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El apoderado del diestro comenzaba de este modo – se torea como se es – una la presentación del torero en el curso de un almuerzo que hemos tenido el honor compartir con ambos. Y a lo largo de la charla que se entrelazaba con la ensalada de tomate y queso, y con una fabulosa merluza, el diestro ha mostrado rasgos de profunda humanidad y una, para mi desconocida, impresionante competencia comunicativa.
No puedo contar mucho de lo que ha dicho por respeto al off the record y lealtad a la confidencias de Espartaco. Pero puedo, eso sí, decirles que el próximo Domingo de Resurrección, en la Real Maestranza, en su retorno a los ruedos toreará una persona vaciada de sí misma para rendir pleitesía a la noble profesión de la lidia.
En las casi dos horas que hemos compartido mesa, acaba uno identificado con alguien que habla con razón cardiaca – el corazón tiene razones que la razón no entiende – y que emociona desde un alma pensante: el corazón tiene latidos que hasta el cerebro siente.
Y es que el toreo imita al golf.
Por ejemplo, alguno puede pensar que los miedos del toreo emergen al asomar por el toril la cornamenta astifina, seguida de 500 kg. de un
Juan Pedro Domecq. Podría ser, pero no es: parece que cuando uno tiene delante el toro lo que le toca como profesional es conocerlo, admirarlo y lidiarlo: allí no hay sitio para emociones que resten vida a la pasión y al arte.
No, amigos: el miedo torero en una plaza como la Maestranza alcanza su punto de congelación unos minutos antes. Tiene más que ver con el sonido de las propias pisadas sobre la grava antes del paseíllo, con la responsabilidad al pisar el albero ante un público entendido: algo solemne, fuerte, atenazante e íntimo que solemos suavizar llamándole vergüenza torera.
O sea, como en el golf. Cuando un jugador está sobre la bermuda ya no hay miedo. El fairway es terreno para la confianza. Ni siquiera le está permitido al jugador pensar demasiado en cómo hacerlo. Lo hace y basta. Otra cosa son las sensaciones antes de un match que pueden llegar a descentrar y desfigurar la confianza en uno mismo. De hecho, psicólogos deportivos como Bob Rotella así lo perciben. El doctor escribió perlas como ésta para que el jugador adquiera temple: “el golf se parece más a un baile que a la guerra”. Y eso no lo dice porque él crea que es un baile, sino porque es el jugador quien cree que va a una batalla.
Al terminar de escribir lo anterior ha vibrado el móvil y me he precipitado a cogerlo: en la pantalla ponía “Prima Margarita”. Y al descolgar, la voz de la más bella de mis parientes ha vertido su melodiosa música como el trino candoroso de una docena de jilgueros:
.- Oye, primo zopenco: ¡Menuda cara que tienes!
.- Sí, yo también me alegro de escuchar tus susurros – le respondo alborozado.
.- ¡Qué susurros ni que niño muerto! ¿Cómo es que has comido con Espartaco y yo me entero a toro pasado y, como quien dice, en el Paseo de Colón? – observe el lector la dulzura torera de su encanto; luego me pregunta – ¿por qué no me has invitado a mí?
:- De mil amores lo hubiera hecho, chatina, pero era un encuentro entre comunicadores; ya sabes, periodistas y gente así…
.- ¿Comunicadores? ¿Periodistas? Pero, cretino de primo, ¿no sabes de sobra que sostengo algunos de los diarios más importantes del mundo? – me interpela con algo de razón mi millonaria prima -. Además, tengo devoción por este matador tan lleno de vida.
.- Pues precisamente sobre él estaba escribiendo – le digo dando una larga cambiada -. He llegado a la conclusión de que lo mismo que se torea como se es, también al golf se juega como se es.
.- Sin duda en tu caso así, so patoso –, dice ella con un sentido que no termino de pillar; a lo mejor está disgustada, pues este derrote por el pitón izquierdo me ha pasado rozando la mejilla.
.- Verás – le sugiero apartándola del centro de la arena y llevándomela a su querencia –, he pensado que podíamos compartir asiento en la Maestranza para que puedas ver al maestro dándole la alternativa a Borja Jiménez.
.- ¡Oh!, querido, ¿si? ¿tienes dos entradas? La torpe de mi secretaria llegó tarde y estaban agotadas – dice, y al decirlo la luna de su ternura parece eclipsar el acaloramiento de su indignación – ¿de verdad, cielo de primo, que contarías conmigo?
.- Por supuesto que sí – digo dispuesto ya a dar la vuelta al ruedo – ¿Qué otra cosa podría hacer?
.- Pues ahora que lo preguntas, super primo, otra cosa que podrías hacer es darme las dos entradas, pues tía Alicia quería venir conmigo. Iba a llamarle para enfrentarme a ella por no haber conseguido entradas. Ahora se pondrá muy contenta al saber tu generosa oferta. ¡Eres un sol! – y me cuelga entusiasmada.
Mientras en mi pecho siento atravesada la cornada de quedarme sin ver la corrida del año. Y mana sangre del alma. Sangre será, mas sangre indultada.