido inverso para dejarla parada por encima del hoyo a una corta distancia. Y metió el corto putt.
Phil Mickelson anotó los golpes dados y sumó otros dos de penalidad en aplicación de la Regla 14-5.
Algunos pensaron que era un gesto de excitada frustración, de súbita enajenación mental por el estado del campo y, sobre todo, de los greens que habían irritado este sábado a los jugadores del turno de tarde: nadie era capaz de detener las bolas en unos greens endiabladamente rápidos, como pistas de hielo.
Pero no. No era la de Phil Mickelson una pataleta, sino la ejecución de algo que le rondaba entre las neuronas, como él mismo declaraba: “No he querido faltar al respeto a nadie. Sabía que la bola se marchaba otra vez hacia el bunker y que si la golpeaba eran dos golpes de penalidad. Otras veces he pensado en hacerlo y hoy al fin lo hice”.
Y tan fresco. Para él, y para árbitros y comentaristas que lo apoyan, la acción del Phil Mickelson, efectivamente irregular reconocen, sólo merece la sanción de dos golpes que buscaba el jugador y que regula la Regla 14-5: “Un jugador no debe ejecutar un golpe a su bola mientras la misma está en movimiento”.
La sanción, para el Juego por Golpes, aparece regulada un poco más adelante: “dos golpes”.
Sin embargo, para otros más críticos con la acción del jugador éste tendría que haber sido descalificado. Arguyen que lo que hizo el jugador está incluido en la Regla 1-2: “Un jugador no debe realizar una acción con la intención de influir en el movimiento de una bola en juego”.
La sanción ordinaria es la misma, dos golpes de penalidad. Pero el libro de Reglas continúa en este punto diciendo que “en el caso de una grave infracción de la Regla 1-2, el Comité puede imponer una penalidad de descalificación”.
Pues, el hecho de que cometiera esta infracción de forma deliberada y premeditada configura, dicen, una acción en fraude de ley. Es decir, no permitió que la bola continuara su curso que es lo que prevé la regulación del golf y para ello, ladina y antideportivamente, se aprovechó de la Regla 14-5 como paraguas que le amparase de su destino inmediato.
Finalmente el Comité no le descalificó y él mismo se presentó en la salida el domingo sin rubor para hacer finalmente el resultado que hemos dicho.
¿No les suena esto a lo que se ve en otros deportes? Por ejemplo al futbolista que provoca que le saquen una tarjeta amarilla para cumplir el castigo de suspensión de un partido por acumulación de tarjetas en el próximo encuentro y poder jugar “limpio” de tarjetas otro de mayor valor días después superior.
¿No recuerda esto a otras acciones de la vida civil? Por ejemplo a esos profesionales que constituyen sociedades de “gestión de imagen” vacías de contenido y sin real operatividad empresarial con el solo propósito de tributar a tipos inferiores que el que correspondería como renta personal.
¿Qué decirles? Pues que a quienes amamos una sociedad aristocrática -en el sentido griego de ejemplaridad de los mejores (aristós) – nos llena de estupor que estas cosas ocurran. La malicia no debe ampararse bajo criterios del tipo “todo el mundo lo hace” o “no tenía más remedio”.
¿Qué se puede afirmar? Se puede subrayar que esta acción consentida que comentamos del prestigioso Phil Mickelson es tanto más dañina cuanto mayor es la reputación del protagonista.
En el British Museum se conserva una xilografía de 1893, que actualmente no está en exhibición, que presenta la cabeza y los hombros de un hombre, labios entreabiertos, con serpientes que emanan de su cabeza alada y con una inscripción en la parte inferior: “Corruptio optimi pessima” (La corrupción del mejor es lo peor).
Desde luego árbitros, directivos, comentaristas y profesionales tendrían que tener en cuenta que en golf las grandes corrupciones se producen por falta de integridad en las pequeñas acciones.
Ser deportista, como ser caballero, dama y buena persona exige poner los principios por encima de la letra de la regla. O eso, o no nos quejemos después de falta de liderazgo.
Bueno, además de todo eso, ha terminado el US Open 2018, pero a mí eso de este modo, me importa menos: los resultados pueden leerse en un momento; la excelencia necesita ser ejercida en cada encrucijada.






