En el BMW Championship ha pasado lo que tenía que pasar: suspensión. Suspensión en la primera jornada. Suspensión a causa de amenaza de tormenta; suspensión a causa de chaparrón primero y, consecuentemente, por falta de luz después. El torneo, tercero de las series eliminatorias, se juega al norte de Indianápolis, en la localidad de Carmel pueblo de 80.000 habitantes al norte de Indianápolis.
Y la pregunta sale sola. Does it never rain in the north of Indianapolis? Lo pregunto en inglés por si da la casualidad de que esta crónica la lea – que va a ser que no – el encargado del calendario de la PGA.
Pues sí; copio de Wikipedia acerca del Estado de Indiana: “el tiempo es relativamente inestable, y puede cambiar repentinamente especialmente en invierno. El principal motivo de esta inestabilidad es la ausencia de obstáculos geográficos en el Estado y en sus proximidades, que permiten el rápido movimiento de corrientes de aire venidas de cualquier dirección” (fin de la cita).
La realidad empírica, constatable y fácil de comprobar con estadísticas al alcance de los directivos es que la lluvia persigue al PGA Tour. ¿O es a la inversa?
En fin, lo dije y lo mantengo: Directivos del PGA, hagan su torneos en España. Aquí nunca llueve el día del torneo, somos gente acogedora y respetuosa con el golf. Y al terminar la competición se toman una Cruzcampo con un plato de gambas y se olvidan hasta del nombre de su compañero competidor de partido. Porque la terca realidad, amigos del PG Tour y amigos lectores, es que en virtud de lo dicho más arriba, unos cuantos tuvieron que terminar la primera jornada el día de la segunda.
La verdad, podrían también haber hecho como en el Circuito Europeo este verano. Por ejemplo en estos días se juega el KLM Open (¿dónde va a ser?: pues en Holanda), hace un sol digno de Marbella y la gente juega en manga corta.
Después de dos días, lidera el austriaco Bernd Wiesberger y a dos golpes -aúpa – el español Alejandro Cañizares.
Pero volvamos a los playoffs de la FedEx Cup, a este BMW Championship. Y ahí, durante la segunda jornada, quien tenía pilas alcalinas, de las que siguen y siguen funcionando, era Roberto Castro. Todo empezó cuando en la primera jornada se colocó líder con un tarjeta de 65 golpes para poner el -7 sobre el campo.
Luego, ya lo hemos dicho, la tormenta y la falta de luz descompuso el panorama. La falta de luz siempre la hemos tenido como un mal: los libros sapienciales hablaban del Cielo como el lugar de la luz, el refrigerio y la paz. Pues eso esto estaba ardiendo, oscuro, combativo y lluvioso. Carmel ¡Ay Carmel!
Pero a Castro (Roberto, no Fidel) parecía que le daba todo igual. Todo es todo. Sólo estaba a su bola – nunca mejor dicho –, y si el primer día había encadenado a su solitario bogey del último hoyo un total de 8 birdies, en el segundo prescindió del bogey y se paseo por el campo con 7 birdies, otro 65, para llegar a Casa Club con -14, que era una referencia para los que venían detrás.
Y recordemos que quienes detrás venían eran los mejores 68. Son los que han quedado de ese ejercito de estrellas del golf diezmado por las eliminatorias, como el ejercito enemigo en la Anábasis. Ya decía su autor, Jenofonte: “el mando y el señorío es de aquel que ganó en la batalla”. Y en las dos batallas anteriores ganaron los presentes en Carmel, pero sólo 30 de ellos pasarán a la última contienda, dentro de dos semanas en el Tour Championship by Coca-Cola.
Entre ellos, si las cosas no se le tuercen brutalmente, estará Roberto Castro, que cuando terminó su fantástica segunda ronda había pegado un espectacular salto desde el puesto 53º al 6º de la clasificación de la FedEx Cup.
Roberto Castro, es un texano muy lejos de su Houston natal, cuyo clima quizás eche en falta; lleva 9 años de profesional y en todo este tiempo, ni en la Web.Com, ni en el PGA Tour ha cosechado una victoria.
Consiguió su tarjeta para el PGA Tour en 2008, pero la perdió y no jugó en esa división en 2009, 2010 y 2011. De vuelta al mejor circuito del mundo, su mejor año fue el 2013 (iba a decir que ya ha llovido desde entonces, pero me abstengo); en aquel año ganó algo más de 2.100.000 dólares. Y en toda su carrera acumula 9 Top 10 y 2 segundo puestos.
Es una modesta tarjeta de presentación, que hace muy compresible la sonrisa que pasea por el campo de Carmel, llamado Crooked Stick, que literalmente sería “palo torcido”, lo que supone toda una amenaza con la que está cayendo, y perdón por insistir.
Sin perjuicio de nuestra inclinación patria por Sergio García (-4 en el día, -7 en el acumulado), nos gustaría ver arriba a Roberto Castro, hermano, y cantarle algo esperanzador, del otro Roberto, de Roberto Carlos: “quiero a mi hermano sonrisa al viento/verlo llorar pero de contento”.






