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Con toda la tinta gastada a cuenta de la abdicación del Rey Juan Carlos, no son muchos los que han reparado en lo que deja a su sucesor en el Trono de España.
Lo primero que hay que decir es que la actual Monarquía española no es entendible sin el actual Rey. No me refiero a las leyes, ni siquiera a la Ley de leyes. Hablo del modo de ejercer un reinado en este pueblo de Arrebatacapas, Caínes, Abrefosas, Gritacalles y, también, nación de solidarios, abnegados, apasionados hasta el desmayo, rezadores, conseguidores de imposibles y forjadores de sueños: España, al fin.
No sé si tenemos quinientas variedades de quesos como nuestros vecinos del norte, pero aquilatamos millones de soluciones para arreglar el mundo. Eso sí, sin el coste de haber tenido que leer previamente un libro. De hecho a menos o peores libros mayor terquedad en la posición conquistada.
Lo segundo que hay que decir es que será la Historia la que cuente cuál era el estado de este mueble patrio cuando lo recibió Felipe VI, y no las encuestas de popularidad de un monarca. De momento, parece que la mayoría parlamentaria está abrumadoramente a favor de la Monarquía, y es más que dudoso esa magnitud de apoyo hubiera existido si el Trono padeciera carcoma.
Mi impresión es que el Príncipe de Asturias recibe en muchas cosas el Reino con mejores parámetros que su padre. Y cuando la actual infanta Doña Leonor lo reciba de Felipe VI – porque no creo que la reina Letizia (41) vaya a gestar varón heredero alguno – vendrá a ser mejor todavía.
.- ¿Y esto que tiene que ver con el golf? – me pregunta Margarita – ¿Es que vas a sustituir a José María Carrascal o al editorialista de El País?
.- No sustituyo: gloso la actualidad. Además el tema sucesorio está muy presente en todo el golf, querida prima.
.- Ya, te refieres a que Tiger Woods ha perdido la corona de Number One a manos de Scott Adams, ese guapísimo australiano.
.- Casi.
Me refiero a que todo nuestro discurrir vital está lleno de actos sucesivos y sucesorios y quienes vienen detrás – sea a unos pasos, a unos kilómetros, a unos pocos minutos o a muchos años vista – no son menores en importancia a cada uno de nosotros.
Algunos deslenguados acusan al golf de elitista o de un señoritismo anticuado. Niego la mayor y me rebelo ante el neo-señoritismo de quienes, accediendo ahora a bienes materiales soñados, ni valoran lo que tienen, ni se compadecen de quienes recogerán sus basuras, barrerán sus despojos o de quienes tendrán que corregir lo que torcieron.
.- Primo, ¿has desayunado? – me interrumpe Margarita -, porque te veo filosófico.
.- He desayunado estupendamente, prima amada, pero es que ayer tuve que reparar no menos de cuatro piques por green, que algún neo-señorito hijo de …, heredero de Atila había dejado allí sin pensar en nadie.
.- Ya. Es verdad. ¡Con lo poco que cuesta!
.- Y aunque costase algo. Mira, mi amiga Inma O. ha colgado en su muro de Facebook uno de esos como post-it que dice “Para cambiar el país hay que…” y a continuación una composición de las cosas a hacer. Son todas acciones que están al alcance de cualquiera de nosotros como dejar de pelear, ayudar a la persona que tenemos al lado, no mentir, ceder el paso, etc.
En el golf y en la vida funciona la llamada Regla de Oro: no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti. Voy más allá, prefiero la Regla de Diamante: compórtate con todos como con seres dignos de veneración. Es decir, deja las cosas mejor que las encontraste.
Y, por tanto, en el green arregla tu pique y algún otro; no alteres con gritos la paz del campo o de la cafetería; emplea tu móvil privado para conversar a solas y no con toda la estancia; mira como estaba el sitio que ocupas y mejóralo si puedes ante de salir; limpia los palos que te prestaron antes de devolverlos; devuelve una sonrisa a la mirada que te mira, sobre todo a la del miserable; repón el papel en el cuarto de baño y en la fotocopiadora y no dejes esa tarea al siguiente; que el mal genio por tu mal juego no altere con malos modos el buen juego de los compañeros; las cajeras del súper emplean el código de barras en el escáner: pónselo visible en la cinta transportadora; pagar un servicio no es arrojar monedas, es rendir tributo a un espíritu encarnado; llega puntual y arreglaremos el desorden de horarios; calla para escuchar con el corazón; habla para dar más aire limpio y esperanza al que te escucha; llámale por su nombre, es la palabra que más le gusta oír.
Manners es tan sólo la mejor versión de nosotros mismos, la mejor sucesión – rastro de humanidad – que debemos abrir para ir repartiendo desde ya la mejor herencia.