La ronda final del tercer major del año empezó deslumbrando a la parroquia por el fulgor de una estrella que el sábado ya había proyectado sus destellos. Decíamos ayer, “Tiger Woods está aquí”. Me entró la duda de añadir “y ha venido para quedarse”.
Viendo su juego de los primeros nueve hoyos era para frotarse los ojos. Parecía increíble que alguien que hace un año no contaba para nada, se hubiese recuperado mental y físicamente de todo lo padecido. No sólo las lesiones. Y ahora, este domingo, le vimos con el atrevimiento de aquellos años, cuando la discusión y las apuestas de un torneo versaban sólo sobre quién quedaría segundo. Él era el Number One, y punto.
Las travesía del desierto había terminado. No era Carnoustie un oasis, un refugio temporal, sino la constatación de un modo potente de juego. El resultado de Tiger en esos primeros nueve hoyos era casi lo de menos. Lo de más, lo apabullante, era ver su resuelto swing sin trabas.
El californiano iba -2 en el día. Estos aciertos se cruzaron con los desaciertos que iban acumulando los mejores que venían detrás. Tiger empató en cabeza en el hoyo 8 y era ya líder en solitario al terminar el hoyo 9.
En esos primeros nueve hoyos, gracias a sus méritos (-2), repito, y a los deméritos de Xander Schauffele (+4), Kevin Kisner (+4) y Jordan Spieth (+3), Tiger Woods era un líder sin fisuras.
O eso parecía.
Comenzaba la segunda parte del Programa que podía haberse titulado “Lo que el viento se llevó” o si prefieren en italiano “il vento e le rose”, que cantaba Patty Bravo”. Acaso, estando en Escocia, mejor “Wind of Chance” de Scorpions.
Y es que sobre el Estuario del Tay se abatían los vientos del Suroeste buscando el Mar del Norte. Tiger hizo doble bogey al hoyo 11 y bogey al 12.
El escenario se fue haciendo más indescifrable. No le entraban los putts al artesano del golf, Kevin Kisner; fracasaba el approach de Xander Schauffele que se le perdía en la festuca o en el interior de esas pozas llamadas bunkers. ¿Y Jordan Spieth?: el defensor del título no encontraba el green; su bola buscaba mejor los arbustos, los tallos largos o las orillas de los tojos. Y si hallaba green el viento le deshacía el hilo que tenía que llevar su bola al hoyo.
Tiger también sufría por brisas – así lo llamaba el comentaristas – de más de 20 kilómetros a la hora.
Carnoustie, pelo rubio, piel ondulada y ausencia de arboleda presentaba su verdadera cara; esa faz que ocultó el sábado. Carnoustie o es viento o es mala idea; las dos cosas, quizás.
Junto a Tiger marchaba un jugador italiano que no hacía bogeys. Tampoco birdies. Sólo pares. Uno tras otro. Un juego nada retador. Salida con hierro largo las más de las veces a centro de calle; segundo golpe a green. A cualquier parte del green donde fuese patente que no existía peligro. Un putt; dos putt, par y… a otra cosa, mariposa.
Hablamos del italiano Francesco Molinari. Y como suena su apellido, así era su juego: vueltas de la piedra de un molino, siempre iguales, siempre exactas, siempre casi aburridas.
Sólo casi, porque hoyo a hoyo se cernía sobre los seguidores la esperanza (o la amenaza, según quien) de que cayera el primer bogey. Pero ni por esas. Constancia de piedra de molino jugando en silenciosa concentración junto a una estrella y el bullicio que genera.
Según transcurría la jornada, lo supe: The Open lo ganaría un artista que forjase con paciencia el Peine del Viento. Y Francesco Molinari además de jugar sabía como peinar al viento.
El Peine del Viento es el nombre que el escultor Eduardo Chillida, trabajó como serie, larga serie de muchos años, para moldear la escultura que más le identificaba. Puede verse en el extremo de La Concha y en Ondarreta. Erguida imagen sobre roca en desafiante gesto de amor al viento y al Cantábrico.
El golf de Francesco Molinari peinó el viento escocés y aplanó las ansias de sus competidores. Sólo sir Nic Faldo había ganado un Open con sólo pares; eso fue en 1987 en Muirfield.
Pero para alguien como este rocoso italiano eso parecía una ordinariez y en cuanto pudo – hoyo 14 – hizo birdie. Había que rematar y lo hizo con otro birdie en el hoyo 18.
Dejó a dos golpes a Justin Rose, Rory McIlroy, Xander Schauffele y Kevin Kisner. Dejó peinado al viento. Dejó un montón de emocionadas lágrimas en la sala de espera mientras el orfebre escribía su nombre en el trofeo.
El artista podría haber grabado también para recuerdo de las generaciones futuras que se atreviesen con Carnoustie, esta frase del escultor Eduardo Chillida: “El lugar es siempre condicionante de la obra”.






