Llueve sobre mojado. Con ocasión del Andalucía Valderrama Masters tuve el privilegio de coincidir cenando con un director general de un muy exclusivo club de golf. Había sido invitado hacía unas semanas a un, también exclusivo, simposio sobre campos de golf en un lugar de Estados Unidos. Allí un reducido grupo de selectos invitados de todo el mundo recibió informes de gurús de la globalización, dictámenes de profesores de Harvard y de otras universidades y centros de investigación.
De aquel especializado encuentro, la conclusión más optimista que sacaron fue esta: el golf está acabado. Al menos está acabado en la versión actual. Como entretenimiento de grandes masas no tiene recorrido. Como deporte para nuevas generaciones carece de atractivo.
El número de licencias disminuye en todo el mundo. No sólo en España donde ha descendido más de un 20% (de los 338.588 federados en 2010 a los 270.463 de 2017). En Europa no hay país que conserve los jugadores que tenía. Lo mismo que en USA. China es otras cosa ligada a otros estímulos de otros poderes. Por eso, decían, la tendencia más alegre es que el precipicio está cerca.
Entonces, en aquella cena surgió el debate sobre un concepto que ligaban al golf: lo arcaico.
Ahora, hoy mismo, leo una entrevista en Palco23 que le hacen a la presidenta de la Asociación Española de campos de Golf (AECG), Claudia Hernández en la que vuelve a surgir la idea: “La industria en general tiene el reto de crecer e innovar en el golf, que somos muy arcaicos”.
El adjetivo “arcaico” tiene dos acepciones muy para dar de pensar:
1.- Que es muy antiguo o que pertenece a los primeros tiempos o fases de una cosa que no ha alcanzado todavía su pleno desarrollo.
2.- Que está muy anticuado y pasado de moda o no sigue las tendencias actuales.
De esta segunda acepción parecen hablar aquellos gurús y esta alta directiva. En este sentido para la presidenta de la AECG el “reto importante es adaptarnos a los nuevos tiempos, en los que la gente no tiene cinco horas para jugar 18 hoyos; tenemos que empezar a acortar algunos campos y tener más opciones a nueve hoyos para hacer el golf más divertido y fácil y que así se pueda también jugar entre semana”.
Coincide en ello con los expertos de aquel simposio: ven en sepia el estado del golf mundial; ven muy colorido el entretenimiento de las nuevas generaciones urbanitas: estas van por caminos diferentes del verde, plácido y sosegado transitar pisando el fairway y el green.
Son gente pegada a lo digital, al deporte de sudar y acabar (bici, surf, cinta, gimnasio); al aquí lo cojo y ahí lo dejo; a las horas interminables de trabajo ante pantallas planas; tan planas como sus ambiciones de trato social, pero de elevados sueños de música atornillada a los oídos. Gente en fin que no ve la necesidad de pertenecer a un country & golf club del que apenas puede pagar la cuota mensual y menos la de entrada.
Vienen – perdón, ya están aquí- generaciones que para sacudirse el aburrimiento o despachar la tensión prefieren un rápido partido de fulbito, un ver series grabadas, un déjeme-usted-de-rollos-de-cinco-horas. Salvo para beber gin-tonic, pero eso también sucedía, no seamos hipócritas, en otras generaciones incluida la de los sesentones profesores de Harvard University.
El verdadero desafío al que se enfrenta el golf es como dejar de ser arcaico sin perder la integridad.
La integridad del golf se asienta en su espíritu de tradición y deportiva nobleza. Porque siendo una disciplina (juego, deporte, acto social, entretenimiento) regulada para pasarlo bien un largo rato sin hacer especial daño a otro, contribuye a preservar un cierto grado de humanidad en el que lo practica.
Me parece que hay un camino por recorrer y muchas líneas a descubrir. Muchos de los caminos no toca a los jugadores desbrozar sino a otros actores. Por ejemplo, una elevación de salarios que permita optar por el golf. Por ejemplo, organizar torneos de 9 hoyos en vez de 18 hoyos, a lo mejor a la hora del almuerzo o al atardecer. Por ejemplo, combinar torneos con otras actividades de entretenimiento en línea con las nuevas tendencias.
Eso es lo que defiende alguien tan poco sospechoso como Keith Pelley, CEO del European Tour: en varios torneos de profesionales ha puesto música en el tee de prácticas mientras los jugadores dan bolas, porque puede hacerse – dice – “siempre y cuando seas consciente de la integridad y protección de la magia del juego. Y siempre que en todo momento estés buscando mejorar tu producto, cualquiera que sea el negocio que llevas a término”.
En el PGA Tour hacen otra mixtura provechosa para impulsar el atractivo del golf. Golf más celebridades más altruismo. En el AT&T Pebble Beach PRO-AM, uno de los más bellos parajes de California se juega hasta el domingo el torneo que reúne celebrities del deporte, el cine, los negocios, la industria y la política para jugar con los primeros del mundo del golf, entre ellos Rafa Cabrera Bello y Jon Rahm.
La organización hace emerger hasta 12 millones de dólares para ayudar a personas en cierto grado de dificultad o marginalidad.
Nunca fue arcaico concitar el bien y la belleza. Basta mostrarla del mejor modo posible. De eso, de Comunicación, hablaremos otro día. Ahora tengo que atender el Whastapp donde me urge mi bella prima Margarita, invitada, ¡cómo no!, a Pebble Beach.






