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ASÍ ES LA ROSA

Perfeccionismo, golf y matrimonio; la clave es la confianza

"Deje de buscar la perfección. Deje de esperar la perfección en usted mismo o en sus contrarios", decía el Dr. Bob Rotella a los profesionales de golf en crisis.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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Después de unos años jugando al golf, desde que aparcó sus caballos para casarse con Beatriz, mi primo Gonzalo tiene, sin saberlo él, cierta crisis en su matrimonio. Trici, como llamamos en la familia a la mujer de mi primo, acudió a mí para contármelo. No sé que tengo yo que las mujeres, sobre todo las de mi familia, me toman como paño de lágrimas. Bueno no todas: mi tía Alicia me toma por el pito de un sereno. Pero una y otra circunstancia las llevo con la honra que permiten mi estado y edad.
 
Así que reservé hora en mi Club para tener un tête a tête con mi querida prima política en el campo de Golf. Lo de citarme para hacer unos hoyos es una medida de elemental prudencia, y no sólo por precauciones de castidad: Ya me lo decía mamá: “el hombre es fuego, la mujer estopa: viene el diablo y sopla”. No, también hay motivos de estrategia de coach.

Si uno se cita para escuchar cuitas de la mujer de un primo en un despacho o en una coqueta cafetería corre dos riesgos: uno, que la hombrera derecha quede hecha unos zorros por el rímel, el maquillaje y las cataratas lacrimógenas de la “incomprendida” dama; y, dos, que en un cara a cara sobre emociones en un recinto cerrado, uno mismo carece de alternativas de honroso abandono del campo de Marte. Ya lo describió hace 2400 años el genio chino de la estrategia Sun Tzu: “Si tu plan no contiene una estrategia de retirada o posterior al ataque, sino que confías exclusivamente en la fuerza de tus soldados, y tomas a la ligera a tus adversarios sin valorar su condición, con toda seguridad caerás prisionero”.
 

Por ello, valorando la condición de mi interlocutora me pareció que una bolsa de palos por persona, catorce palos por jugador, campo abierto con noble público alrededor, dieciocho hoyos por delante y una caminata de seis kilómetros bajo el frío de la mañana sevillana dibujaban el ideal escenario para escuchar un alma atribulada.
 
Ni que decir tiene que en ese momento no importaba el resultado del partido y, quizás por ello, nada más empezar, mi bola siempre tan solidaria con mis intenciones se fue a las adelfas de la derecha y se escondió bajo un capullo helado y rosa. ¡Total, si el resultado no importaba…! Me “dropé” con penalidad, y terminé el hoyo 1 con doble bogey… pero ¡total! ¿No habíamos quedado que el resultado no importaba?
 
No quiero describirles cuál fue el número de golpes que di en el largo hoyo 2 ni cuantas bolas tiré al lago del hoyo 3 desde el tee de salida. Porque lo que me parece digno de ser señalado es el color de la cara de Trici, que de amable palidez al comienzo, fue adquiriendo tonos berenjena a cada error mío, para luciendo en el citado hoyo 3 esa solemne tonalidad púrpura de la túnica de los nazarenos de el Gran Poder.
 
.- ¿Pero que les pasa a los hombres? ¿Es que no quieren, no saben o no pueden hacer las cosas como Dios manda? – rumió entre dientes la segunda fortuna de la provincia al ver amerizar mi cuarta bola en el lago. Ella estaba apartada, y dijo lo anterior para sí, pero yo lo escuché para mí. Y eso me iluminó acerca del origen del malestar de la joven dama.
Yo ya la conocía, la había visto enderezar un marco de un cuadro en su casa, corregir casi inconsciente el orden de los cubiertos en algún restaurante o, sencilla e inadvertidamente, repetir en exacto acento de su “college” la palabra inglesa mal pronunciada en una tertulia. Trici es un perfeccionista de libro.
 
Ser perfeccionista es una enfermedad curable. Con paciencia, tiempo y ahínco, pero curable. Lo fundamental es hacer ver al paciente que el perfeccionismo daña dos de los pilares fundamentales de la Sociedad: el golf y el matrimonio. En ambos casos uno de los errores más comunes es precisamente desconfiar de la Naturaleza y empeñarse en sustituir lo que lleva generaciones funcionando por una inútil pretensión de perfección.
 
Como Juan Ramón Jiménez a la suya, se llega a esta flor por una clase de amor que hace confiar en las cosas tal y como son: “¡No la toques ya más,/ que así es la rosa!”.
Después de hablar con Trici en el green del hoyo 4 sobre cómo el perfeccionismo es una imperfección, se quedó pensando y, en el hoyo 9 me abandonó; le oí hablar con Gonzalo para ir a comer un perfecto plato imperfecto: unos huevos rotos en Casa Lucio.
 
Y yo me subí al Bar del Club a meditar con un solera sobre lo que escribió el Dr. Bob Rotella, conocido en los ambientes del golf por haber restituido la calma anímica a más de un jugador profesional. Especialista en psicología de este noble deporte, sobre sus hombro han llorado – es un modo de hablar – los mejores drivers de la PGA, hartos de contemplar que la técnica – sola o acompañada de gimnasio- no es suficiente para estar en lo alto de su profesión:
“La clave es la confianza, y la confianza es simplemente la suma de pensamientos que tienes de ti mismo”. En uno de sus prontuarios para hacer las cosas bien llega a afirmar: “deje de buscar la perfección. Deje de esperar la perfección en usted mismo o en sus contrarios”.
 
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