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SABATO POMERIGGIO

Vuelve a la vida Danny Willett (-14) en el Italian Open que lidera Lee Slattery (-18)

"No quiero jugar más al golf". Así de sencillo se lo dijo Danny Willett a su esposa. No tenía fuerza, ni coraje, ni valor para volver a competir. Nicole le escuchó como sólo ella era capaz de hacerlo.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Con el corazón lacerado, pero con la fuerza de ser la mujer de un campeón recibió lo doloroso del más doliente mensaje del profesional. “No quería jugar de nuevo al golf”, repitió más tarde Danny Willett en un blog del European Tour. Y añadía: “A finales de 2016, estaba en la pelea por la Carrera a Dubai y simplemente no quería jugar al golf. Es completamente ridículo”.

Había protagonizado una impactante victoria en el Masters de Augusta 2016, pero ahora, pocos meses después, se sentía incapaz de darle a la bola.

A un estado de atenazante depresión, se unía un repentino dolor de espalda que aparecía para reírse de él. “¿Tú un campeón…jajajajaja?”. Danny lo contaba a The Irish Times: “Cuando hago bien el swing, me siento bien mental y físicamente … cuando el swing es malo, siento una tensión en mi espalda  que se convierte en un problema”.

“Fue penoso, ya que no me lesionaba al entrenar, ni por ejercicios, pero golpear la bola a toda velocidad y lanzarla un poco lejos llegaba a causar mucho dolor”. "Tomaría analgésicos por la mañana … conseguiría una hora de fisio antes de cada ronda, jugaría la ronda con un swing que duele, y luego necesitaría una hora de fisio después de la ronda. Simplemente estaba hecha polvo ", comentó.

Resultado de todo eso fue la más rápida pérdida de la tarjeta del PGA Tour, y pasar del puesto 11º del Ranking Mundial al 114 en 2017 y al 462 actual, después de que en esta misma temporada no pasara 7 cortes de 9 presencias. Tampoco pasó los cortes de 2017 y 2018 de Augusta, que había ganado en  2016.

Antes de comenzar el Italian Open, con palabras de Dante en su Divina Comedia en terza rima, podría haber recitado con todo sentido: “En el medio del camino de nuestra vida/Me encontré en un bosque oscuro,/porque el camino recto se perdió.

Ahí cómo decir qué era es difícil/Este salvaje, escarpado y fuerte desierto/¡ese miedo se renueva en el pensamiento!”.
Seguro que cada uno recuerda a una amiga, a un amigo, a un pariente, o a uno mismo que pasó en  un suspiro de la dicha indescriptible al pozo negro terrífico. La fragua de la felicidad alumbra encendida junto al glaciar de la soledad. Eso nos parece cuando el horizonte es una pared a un metro, o nuestro propio párpado cerrado. Así de corto, así de oscuro.

Para Willett, Nicole y el pequeño Zachariah, nacido 12 días antes de vestir él la chaqueta verde, han sido el sol doméstico, cálido y acogedor. Y junto a esa valiosa compañía, el campeón de fe, hijo de un pastor anglicano y de una profesora de matemáticas, puso lo medios deportivos con su entrenador.

Éste sábado, cerca del Lago di Garda, vimos en el rostro de Danny dos cosas que los golfistas acostumbramos a ver juntas: un buen juego y una sonrisa abierta como el Octavo Cielo de Dante: “A universal sonrisa semejaba/lo visto, y la embriaguez de su belleza,/por el oído y por la vista entraba”.

No estamos nunca solos. Por dentro nos acompaña todo lo aprendido y todo lo amado. Por fuera ese designio que tiene nombre, el nombre de la gente amada.

El jugador de Sheffield completaba tres recorridos por debajo de 70: 65-67-67. Esto le colocaba en 4º lugar empatado, a sólo dos golpes del líder y estrella del día, su compatriota Lee Slattery que con un recorrido de 62 golpes presentaba la mejor vuelta de lo que va de torneo.

Nos importa menos resaltar ese resultado que incluso el triunfo final, siempre provisional. Como se lee en el Canto Quinto del Cielo de Mercurio “Oh, bienaventurado! ¡ a quien el trono/del triunfo eterno dado es ver por gracia,/antes que de milicia el abandono!”

Ya no se siente abandonado Danny Willett cuya sonrisa paseaba con su caddie al llegar entre aplausos al último hoyo. Evocaba de algún modo la canción de Claudio Baglioni, aquel “Sabato pomeriggio”, sábado por la tarde: “Passerotto non andare via/Nei tuoi occhi il sole muore già/Scusa se la colpa è un poco mia/Se non so tenerti ancora qua”. (El gorrión no desaparece/En tus ojos, el sol ya se muere/Lo siento si el error es un poco mío/Si no puedo tenerte aquí otra vez/.

Queda el domingo. Queda el último esfuerzo. Pero queda, más que nada, que ya nada es igual cuando has superado la noche oscura del espíritu hundido. Ya hay, de nuevo,  poema, luz y esperanza.

“Aquí me tienes” le ha dicho – nos dice a nosotros – la vida. Y la vida son personas. Sobre todo personas.

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