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En casa de tía Alicia sólo hay una persona que mi vieja pariente defiende haga lo que haga. Se llama Loli, y es costurera. Es mujer entrada en años y lleva unos pocos trabajando en el cuarto de costura de la mansión de tía Alicia.
Tiene el digno porte de un cardenal de la Curia en el momento de acceder en procesión al altar mayor de San Pedro bajo el baldaquino de columnas salomónicas de Bernini.
Cómo será su elegancia, que una mañana mientras caminaba por el jardín, cerca del porche bajo las buganvillas fucsia y rosa, se le acercó un intruso agente de seguros con el que departió durante media hora, creyendo él que Loli era la dueña de la casa. Tuvo Loli la paciencia de tratar con aquel sujeto y conseguir que, sin suscribir ninguna póliza, se marchara por donde había venido; ciertamente salvó la vida al temerario sujeto, porque si lo ve la propietaria se lo come vivo.
Loli trabaja de sol a sol. Lo ha hecho siempre. Ahora lo hace sin prisa. Lo mismo diseña el traje de invitada a una boda para tía Alicia o de una de mis innumerables primas, que hace el patrón de un traje de primera comunión para uno de mis incontables sobrinos, o me pega un botón que flojea desde la manga de mi blazer.
.- Traiga usted, señorito – me dice – que eso se le va a caer en el peor momento.
.- Deje, Loli – le digo quitando importancia al botón -, ya me lo arreglaré en casa.
.- De eso nada – me reconviene -, que la señorita Margarita está al llegar y no querrá usted estar como un niño de la “conferensia”, aunque usted siempre parece un dandy.
Eso de la “conferencia” debe venir de la “Conferencia de San Vicente de Paúl”, institución que recogía en su barrio niños en necesidad extrema.
Yo le cedo, entonces, mi chaqueta y ella enhebra un hilo azul marino con la presteza veloz, medida en microsegundos, con que mi primo Gonzalo engulle un par de gambas a la hora de los martinis.
Loli hace esto como si tal cosa, sin darse importancia, mientras escruta con su mirada cada milímetro de mi vestimenta y alrededores. Siempre ve algo que mejorar y lo mejora. Y es que tiene vista no de águila sino de Langosta Mantis de Australia (Erugosquilla grahami).
Como ustedes saben la Langosta Mantis de Australia ha sido descrita como el animal con mejor visión, que, gracias a sus doce foto receptores, le permite ver colores invisibles para otros animales. Detectan, sin gafas especiales ni lentillas, la luz ultravioleta, la infrarroja y hasta las ondas eléctricas. Esta inusitada capacidad visual les es de gran utilidad para encontrar pareja con la que aparearse o fijar la presa objetivo.
Evidentemente está es la única similitud entre la pacífica Loli y ese depredador marino. Con un depredador en casa de mi tía Alicia basta y sobra.
Pues como les decía al principio, Loli ha trabajado cosiendo desde niña en distintas casas de alcurnia, hasta que la rescató tía Alicia de casa de los R. de M y L. de X., que alcurnia tenían en sus ocho apellidos andaluces, pero menos euros que la caja fuerte de la Moncloa cuando la ocupó el actual inquilino.
Y es que Loli, empezó de aprendiza a los 12 años y gracias a su diligencia, prudencia y espíritu de servicio se hizo un nombre en su gremio. Es tal la eficacia y, sobre todo, la bondad de esta mujer que el ogro que tengo por tía ha dicho más de una vez que mientras Loli lo quiera se quedará en casa y que si alguna vez se arruina – mi tía, no Loli -, cosa que es imposible que ocurra, los últimos euros serán para esta joya de la corona familiar. A mi me parece justo.
Pues bien, al terminar el verano veía Loli las noticias que hablaban del regreso de los veraneantes y de cómo esos “pobres veraneantes sufrían síndrome posvacacional”.
Loli, que nunca dice una palabra más alta que otra saltó esta vez:
-. ¡Leches con los “pobres veraneantes”!, entonces, por lo visto me he librado de una buena gracias a que en 50 años no he tenido nunca vacaciones… hay que j….. – culminó-; perdón, señorito, no le había visto.
.- Nada Loli, nada que añadir –le contesté riendo –; yo digo lo mismo que usted: hay que j….
Esto me ha venido a la cabeza al enterarme de que los pobres jugadores profesionales de golf del PGA Tour apenas han tenido dos semanas de vacaciones y desde este jueves se baten en el Frys.com Open, en el Silverado Country Club, allí en Napa, California, donde brilla entre otros Jhonattan Vegas, venezolano y buena gente.
Ya les contaré si no me entra a mí un síndrome de algo raro. Por si acaso, mañana voy a jugar 18 hoyos con otros dandis.