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Obama, del golf en Hawai a las incógnitas que le esperan en Washington

El presidente de Estados Unidos, lejos del frío ártico de Washington, juega al golf en el Pacífico. Se le ve relajado: quizás tenga sus propios pronósticos.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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No así Isidoro, duque de F., amigo –nombre figurado- que tiene la costumbre de predecir en enero lo que ocurrirá durante el año. Evidentemente se equivoca más que un borracho en un paso cebra jugando a no pisar las rayas. También tiene aciertos, todo hay que decirlo.

Cuando llega diciembre da la tabarra a familiares y conocidos para que le den opiniones, pistas de eventos que pueden sobrevenir a esta sufrida humanidad. Los que no se ríen de él, suelen echar a volar la imaginación: que si fallos estructurales y obligada demolición de la Torre Pelli en Sevilla; que si España ganará Eurovisión con Miguel Bosé; que si se encontrará petróleo en la Costa del Sol (Dios no lo permita: ¡con los magníficos campos de golf que tiene Málaga!). Y, la verdad, como cantaba Raphael antes del anuncio lotero, "¿qué sabe nadie?", si nadie se olió nada de hechos tan relevantes como la renuncia de Benedicto XVI; la ocupación preferida del documentalista Snowden, o la compra del Washington Post por parte del fundador de Amazon, Jeff Bezos. Por no enumerar los desastres naturales o los accidentes.

Y es que un año por delante es como un partido de golf. Ciertamente ambos presentan semejanzas: uno tiene 12 meses y el otro 18 hoyos; uno luce días que se hacen cortos y el otro hoyos cortos, par 3. Un año tiene cosas inamovibles como la rotación de la tierra o el Gobierno de Rajoy y un partido de golf reglas del Royal & Ancient. Un año y un partido de golf están sujetos a las leyes de la Naturaleza, como la ley de la gravedad. O sea: todo año que comienza tiende a terminar y toda bola de golf golpeada hacia arriba tiende a bajar.

Pero fuera de estas cuestiones fáciles de predecir sin un doctorado en física cuántica, la vida real, como el golf al que imita, experimenta el persistente hábito de ser impredecible. Impredecible e inescrutable. Y realmente esa oscuridad del futuro es, paradójicamente, una claridad del presente. Pondré algún ejemplo para que no se vayan sin leer el resto. En un torneo de golf, si Miguel Ángel Jiménez hace un approach desde 140 yardas, el propio jugador y, desde luego, el público procuran no perder de vista la blanca bola para saber cuán cerca aterriza del objetivo. Si siempre saliera según las previsiones no sólo sería aburrido, sino que no sería de ninguna manera: simplemente dejaríamos de jugar al golf y de ver cómo lo hacen otros. Sería algo insufriblemente rígido y frío. De ahí que el misterio sobre el devenir nos aliente sobre el actuar.

Todo esto me viene a la cabeza después de enterarme de algo insospechado. Les cuento. Sinceramente creía, y a pesar de lo que voy a narrarles sigo creyendo, que 2014 es el año de la esperanza, el momento en que muchos encontrarán sentido a lo que hacen y en el que se afianzará la realidad de que todo acabará bien. Es más: usted y yo acabaremos bien. Pero este pensamiento luminoso y esclarecido se ha visto nublado por la noticia que transcribo: "Barack Obama descansa y juega al golf en Hawái". Este es el titular y ciertamente no ofrece nada oscuro.
 
La pega está en el detalle donde se añade que el presidente de Estados Unidos, que pasa unos días de vacaciones en esa isla del Pacífico, "se acercó hasta el club Mid-Pacific Country para mejorar sus hándicap que está en 16". Pero ¡bueno! Cómo ha bajado en un año de 18,5 de hándicap -el que yo tengo- hasta 16 con la cantidad de trabajo que le han dado “sirios” y troyanos o con los dolores de cabeza originados por los programadores de la web Medicare (proyecto estrella del presidente que no arranca ni a patadas)?

Era imposible pronosticar que este jugador amateur fuera a bajar tanto de hándicap cuando ni juega campeonatos ni tiene tiempo para nada, enredado como ha estado todo el año con el Tea Party, el Congreso, el Senado, el “precipicio fiscal” y todo ello sin dejar de atender a las conversaciones telefónicas privadas de la Sra. Merkel, a los mensajes secretos de Hollande y a los cortes de manga estratégicos del Sr. Putin.
Y lo peor: veo la foto del hawaiano mandatario y me pregunto si en ese Mid-Pacific Country Club no rigen reglas de etiqueta y no hay un starter en condiciones para hacerlas cumplir en materia de indumentaria.

Pase que este notable hándicap 16 -pero, ¿cómo lo habrá obtenido?- se exhiba con bermudas cortas y zapato bicolor: en Hawái eso vale. Pero podría haber preguntado antes de ponerse los calcetincitos cortos y blancos (sí, blancos) y, la guinda del pastel, una gorra con visera que parece seleccionada en el economato del Pearl Harbour por insaculación entre el material requisado a algún capo del narcotráfico.

¿Hándicap 16? Yo le reto a jugar scratch en el Real Club, bien vestido desde luego. De momento, en el tee del hoyo 1 una autofoto muy mona con mi prima Margarita le sacaría de swing.

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