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GOLF Y POLÍTICA

Acusaciones de trampas en el golf irrumpen en la campaña de Donald Trump

El incidente de golf y política de la semana pasada ha sido como un thriller: o a la joya de De La Hoya se le ha ido la olla o el levantamuros Trump es un tramposo. Analicemos.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Hace una semana Oscar de la Hoya, (curiosamente apodado “Golden Boy” cuando el que está montado en el oro es el otro protagonista), nacido en Los Ángeles y de ascendencia mexicana, acusaba al candidato republicano Donald Trump de hacer trampas en el golf.
 
Explicaba el ex boxeador que el polémico político se unió a él y a otros compañeros en un partido en el  Trump National Golf Club, uno de los 18 campos de los que este fogoso personaje es propietario. Luego – proseguía De La Hoya -, al salir del hoyo 1 la bola se fue al agua;  tiró la siguiente fuera de límites para terminar con una tercera también al agua.

Para sorpresa del denunciante y de sus compañeros Donald Trump llamó su atención y les dijo que había encontrado su primera bola en el centro de la calle, cuando para ellos era evidente que eso era imposible.

La segunda trampa que denuncia es que el Sr. Trump en el siguiente hoyo – un par 3 según recoge la noticia de Associated Press – tiró su bola a unos arbustos, pero luego, para general admiración “apareció” como por ensalmo en el green, a menos de un metro del hoyo.

"Esto demuestra algo acerca de su carácter," añadió el ex boxeador. "El golf es un deporte de caballeros. Uno no miente sobre su resultado, uno no miente sobre el movimiento de su bola. Esto muestra con quien estamos tratando".
 

Estas incendiarias declaraciones se difundían en medio del interés del propio De La Hoya para que el candidato republicano asistiera a un combate de boxeo que él estaba organizando en Las Vegas entre el púgil musulmán Amir Khan y el mejicano y el mejicano Canelo Álvarez: pues que quieren que les diga, meter el dedo en el ojo del cliente pero parece una extraña manera de hacer marketing.
 
Naturalmente, Trump, que entra a todos los trapos, se lanzó como un búfalo a desmentir al ex boxeador. Y como si de una partida de mus se tratase, niega la mayor. En declaraciones a la misma agencia dispara: "no sólo no hago trampas, no he jugado con él; nunca he jugado un partido de golf con este tipo".
 
Pues una de dos: o el chico del boxeo es un fabulador, en términos políticos un confabulador, o el constructor de campos de golf y muros en las fronteras es un tramposo compulsivos con raíces de tahúr y rostro de jugador de póker.
 
Me hago cargo de que estos dos seres tan peculiares, el uno dando puñetazos y el otro levantando fortunas, no han tenido la oportunidad de estudiar a fondo la Metafísica de Aristóteles cuando decía aquello de que “no es posible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo”. Disculpada esta laguna sólo queda la investigación de detectives o la declaración de testigos.
 
Esto último ha hecho Donald Trump quien, en apoyo de su tesis – “no he jugado con él”-, ha llamado al estrado a Lili Amini, gerente general de toda la vida del Trump National, quien testifica dos cosas: la primera que nunca había visto jugar a su jefe con De La Hoya.
 
Y la segunda, para quien recele del insignificante detalle de que el testigo está en plantilla del acusado de trampas, es determinante: “no hay agua en el primer hoyo en el Trump National”.
 
Ergo – que diría Cicerón-, ubi aqua non est sphaera non esse possum acepta”.
 
Y, efectivamente, ese hoyo 1 del National Trump es un par 4 de 309 yardas, recto como una vela, y sólo flanqueado en su linde derecha por el camino de buggies, sin asomo de agua por ningún lado, por lo que resulta imposible el suceso ese de un candidato presidencial enviando docenas de bolas a los lagos.
 
El Sr. De La Hoya o se equivoca de campo, o se equivoca de Sr. Trump, por lo que ni siquiera es aplicable la exceptio veritatis, que en delitos contra el honor cuando el objeto de la denuncia resulta cierto exime de culpa a quien profirió la ofensa.
 
Su oponente Sr Trump, tiene a su favor, además, que es hándicap 3,7, honor que difícilmente se adquiere trampeando; entre otras cosas porque los compañeros contrincantes de esos hándicaps saben tanto o más que el acusado, y siguen códigos de caballeros. Ya lo decía él mismo: “I have much integrity to cheat at golf”. Algo así como que un tipo con un hándicap tan bajo nunca hace trampas.
 
Desde luego, si finalmente es elegido presidente el próximo 8 de noviembre, tendrá quien le recuerde este “much integrity” que ahora llena su boca.
 
Eso sí, nadie reprochará al Sr. Trump que, entre que levanta muros y expulsa seres humanos del territorio confederado, dedique tiempo al golf. El actual inquilino del 1.600 de Pennsylvania Street, ha jugado cientos de partidos en sus ocho años mandato, pese a lo cuál, ciertamente el Sr. Obama no ha alcanzado ni el hándicap 15.


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