Henrik Stenson se retiró del US Open sin terminar la segunda vuelta. En la primera vuelta había hecho, 69 golpes, -1. Cuando por falta de luz se suspendió la segunda, el sueco llevaba cometidos ese día 8 bogeys y 1 doble bogey, lo que suma +10 en el día. Por alguna razón decidió coger su bolsa de palos y no levantarse temprano para hacer los dos hoyos que le quedaban. Dijo adiós. ¿Por qué?
Otro sueco, Peter Hanson, fue descalificado por firmar erróneamente su tarjeta de la segunda vuelta, pues firmó 4 golpes en el hoyo 11 en vez de 4 que fueron los golpes que dio. Peter Hanson, que había formado parte el equipo Europeo de Ryder Cup en las victoriosas ediciones de 2010 y 2012, tampoco hubiera pasado el corte, pues a sus +7 de primer día habría que sumarle +5 sin la infracción.Mala semana para haber nacido en Suecia. A Pensilvania viajaron seis de ese país y sólo uno, David Lingmerth, pasó el corte.
España ha sido el único país con más de dos jugadores que ha clasificado a todos los jugadores para el fin de semana: dos profesionales Sergio García (3º) y Rafael Cabrera Bello (35º), y un amateur – el único clasificado de los no profesionales – Jon Rahm (45º). Tres hombres en un campo. Three men in a boat, era el libro de humor de Jerome K. Jerome en el que tres amigos navegan en una travesía por el Támesis entre Kingston y Oxford.
Pero otros, incluso estrellas como Rory McIlroy, Phil Mickelson y Justin Rose no naufragaron en Oakmont.
La travesía de la tercera jornada de la 116ª edición del US Open ya se sabía que no podría concluir el sábado, pues arrastraba el desorden provocado el primer día por las tormentas. Empezó por la tarde. El último partido, con el líder Dustin Johnson, Andrew Landry y Scott Percy salió las 17:01 hora local (23:01 en España) y no podrían terminarlo hasta el domingo.
En el campo, en el resto de los partidos se veía de todo: un despegue espectacular del Jason Day con 4 birdies en sus cinco primeros hoyos; Jordan Spieth 3 birdies en sus cuatro primeros hoyos; y hasta un eagle de Jon Rahm en su tercer hoyo, esos si acompañado de tres bogeys y un birdie nada más empezar.
Oakmont es un campo de locos o, más exactamente, para volver loco, para sacar de quicio al más sereno de los jugadores: lo que te da en la calle, te lo quita en el green; lo que parece un golpe de escándalo un mal bote lo manda a un imposible rough de festuca o de otra hierba larga, de esas que se agarran a la cara del wedge e impiden la fluidez del más sencillo golpe.
Cuenta la Historia que el cabildo de la Catedral de Sevilla se reunió para decidir: “hagamos un catedral tan grande que los que la vieren nos tomen por locos”. Algo parecido, pero en plan malvado es lo que se les ocurrió a Fownes en el diseño de Oakmont.
En un texto firmado por David Owen he podido leer un esclarecedor resumen de los propósitos criminales de cuantos intervienen en el dibujo del campo, su construcción y su preparación para este tipo de torneos. Dice así: “el objetivo de los Fownes fue construir un campo que desmoralizara a casi todos los que lo jugaran, y las generaciones sucesivas de socios han adoptado ese principio a pie juntillas”.
Luego continúa: “el U.S. Open se ha jugado en Oakmont con más frecuencia que en cualquier otro recorrido y es fácil entender por qué, ya que el masoquismo del comité que decide cómo deben estar los greens concuerda a la perfección con el sadismo de la USGA”.
La tercera jornada, llamado el día del movimiento, esa ronda en que, pasado el corte, se abre para algunos la espita del atrevimiento y al genialidad terminará un día después de comenzar, pero dejará momentos memorables. Algunos momentos de pasión, pocos de placer y docenas de instantes de frustración.
El citado articulista decía, “he jugado Oakmont sólo una vez, en 1995, y no me importa si no vuelvo por allí. ‘Nos gusta castigar a los socios y traumatizar a los invitados’ dijo el presidente del club 15 años después, cuando todavía me estaba recuperando de mi ronda”.
Veremos como termina este US Open y si alguno no hubiera preferido no clasificarse haciendo suya la frase que Jerome K. Jerome ponía en boca de uno de sus Three men in a boat: “lo que el ojo no ve, al estómago no le altera”.






