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NO DEJA INDIFERENTE (y II)

Corea del Norte, un país en el que es fácil quedarse sin palabras

Durante los Juegos Masivos, sin aviso previo y en el palco principal del estadio de Pyongyang, ante 150.000 personas y 10.000 bailarines apareció Kim Jong-il.

Hechosdehoy / José Antonio Ruiz
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Como prometí la semana pasada, hoy nos seguimos adentrando en Corea del Norte. Si no tuvisteis oportunidad de leer el post anterior, Corea del Norte, de pocos países se habla tanto y ninguno impresiona tanto, podéis hacerlo ahora. Ya os habréis dado cuenta de que este destino no es como ningún otro, ¿verdad? pues prosigamos.

Hablemos, para empezar, del transporte. Coches, hay pocos y, los que hay, son principalmente oficiales. Como allí hacen todo a lo bestia, es decir, gigante y monumental, las autopistas, que las hay, tienen muchos carriles pero te puedes tumbar en ellas sin miedo a que te atropellen. Total, ¡no pasa nadie! eso si, se ven desde el espacio… que es lo que importa.

Hay autobuses, bicicletas… pero quizá lo que más llama la atención es el metro. De nuevo, monumental. Cada estación es una obra de arte. Tal cual. Adornos clásicos, pinturas, grandes lámparas, amplios espacios abovedados… podríamos decir que "de lujo".

¿Y los aviones? pues los aviones son, sencillamente, de traca. Yo hice un vuelo doméstico al norte del país y la experiencia fue para recordar. En primer lugar, no se veía nada al entrar. Una espesa neblina no te dejaba ver ni los números de la filas. Sólo faltaba que apareciera Michael Jackson bailando y cantando “Acaaachu triiiileeeer” en la fila 21 como alguien dijo. Cuando conseguí llegar a mi asiento, me encontré con el asiento ocupado y sólo me habían dejado el incómodo asiento central. Cuando le pregunté al "ocupa" por mi sitio, me despachó a golpe de "wan chum pam pin chú" y miró para otro lado.

Hasta aquí, uno dice, bueno, unas risas. Pero no fue eso lo que más me impresionó. En la parte final del avión había… ¡¡un gallinero!! una zona con gente que iba de pie rodeada de maletas. Como si fueran en el autobús con destino a la Puerta de Atocha. Y, por cierto, parecía muy normal para ellos. Sólo les faltó cantar la serenata de Carrascal como si fueran de excursión escolar.

Del transporte nos vamos a ir ahora a la comida. No hay mucho que contar, la verdad, excepto que es como la de su vecina Corea del Sur pero en versión low-cost. Por ejemplo, si es una barbacoa coreana (que esta de lujo), la carne, en vez de ser tierna y sin nervios pues esa histérica perdida. La anécdota en este campo sucedió al comer sopa de perro.

Un buen amigo mío entendió "duck" y no "dog" así que, mientras él disfrutaba su supuesta sopa de pato (duck), yo le recordé un apunte sobre pronunciación en inglés: "que tal tu sopa de ´dog´ (perro)?" A lo que me respondió: "de ´duck´ querrás decir…". "No, mijito, no… ¡¡De dog!!". En ese momento se le salieron los ojos de las órbitas al tiempo que vaciaba el contenido de su boca sobre el plato. No comió nada en dos días. A mi, sinceramente, me daba igual y me la comía encantado. ¡¡Hay cosas mucho peores por ahí!! Y la sopa, no miento, estaba buena.

No dejé pasar la ocasión de bailar con los norcoreanos. Son gente muy agradable. Tímidos y reservados pero muy amables. Uno de los días que estuve allí coincidió con una de sus celebraciones. Todos bailan canciones populares en la calle y a la vez. Ni corto ni perezoso me integré en algunos de los grupos de baile. Allí, todos agarrados de la mano de un lado para otro. Se partían de la risa al verme dar mal los pasos aunque, al rato, ya era uno más. Un pasito a la izquierda, otro a la derecha, vueltecita, ahora para acá, ahora para allá. No quiero decir que yo sea Joaquín Cortés ¡sino que el baile era fácil!

Aunque se me quedan muchas cosas en el tintero (como el DMZ y la frontera con Corea del Sur) y ya habrá ocasión de contarlas, hoy voy a terminar con uno de los eventos más impactantes que he podido ver en el mundo y en mi vida. Os hablo de los “Juegos Masivos”. Imaginaos: el estadio más grande del mundo, el Rungrado May Day Stadium de Pyongyang, con capacidad para 150.000 personas con 10.000 bailarines llevando a cabo una coreografía perfecta.

Al tiempo, las gradas se visten de motivos de todo tipo y colores que van cambiando a lo largo de la velada. Te quedas con la boca abierta. Todo al unísono, con bailes y piezas musicales ejecutados sin errores. Una belleza escénica que te pone la piel de gallina pero de verdad.

Por si fuera poco, a mitad del espectáculo, todo el estadio comenzó a gritar consignas con una intensidad difícil de describir. Yo me preguntaba ¿pero qué pasa? ¿Llegó la tercera guerra mundial?. Ocurrió algo que era hasta una rareza para los propios norcoreanos. Sin aviso previo y en el palco principal del estadio apareció Kim Jong-il. El mismísimo presidente. El estadio se vino abajo. Los 150.000 que allí estábamos (ahora 150.001) nos quedamos por un momento, como recita el título de este post, SIN PALABRAS. Los locales por ver a su presidente (lo cual sucede en muy rara ocasión) y yo por asistir a ese momento de fervor a ultranza. Único e irrepetible.

Y eso es todo por hoy. ¡Buenos viajes!

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