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INCREÍBLE EXPERIENCIA

Aprendiendo meditación con un lama en el Reino de Bután

A los que les gusten los destinos lejanos, misteriosos y fascinantes, volverán de este país renovados y fascinados por sus paisajes, cultura y sensación de armonía.

Hechosdehoy / José Antonio Ruiz
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Esta vez voy a hablar de Bután pero no desde un punto de vista turístico, aunque ya os adelanto que a los que les gusten los destinos lejanos, misteriosos y fascinantes, volverán de este país renovados y más contentos que unas castañuelas. Uno de mis preferidos de Asia, sin duda. La gente, el paisaje, la cultura, los monasterios, la comida, la sensación de armonía, etc.… ¡Uff! Difícil de superar. 
Estoy seguro de que estaréis de acuerdo conmigo en que viajar va mucho más allá de ver monumentos. Bien es cierto también que para gustos los colores pero cuando nos decidimos por un destino, siempre hay un interés subyacente en su cultura, su naturaleza, su belleza arquitectónica u otro elemento.
 

 
Al viajar, yo soy partidario de siempre buscar una actividad o experiencia diferente. Algo que con dificultad podría hacer en otro lugar o que no sería igual en otro destino. Así que me puse a pensar… “Himalaya… Bután, budismo tibetano… lamas… ¡meditación!”. Lo tenía claro. Iba a aprender a meditar con un lama.
 
Espiritualmente (aunque la meditación no tiene que estar necesariamente vinculada a la espiritualidad. Es un ejercicio intelectual) me considero una persona normal. Ni mucho ni poco, ni tan calvo ni con dos pelucas. Lo que sí soy es una persona a la que le gusta aprender constantemente.

Aprender cosas nuevas nos ejercita el cerebro y nos mantiene activos; aparte de los beneficios que nos ofrece un aprendizaje concreto en sí. Ya sea un idioma, primeros auxilios o a afinar zambombas (por cierto, ¿se afinan las zambombas? Nunca me lo había preguntado, que cosas… Tengo que investigar).

 
Pues decididos (hice el viaje con una grandísima amiga y también viajera) a mejorar si cabe un viaje a Bután (que en sí mismo ya es de 10), nos propusimos encontrar un lama que nos enseñase, de primera mano, a meditar y, de paso, las bases del budismo tibetano. Un monje budista habría sido suficiente pero yo quería un lama. Punto. Y un templo budista. Otro punto.
 
Para no extenderme mucho y que no os durmáis, os diré que la determinación siempre paga. Y un buen día, tras la fascinación de una jornada cargada de emociones, caminatas y vistas para el recuerdo, allí estábamos, en un templo budista real, con todos sus adornos y ornamentas, su incienso y un sinfín de colores característicos.

 
“Nuestro” lama era un referente en Bután y en el budismo tibetano en general. No podíamos pedir más. De mirada serena, gestos pausados y mucha, mucha paz.
 
Nos dispusimos a impregnarnos de sabiduría y, aunque esperábamos un té, la bebida que disfrutamos durante toda la sesión fue agua caliente. Si, si, agua caliente. Un termo de grandes dimensiones nos acompañó durante todo el tiempo que estuvimos allí.
 
No paramos de hacer preguntas sobre la reencarnación, la felicidad, el budismo pero, principalmente, aprendimos a meditar. La respiración, la postura, la disposición de la mente, el entorno…
 
Nuestro nuevo amigo, de repente y sin previo aviso, entrecerraba los ojos como mirando a su nariz y respiraba con una leve sonoridad, ausente…. Al principio, nosotros nos mirábamos y, como los actores que cuando no saben que hacer con las manos cogen cosas, nosotros bebíamos agua caliente sin saber cuanto duraría aquel trance (mientras pensábamos: “a este buen hombre le ha dado un “jamacuco”). Al poco tiempo el “volvía” con nosotros y nos seguía ilustrando. Poco a poco, le íbamos acompañando en las “ausencias”.
 
Al terminar la sesión, todas las preguntas habían tenido respuesta y ya sólo nos quedaba la práctica más de ese momento en adelante. Porque meditar requiere práctica para aprovechar sus beneficios. Entre ellos, según los expertos, encontramos el reposo mental, el incremento de la creatividad, la concentración, la relajación, la mejora de la salud… No es poco, ¿eh? Y sus beneficios aumentan con la práctica continua.
 
Bután estará siempre entre mis mejores recuerdos de viaje y el tiempo pasado, con tan ilustre lama, destacó sobre unos atractivos ya de por sí extraordinarios. Una experiencia enriquecedora, intensa e inolvidable.
 
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