En el Museo del Prado se celebró desde el mes de noviembre de 2015 hasta marzo de 2016 una exposición sobre el pintor francés Jean-Auguste-Dominique Ingres, motivo por el que en este artículo hablamos de este destacado artista así como del Neoclasicismo, movimiento en el que este pintor debe ser clasificado.
Como decíamos en el primer post sobre esta corriente artística, El Neoclasicismo se sitúa como la gran puerta al Arte Contemporáneo: "Durante el período Neoclásico y con el liderazgo del Primer Imperio, Francia levanta singulares y monumentales construcciones que harán de París la capital del mundo. Reúne a escultores, franceses y foráneos, que crean preciosas estatuas en magníficas réplicas del pasado. Y llega en la pintura, con el genio de Jacques-Louis David y de sus seguidores, entre los que se encuentra Ingres, al comienzo de su edad dorada que perdura todo el siglo. España, Inglaterra, Alemania, Austria y la lejana Norteamérica, competirán y disputarán con Francia, ésta vez en un terreno incruento y pacífico, por la supremacía del arte".
Era de esperar que al no haber quedado pinturas procedentes del mundo griego y romano que hubieran servido de modelo, como ocurrió con la arquitectura y la escultura, la corriente pictórica neoclásica no tuviera la importancia que tuvo en aquellos movimientos. Y efectivamente, la pintura del Neoclasicismo no es significativa, salvo una excepción: Francia.
Los pintores, al no poder inspirarse directamente en la pintura antigua, lo hacen en la escultura, resultando en ocasiones unos cuadros excesivamente corpóreos y acartonados en los que predomina el dibujo sobre el color que pierde interés y valor. Las obras destacan por su academicismo y corrección, dando como consecuencia composiciones frías y desapasionadas, con ausencia, de la libertad creadora y de la impronta del artista. Los temas predominantes serán ahora los mitológicos, los históricos, los desnudos y los retratos, disminuyendo notablemente los asuntos religiosos.
Si el Imperio napoleónico se plasmó arquitectónicamente en formas y volúmenes de inspiración clásica, encontrando una vía de expresión perfecta para sus deseos de magnificencia y de racionalidad; si, en cambio, en la escultura esto no se consiguió plenamente y se pasó fugazmente al prerromanticismo, – la excelencia de la escultura clásica había sido obtenida por artistas no franceses como Thorwaldsen y Canova, que aunque se asentó en París y fue escultor de la corte de Napoleón, era italiano -; en la pintura neoclásica francesa, debido fundamentalmente al genio de Jacques-Louis David y de sus seguidores, se alcanza, con gran belleza, la plena interpretación del ensalzamiento imperial, fundiéndose con las ideas racionalistas vigentes y el privilegio exacerbado de la razón.
La pintura francesa del Neoclasicismo, también cercana al Romanticismo, es extraordinaria en calidad y en técnica y significa el comienzo de un largo período de excelencia artística, por parte de Francia, que llega a su cenit a finales del siglo XIX, constituyéndose una verdadera edad dorada de la pintura francesa. El Salón de Exposiciones, que tanta importancia va a tener en el arte francés, se funda a principios de siglo.
Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867)
De una generación posterior a Jacques-Louis David, el gran pintor del Neoclasicismo francés, Ingres se convierte en uno de los principales y más destacados discípulos de David, aunque muy distinto a él en su producción. Hijo de artista que le encamina desde niño hacia las artes, estudiante de la Escuela de Bellas Artes de Toulouse, Jean-Auguste-Dominique Ingres se especializa en el dibujo desde sus estudios iniciales.
En 1897, se traslada a París y entra en el taller de David durante cuatro años, al tiempo que cursa estudios en la Escuela de Bellas Artes. En 1806, gana una beca de la Academia y se traslada a Roma donde continúa su formación. Dibujante perfecto, los cuadros de Ingres se caracterizan por su gran belleza formal y el pulcro acabado de sus líneas, muy academicistas, así como por el colorido suave y luz esfumada.
Los temas cultivados por Ingres son originales dentro del clasicismo, sobresaliendo los desnudos femeninos, de moduladas y sensuales curvas, y los asuntos orientales, en los que se percibe un eco cercano de prerromanticismo.
Pese a esta marcada sensualidad, Ingres resulta un pintor intelectual y paradójico, por un lado fiel a las normas clásicas, especialmente helénicas, hasta el punto de ejercer al final de su vida una dictadura del neoclasicismo, siendo, por otro lado, un pintor de avanzada modernidad que ha sido objeto de gran estudio e interés por artistas posteriores. Fue toda su vida un devoto de Rafael, al que tuvo ocasión de estudiar durante su pensionado en Roma, del que conservó notables influencias.
Claros ejemplos de ese buen hacer en el dibujo, de su conocimiento de la anatomía femenina, que muestra voluptuosamente en suaves y redondeados desnudos, a veces en conjunto numeroso que aumenta esa sensación, y de su predilección por los temas orientales son los cuadros expuestos en la muestra del Museo del Prado que se ha anunciado anteriormente.
En dicha exposición, no demasiado extensa por lo demás, estuvieron alguna de las más significativas de Ingres, que sin mostrar la totalidad de su producción sí enseñan algunas de sus obras más destacadas. En primer lugar sobresalen sus retratos que fueron muy importantes pues además de figurar personalidades de la época interesantes ya de por sí, son modelos de los retratos neoclásicos de dibujo perfecto y perspicacia psicológica.
En ese sentido son de resaltar los dos retratos de Napoleón pintado en toda su magnificencia imperial, como ya hiciera David quien fue pintor de la corte napoleónica. También se representa su pintura religiosa, como es La Virgen adorando la Sagrada Forma de 1854. Pero lo más impresionante de la muestra fueron sus desnudos, en los que Ingres lució con luz propia como ningún otro pintor de su época. Destacaron sus más conocidos cuadros, La Gran Odalisca, de 1814, en el que presenta a una mujer desnuda y tumbada de espaldas, con gran belleza, sensualidad y voluptuosidad.
Cualidades que aún priman más en su otro cuadro de la exposición, El Baño Turco, de 1862, en el que trabajó varios años de su vida; de formato redondo y de dimensiones no demasiado grandes, en él se aprecia un harén lleno de mujeres desnudas tumbadas o sentadas, muy juntas, algunas abrazadas, en una plasmación perfecta de la sensualidad y la voluptuosidad femenina, puesto que en él no sale ningún hombre.






