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Puede ser que el blanco de los pétalos de la Carissa Grandiflora “Postrata” que lo flanquea de belleza adormezca el ardor combativo del esforzado jugador. Puede ser que los altavoces del cercano Colegio Highland llamando a oración a los más renuentes de sus alumnos desoriente a unos jugadores y extasíe a otros. Pero también podría ser que el personal baje la guardia ante la pretendida facilidad del hoyo.
Sobre el papel, es decir con tarjeta de campo en la mano, es un par 4 de 328 metros, recto como una vela. El hoyo 8 es oficialmente fácil: una especie de veni, vidi, vici del golf.
Como todo el mundo Occidental conoce, un campo de golf tiene tasados sus 18 hoyos según el grado de dificultad con que un jugador común se enfrenta a cada uno de ellos. Los hoyos del campo son clasificados del 1 al 18 según su mayor o menor dificultad. Y en mi club el hoyo 8 es de los más fáciles: hándicap 16; en este ranking detrás de él sólo están el hoyo 13 y el 5, dos pares 5 que se hacen, en teoría, sin despeinarse.
De este modo, el hoyo 8 de mi Club es el más fácil de los pares 4. ¿Es esto totalmente cierto? ¿Qué significa? Empezando por esta última cuestión, la respuesta es que para un jugador común no debe haber pegas en cumplir con su hándicap; incluso cabe esperar que mejore el resultado y haga algún golpe menos que, como José con el grano en Egipto, guarde para cuando lleguen las vacas flacas.
Pero como la engañosa belleza de la Carissa Grandiflora la fantasía del jugador puede quedar “Postrata”, humillada ante un resultado tanto más frustrante cuanto más alcanzable se estimaba la meta. Ya les digo, o las flores, o el altavoz, o el viento de Poniente, o el autoengaño: siempre surge algo para no lograr lo que parecía muy asequible.
Es como la vida misma. Es como lo que me ocurrió en el asunto “Mi primo Gonzalo y el regalo para tía Alicia”. Hacer regalos es, genéricamente, una de las tareas más gratificantes que pueda uno realizar en el planeta Tierra. Supera en gozo a recibirlos. Lo expresa con sencillez el Libro de los Hechos, “hay más felicidad en dar que en recibir”.
Sin embargo, acertar con el regalo para un tía inmensamente anciana y asquerosamente rica e insuperablemente impertinente no es cosa que esté al alcance de todas las inteligencias. Y, aunque me pese decirlo, la agudeza mental de mi primo Gonzalo está y seguirá estando por debajo de la media, al menos hasta que avancen algo más las técnicas de trasplante integral de cerebro. Pónganlo ustedes frente a las más complicadas pruebas de salto con caballo a base de obstáculos dobles y triples, que las superará con una habilidad pasmosa, sin desobediencias ni rehúses de su cabalgadura. Pero pensar, lo que es pensar, nadie se lo ha visto a hacer nunca.
Así que se imaginarán mi sorpresa cuando aquella mañana de noviembre me abordó en el sofá que hay junto al Salón de Juegos de mi Club, interrumpiéndome en la pacífica ceremonia de consumir un brebaje destilado en origen por Justerini & Brooks (Speyside, Escocia).
.- ¡¡Hola primo!! – me saludó pleno de alegría, y con acentos de incontenible orgullo-: ¿A que no sabes lo que le he comprado a tía Alicia por su santo?
.- ¿El libro “Cómo redactar la Perfecta Herencia a favor de Sobrinos”? – ironicé –; fuera de eso todo regalo o es inútil o ya lo tiene.
.- ¡Qué va! Me puse a pensar – ahí comencé yo a sentir pavor – y decidí, a partir de una foto que tenía de mi boda, enviarle un retrato suyo al óleo.
Al oírle, se me fue por mal lado el sorbo de whisky. Cuando hube tosido como cuatrocientas veces mientras mi primo palmeaba fuertemente mi espalda como si fuera el pescuezo rebelde de uno de sus jamelgos – pobres animales -, le solté.
.- ¿Pero es que te has fumado el pienso de tus equinos o es que no sabes que en la lista de cosas que más odia tía Alicia, los retratos personales ocupan un peldaño poco debajo del destinado a dependientes de joyería y del de los cazadores furtivos?
.- Uh! – dijo mientras su piel iba tomando el color de pelo de un caballo tordo en fase blanca.
.- ¿Y dices que ya lo has enviado? – le urgí.
.- Sí –respondió temblando en toda su alma de cántaro -: por SEUR; le llegará en un par de horas: quería ser el primero.
.- Serás el primero… en ser desheredado por insensato e imprudente. Venga: mientras voy a la puerta de tía Alicia a hacerme cargo del cuadro, acércate a Joyería Reyes y le compras la gargantilla de Bvlgari que verás en la parte derecha del escaparate: el otro día le acompañé y se deshizo en alabanzas de esa pieza.
Y así fue como, en el preciso momento en el que el cielo descargaba la más potente tormenta otoñal ante la puerta de la mansión de tía Alicia, recibía yo, empapado de agua, al emisario de SEUR haciéndome pasar por mayordomo de mi anciana pariente. El fiel empleado de la empresa de paquetería asumió complacido una gratificación de 200 euros por devolver el malhadado cuadro al remitente.
Al poco, apareció mi primo Gonzalo vistiendo impermeable, con un paraguas en la mano izquierda y un envoltorio de la joyería en la derecha; llamamos al timbre y fuimos conducidos a la presencia de tía Alicia.
Todavía estornudo cuando recuerdo el momento: mi querida pariente, sonreía a Gonzalo mientras abría el estuche con la joya. Luego, como quien deja caer un pañuelo de seda y mirándome de soslayo, pronunció su frase.
.- Eres un tesoro, Gonzalo: qué detallazo. ¡Qué bien has adivinado mis gustos! No tenías que regalarme nada. Sólo tu presencia bien vestido, elegante, seco y sin oler a JB es de lo más gratificante.