El Museo Thyssen-Bornemisza celebró recientemente una exposición sobre Edvard Munch (1863-1944) que el museo subdividió en nueve partes, Melancolía, Muerte, Pánico, Mujer, Melodrama, Amor, Nocturnos, Vitalismos y Desnudos. La exposición mostró unos cuadros muy interesantes del pintor, enmarcados en las nueve secciones citadas. Se ve en ella la evolución del artista desde su influencia de los Impresionistas y Post-Impresionistas con pincelada larga, sinuosa y curvilínea, abandonando cualquier tipo de convenciones artísticas, hasta llegar a un expresionismo extremo, que sería su estilo paradigmático, pasando asimismo por un simbolismo muy bello.
El recorrido de la exposición reunió un amplio catálogo de arquetipos emocionales a través de los cuales Munch nos revela diferentes obsesiones existenciales como amor, deseo, celos, ansiedad o muerte; o estados anímicos como melancolía, pasión o sumisión. En este sentido, dos cuadros expuestos impresionaban por su dramatismo y soledad, Madre e hija, 1897 y Pubertad, 1914-16. El Grito no se encontraba entre las 80 pinturas mostradas, aunque sí en alguno de los grabados.
El pintor Edvard Munch y el compositor Edvard Grieg (1843-1907) son los dos creadores más grandes de Noruega, junto con el dramaturgo Ibsen (1828-1906), concretamente de la Noruega autónoma que obtiene su independencia como nación escandinava a comienzos del siglo XX. Prácticamente coetáneos, no se puede por menos que relacionar a estos dos creadores que supieron dotar al arte noruego de una belleza tan incomparable como sus fabulosos fiordos y montañas.
A finales del siglo XIX uno de ellos se halla en el ocaso de su vida, el otro en su madurez. Los dos elevaron el arte noruego a la categoría de grandioso. En Grieg (Diez danzas noruegas, Concierto para piano y orquesta, Peer Gynt, inspirado en la obra de Ibsen,…) el arte se manifiesta de una manera romántica, hondamente nacionalista, recogiendo en su música la impresión externa de la naturaleza noruega, quieta y recortada en sus mares y lagos, abrupta e inexpugnable en sus alturas, eternamente luminosa en sus auroras boreales. En Munch el arte parte del interior de sí mismo, de su tortuosa vida personal, que necesita expresar y sacar al exterior en una peculiar visión transfigurada del mundo y del hombre, con la misma grandeza boreal de su mundo nórdico, transponiéndolo en una obra pictórica genial y única.
Si según Julián Marías mi vida es un dentro que se hace un fuera, nadie como Munch expresó ese “dentro” de su vida – indudablemente dionisiaco – plasmándolo en “el fuera” de sus lienzos pictóricos.
Edvard Munch nace en 1863, se forma en Oslo, y es uno de los pintores más precoces y significativos de todo el Expresionismo internacional. Después de sus estudios pasa largas temporadas en París y posteriormente en Berlín, regresando a partir de 1908 definitivamente a Noruega. Obsesionado por la enfermedad y la muerte, vive solo durante casi toda su vida, lo que se trasluce vivamente en sus cuadros. En sus estancias en París conoce las obras de los impresionistas y post-impresionistas, de Gauguin, Van Gogh, Odilon Redón, y los pintores Nabis, que influirán notablemente en su pintura.
La pintura de Munch es el ejemplo más fidedigno de la melancolía, la angustia, el miedo a la enfermedad y a la muerte, la soledad y la desolación humanas. Para ello deforma y distorsiona las figuras, con un profundo sentido emocional, colocándolas sobre un fondo de líneas sinuosas y torturadas, influencia de los simbolistas y modernistas. El color se hace irreal, llegando a extremos de cromatismo hiriente y exaltado que refuerza el dramatismo que quiere plasmar.
Su más famosa pintura, El Grito, 1893, Galería Nacional de Oslo, no solamente es la más representativa de las características de su estilo, sino de las de todo el Expresionismo universal. En El Grito se hallan magistralmente reflejados el dolor y la angustia del ser humano ante las tragedias de la vida, de tal manera que trasciende el hecho concreto para hacerse voz universal doliente y desesperada.
Una cabeza ovoide, sujetada por unas manos atormentadas, unos ojos desorbitados en un rostro cadavérico, una boca en una mueca que aúlla más que grita, un cuerpo maltrecho, deforme, un fondo tenebroso de líneas envolventes, sinuosas, cruzadas por un puente en diagonal, componen este simbólico y terrible cuadro.
El influjo de Munch fue enorme en todo el Expresionismo, haciéndose especialmente intenso en el Expresionismo alemán, fruto de sus estancias en Berlín y de sus apoteósicas exposiciones en 1892 y 1902, en esa capital, de las que bebieron tantos artistas germanos, en especial Emil Nolde, y los miembros del “Die Brücke”.
Situado entre París, Berlín y Oslo, en los años florecientes del cruce de los siglos, en contacto con pintores, filósofos, literatos y dramaturgos, como Ibsen o el sueco Strindberg, o en Francia con el poeta Mallarmé, Munch “regresó a la condición humana y extrajo de ella la sustancia que forma su arte, orientado hacia el interior”, en palabras de Thomas M. Messer, que afirma también, “el verdadero Munch, (el Munch capaz de revelar los pensamientos más relevantes de su tiempo) está comprendido en la década que comienza en 1892”. Desde 1892 a 1902, “el joven artista absorberá el legado espiritual de su tiempo”.
Aquejado de una importante enfermedad nerviosa y mental, pasó un tiempo en Copenhague en tratamiento severo en 1908. Una vez restablecido volvió a pintar pero curiosamente la salud y la normalidad le restaron parte de aquella genialidad y personalidad que poseían sus trabajos más desequilibrados y neuróticos.
En su búsqueda expresionista, el pintor noruego fue un creador de situaciones vitales y prototipos humanos que trascendiendo su concreción particular elevó a la categoría de universales. En este sentido, fue un enamorado de la mujer a la que plasmó en inolvidables imágenes femeninas, con cabellos largos flotantes y envolventes, así como le preocupó la relación amorosa, representada en parejas amantes o conflictivas.
Munch realizó, además de pintura al óleo unos grabados de calidad extraordinaria, realizando litografías, aguafuertes, xilografías, etc.. Su obra además de expresionista se puede encuadrar dentro del Simbolismo.






