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NO DEJA INDIFERENTE (I)

Corea del Norte, de pocos países se habla tan poco y ninguno impresiona tanto

La impresión no procede de maravillosas playas, resorts de ensueño o de una riqueza gastronómica sobresaliente. Lo que llama la atención es la nación en sí, su hermetismo, su doctrina.

Hechosdehoy / José Antonio Ruiz
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Corea del Norte: de pocos países se habla tan poco y pocos nos impresionan tanto. Y la impresión no procede de maravillosas playas (que las tiene), resorts de ensueño (que los habrá) o de una riqueza gastronómica sobresaliente. En este país lo que llama la atención es la nación en sí. Su situación, su hermetismo, su doctrina.
 
No me atrevería a decir que a todos los visitantes les gustaría pero sí que no dejaría indiferente a ninguno. Más que a hacer turismo, aquí se viene a experimentar otro estilo de vida. A saborear otra época. A conocer otro mundo. Uno muy alejado de lo que nos ofrece occidente. A mí, en particular, estos destinos son los que me hacen sentir que viajar es la mejor pasión que existe.
 
El debate político no es el objetivo de este blog por lo que no voy a entrar en valoraciones sobre lo que se percibe allí. Lo que sí voy a hacer, es deciros lo que yo he visto, lo que he sentido y, sobre todo, trasladaros algunas de mis vivencias por aquellas tierras.
 
Ya desde el inicio del viaje te das cuenta de que éste va a ser único. Conseguir un visado es toda una aventura y ¡no me lo confirmaron hasta el mismo día del vuelo a Pyongyang! en Beijing. Necesitas un plan B por si se tuerce el asunto. Al final, una hora y media antes de la salida, se me dio luz verde.

 
En el mismo aeropuerto, en el control de seguridad del equipaje de mano, ya ocurren cosas inverosímiles. Por ejemplo, delante de mí había un grupo de hombres vestidos todos con los mismos atuendos, con maletas iguales, con idénticos cortes de pelo (tenía que haberles preguntado si se llamaban todos igual. No sé, Kim, por decir algo).

Al pasar las maletas por la máquina de rayos empezaron a sonar alarmas de todo tipo y se encendieron tantos focos rojos que el lugar parecía el restaurante “Gran Muralla” que todos tenemos cerca de casa. Acto seguido, los agentes de seguridad les llamaron a capítulo. El diálogo fue algo así:

 
Agente de seguridad con cara de pocos amigos: “Guan chen fú, flin-flun-flán”
 Sextillizo #4: “¿¿Flin-flun-flán?? ¡¡Tien tan yeng ming lantang!!”
 Agente de seguridad con cara de pocos amigos: “¡¡¡Lantang din bayaaIII!!!”
 
Está claro, ¿no? Pues eso. Total que, acto seguido, abrieron sus maletas una por una y… ¿sabéis qué contenían? No, armas no… ni uranio enriquecido… ni la colección de cucharitas de la abuela… no… lo que allí había (y rebosaba) eran productos… ¡estadounidenses!. Cartones de Marlboro, M&M´s, Levi’s… y un sinfín de similares en gran cantidad.
 
Cuando me bajé del avión estaba fascinado. Aviones rusos por todos lados. De esos con las alas “tristes” hacia abajo y muchos motorcillos. Un tono grisáceo predominaba, aunque todo hay que decirlo, estaba nublado. Había llegado a Corea del Norte. El país más aislado del planeta.
 
Nada más llegar, me di cuenta de que iba a acostumbrarme al rostro y a la voz de Kim Il-sung. El presidente, el líder, el fundador, el todopoderoso… y el fallecido. Por aquellos días muchos de sus habitantes desconocían la muerte de su presidente. Al mando estaba su hijo, Kim Jong-il pero Kim Il-sung era omnipresente. En el aeropuerto, en la calle, en el hotel, en el periódico, en la “televisión”.
 
Para muestra un botón. En uno de los pocos lugares en los que pude comprar algo, vendían diversos productos comestibles (no M&M’s) y me fijé en las fechas de caducidad. Para mi asombro, ¡todo estaba caducado!. Bueno, eso creía yo pero no. Lo que ocurre es que ellos siguen el calendario de la era Juche. Es decir, aquella que cuenta los años desde 1912. ¿Y qué pasó ese año? ¿Se inventó el pantalón pitillo? No, ese fue el año del nacimiento de Kim Il-sung. Así de importante es él en su país.

 
Uno de los lugares más impresionantes que vi en Pyongyang fue su mausoleo (el del presidente), el Palacio Memorial de Kumsusan (el mausoleo más grande del mundo). La cola para entrar era kilométrica pero, para mi sorpresa, me dejaron entrar en primer lugar. Me sentí un poco mal porque allí la gente debía llevar unas cuantas horas esperando bajo un sol de justicia.
 
Todavía recuerdo la melodía que resonaba en el lugar permanentemente. Suave pero triunfalista. En este sagrado espacio para los norcoreanos hay que llevar las mejores prendas que tengas, corbata y los zapatos limpios.
 
Una vez llegas a la sala principal, en el mismo centro, hay un sarcófago de cristal y, dentro, está él. Perfectamente conservado. Perenne. Todavía dirigiendo su país.
 
La sala está llena de militares armados que observan, impasibles, cómo cada visitante hace cuatro reverencias obligatorias ante cada lado del sarcófago. Un momento para recordar porque pocas veces volveré a ver algo similar.
 
Hay mucho que seguir contando sobre Corea del Norte así que, la próxima semana, ¡os seguiré contando! Porque lo que viene es total. Hasta entonces, ¡buenos viajes!
 
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