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En el mundo hay síntomas de ligereza y superficialidad, cuando no directamente de ordinariez. Dense un vuelta por los hashtags de Twitter. O lean estremecidos las tres primeras líneas de la noticia que nos describe que en 2015, “casi cuatro delitos de odio al día se registraron en España durante el año pasado". En total 1.324 crímenes que suponen un 13 por ciento más que en 2014.
No es fácil que los entretenimientos y el deporte se sustraigan a estas influencias, ni al analfabetismo – eso sí, lleno de hard y de soft, mucho soft – con que se abre camino en el mundo una generación de la ignorancia. La más letal falta de sabiduría es no saber quien es el hombre.
A esa generación, a la que le precede y a la que le sucederá dedicaría yo unas líneas y todo mi afecto con tal de animarlas a comportarse como élite. No como clase superior que desprecia a los demás, sino como fuerza que irradie calor del bueno, acogida y benevolencia.
Cualquier cosa menos que sea el golf el que imite la mugre, el odio, el griterío oral o escrito, el desprecio, la altanería y los malos modos que la vida ofrece en platós de televisión, tabernas y aun en la acción política. Ojo al dato de la noticia anterior: mientras los delitos de identidad sexual disminuyeron un 67% en 2015, los de motivación ideológica se alzaron con la segunda posición: 308 en el total del año.
Los buenos modales empiezan en el pensamiento y se ejercitan en la conducta: “Manners maketh man”.
Por eso el golf, cuando se respetan las normas de etiqueta, es escuela de buenos modales y recipiente del que beber alivio para este mundo. Pero, claro está, el atender debidamente a los que vienen detrás, a los que nos acompañan o rodean es algo que surge con naturalidad cuando el otro es una prioridad que llevamos dentro.
Como me dijo una vez un entrenador personal, hay deportes que no se hacen bien para estar en forma, sino que hay que estar bien en forma para llegar a hacerlos. Lo mismo pasa con el trato humano: es mejor que uno venga con la rectitud en el corazón y no tener más que aplicarla a cada caso concreto, que esforzarse en ahormar el comportamiento educado y atento a unas normas de etiqueta cuyo espíritu nos es ajeno.
Saber perder, saber ganar, saber esperar, saber escuchar, saber corregir son partes de una sabiduría mayor que viene de considerar a los demás dignos destinatarios de lo mejor de uno mismo. Y la ventaja de tener presente unas normas de conducta al servicio de los demás, es que si uno se equivoca – por ejemplo soltando un grito o retrasando el juego de otros – es que sabe dónde está la vía para volver al rail.
Hoy vemos gente desbocada como caballo salvaje que suelta una coz y aún piensa que ha hecho bien; quien insulta porque le parece libertad de expresión; quien se permite familiaridades con quien no es ni pariente ni amigo; quien vocifera como si todo el aire de la atmósfera fuera suyo y el oído del prójimo helipuerto para sus desahogos.
Propongo devolver al golf y a la convivencia social ese buen tono de élite para que todos se beneficien de ambientes pacíficos en el entretenimiento, deportivos en la disciplina, laboriosos en el trabajo y alegres en el vivir en paz. Sí se puede.