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En la mesa más solitaria y alejada de la salida de camareros, allá en el sur de la Terraza Oeste de la Casa Club, estaban hablando Amateur 1 y Amateur 2 sobre las costumbres y los modales en golf; eso que en la jerga se conoce como reglas de Etiqueta. Caía la tarde y yo tomaba un brebaje cerca de ellos. En casa de una condesa con residencia en el Centro había dejado a mi prima
Margarita y a mi tía
Alicia viendo pasos de la
Semana Santa sevillana y acabando con las provisiones de torrijas de la anfitriona.
Por mi parte, ya había gozado al mediodía del paso palio de La Paz. (Se escribe Real y Fervorosa Hermandad Sacramental del Señor San Sebastián y Nuestra Señora del Prado y Cofradía de Hermanos de Nuestro Padre Jesús de la Victoria y María Santísima de la Paz, pero se lee La Paz).
Realmente es de admirar todo lo que implica una procesión religiosa en Sevilla; desde el prodigio de una flor de cera, hasta los lirios de un paso o la
candelería de otro; y la música; y el mecer del paso; y la lágrima de una madre que hace su corta estación de penitencia mejilla abajo, desde el párpado a la barbilla, mientras ella eleva una plegaria por el hijo ausente en este marzo primaveral, porque el chico al final encontró trabajo…en Ucrania.
Sí, me pareció todo hermoso; con la hermosura acurrucada de pequeñas grandes cosas que nos hacen fuego en el corazón, inflamado de ardientes llamas valiosas. Y supongo que, a mi vez, elevé acciones de gracias al Cielo por tantas cosas inmerecidas.
Pero ahora, me había quedado prendida del pensamiento la consideración de los finos detalles que componen una obra de arte, o un evento transcendente o cualquier humana realización que merezca ser admirada.
Y, el golf, tal y como es, forma parte de ese universo acabado, armonioso, perfecto, aunque sea con la imperfecta perfección de las cosas logradas. Por eso, enseguida atrajo mi atención la conversación que me llegaba de la mesa vecina: ahora Amateur 1 y Amateur 2 abordaban qué hacer ante quienes en un partido regular – una competición – se saltan pequeñas reglas.
.- Chico, a mi no me parece que yo tenga que imponer un golpe de penalidad por cosas sin importancia – escuché que decía Amateur 2.
.- Primero – le respondía Amateur 1 -, no eres tú quién sanciona: él mismo, el propio jugador es su propio árbitro y es él quien está obligado a conocer el Reglamento y aplicarse la regla. Pero, dime, ¿qué te ha pasado?
.- Pues verás, no ha sido hoy: fue en el torneo de ayer – y Amateur 2 continuó contando el incidente -. Como sabes, está vigente la Regla Local temporal (Regla de Invierno) del Club, por la que se concede alivio de modo que puedes mover la bola que reposa en la calle un máximo de una tarjeta. El compañero competidor efectivamente la movió, pero sin marcar antes la bola con un tee. El otro compañero de partido se lo afeó, pues la regla dice que antes de proceder mover la bola de donde reposa hay que marcarla. Yo le dije “qué más da”. Pero el tipo que le marcaba, un reglamentista, le dijo que tenía que imponerse un golpe de penalidad por infracción. ¡Valiente mentecato rigorista! ¿No te parece?
.- No me parece – sentenció Amateur 1.
.- ¡Bah es una tontería que no influye en el resultado y obligas a agacharse al jugador dos veces, una para marcar y otra para quitar la marca! – protestó displicente Amateur 2.
.- Si es determinante o no para el resultado final nunca lo sabremos. Pero sí estamos seguros de que lo que a todos obliga a nadie daña. De que nadie es quien para cambiar en su beneficio una regla. Y de que si hay valores de los que la gente vulgar se ríe – términos como justicia, equidad, hombría de bien, lealtad y respeto – es porque vieron despreciarlos a quienes debieron observarlos, mientras decían, “¡Bah, es una tontería!”- arguyó Amateur 1.
.- ¡Vaya, así que tú también…
.- Sí, yo también pienso como Thomas de Quincey – dijo sonriendo Amateur 1 -. Te acordarás de la cita ¿no? “Si un hombre se deja seducir por un asesinato, enseguida piensa que el robo carece de importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar el sábado, y de esto pasa a la negligencia en los modales y al abandono de sus deberes. Una vez tomado este camino descendente, nunca se sabe dónde se detendrá”.
Me quedé mirando a la pareja. Más allá de sus perfiles al contraluz del atardecer púrpura, se veía el green del Hoyo 18, en el que dos caballeros habían terminado su partido y se despedían dándose la mano derecha, mientras respetuosos, mantenían respetuosos en la izquierda sus respectivas gorras deportivas.
Y se me ocurrió pensar si la senda descrita por aquel periodista manchesteriano del Romanticismo tendría su contrapunto en una versión afirmativa del ser humano. Es decir, la manera de mitigar en cierto modo la grosería, la impiedad, la infamia, la rapiña robos y aun los asesinatos, podría hallarse en el despliegue consciente y sincero de una suerte de cuidado y delicadeza hasta en los nimios detalles de cortesía y etiqueta.
Y, de todos modos, ¿por qué no intentarlo con los nuestros?