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Estábamos siguiendo el Shell Houston Open. Se jugaba en Humble, Texas, a veinte minutos del centro. Cuando vimos las dos primeras vueltas del canario, las del jueves y el viernes, 71 y 72 golpes respectivamente, nos pareció normal que no hubiese resultados llamativos. Rafael Cabrera Bello venía de quedar tercero en el Matchplay del Campeonato del Mundo. Allí, en cinco días había jugado siete partidos de la máxima tensión, concentrado hasta el extremo y contra los mejores del momento. Para ganar ese podium tuvo que eliminar nada menos que a Rory McIlroy.
Por eso, digo, parecía que con pasar el corte era suficiente. Tanto él como Sergio García cumplieron por los pelos ese trámite al acabar entonces en -1. Otros héroes de la semana pasada habían pagado el desgaste; por ejemplo Louis Oosthuizen no pasó el corte: un +6 le mandó a casa el viernes.
Al ver el modesto comienzo de Rafa, me acordé de los días posteriores a los exámenes de la carrera: uno ha puesto todas las fuerzas, la adrenalina está en máximos y el sueño en mínimos. Y, claro, al terminar la excitación, al ver coronado el esfuerzo con un resultado sobresaliente viene el bajón de todos los indicadores de actividad: un desfondamiento.
Pero el deportista español es de otra pasta y no se desfonda porque su tesón no tiene fondo. El tercer día, el sábado hizo 68 golpes (-4) y en su cuadro de mandos pareció encenderse la luz de “modo competitivo” después de comprobar que en toda la vuelta no había cometido un solo error.
Así que el domingo salió a jugar con el entusiasmo de cualquier socio de mi Club a quien le toca en suerte jugar en un campeonato en el mismo partido que mi prima Margarita. En esa situación el socio suele experimentar unas sensaciones de beatitud y de casi levitación que le llevan de distracción en distracción y de bogey en bogey.
No así Rafael Cabrera Bello cuyo entusiasmo se tradujo el domingo en una capacidad llamativa para jugar alegre pero sereno; audaz pero centrado; con autoridad pero sin jactancia. ¡Vaya segundo golpe en el 18, pegado al lago!
En los primeros nueve hoyos hizo cuatro birdies, y su nombre, junto a la enseña nacional brillaba pronto en lo alto de la pizarra.
Hizo eagle en el hoyo 11, un par 4, y con un nuevo birdie en el hoyo 13 fue colíder con un acumulado -12 durante unos segundos.
Ese resultado ya le acompañó hasta el final y al terminar el hoyo 18, a las 21:20 horas de Canarias (22:20 en la Península) se erigía en líder en Casa Club, posición que conservó durante una hora y cuarenta minutos, cuando Dustin Johnson se la arrebató con su -13.
Pero nada borra el fulgor del cometa que atravesó Houston. Rafael “Me-Atrevo-Con Todo” Cabrera Bello había hecho una vuelta de -7 en esa ronda final que era de lejos el mejor resultado de la jornada.
No sé qué será de él en Augusta a partir del próximo jueves. No sé a quién batirá en el Open de España una semana después. Pero una cosa está clara: Rafa lleva un año de golf de calidad. Ha ganado empaque, seguridad, consistencia en las última citas y se mueve en la órbita del mejor golf mundial.
El torneo se lo ha llevado un gris oscuro, una niebla invisible en el horizonte del golf. Uno de eso deportistas que nadie había visto por los campos, alguien que no existía sino para sus seres queridos, que ha dado un salto de gigante tras cinco años de profesional sin títulos. Tiene 38 años, se llama Jim Herman, es de Cincinnati y gracias a su -15 se lleva el Shell Houston Open y una invitación para jugar el Master de Augusta, primer major del año. Merecida victoria.
Pero, qué quieren. A mí me va la heroica: me quedo con Rafa y su coraje y sus 40 hoyos sin bogeys.