La segunda jornada del Open Championship habrá defraudado a cualquiera menos a los clásicos. Este viernes, Royal Birkadale se revistió de British auténtico sobre sus salvaje desnudez de link. Para ello, además de las mejores tradiciones de protocolo, lució galerna, lluvia, viento, frío y oscuridad.
La verdad de la verdad es que el golf se inventó en tierras más propias de la Winds of Winter próxima entrega de la saga Juego de Tronos de Georges R.R. Martin que de las sedes tropicales para turistas amateurs. Pero esto parecía desbocado.
Vientos de Invierno, sí. Ese podría ser el título del segundo día del 146º Open Championship. Porque el protagonista de la mañana y buena parte de la tarde fue este fenómeno atmosférico y su prima la lluvia y su tío el frío del Norte.
En el turno de la mañana jugaron los españoles. El que peor parado salió fue Pablo Larrazábal. El barcelonés, a base de remar y de trabajárselo, consiguió achicar los bogeys cometidos y llegar a la orilla de los segundos nueve hoyos.
Pero el vendaval acabó por ensordecer su buen ánimo y desarboló todos los palos, hundiendo la nave bajo el ominoso peso de cuatro bogeys más antes del hoyo 18: 74 golpes en la vuelta y +6 en el total. No pasó el corte.
El corte empezó con +2; a media mañana era +3; a las 15:00 hora local ya era más +4 y para el final de la tarde se ancló en +5. Una barbaridad que salvó para el fin de semana a grandes capitanes como Andy Sullivan, Lee Westwood, el olímpico Justin Rose y Tommy Fleetwood. O sea capitanes ingleses salvados por la tormenta, lo mismo que contra la Armada Invencible; sea dicho lo anterior sin ánimo de molestar.
Pero volviendo a la Armada Española, esta vez de golf, también hizo aguas sin llegar a zozobrar. El navegante vasco Jon Rahm dio 74 golpes en este campo par 70, para un acumulado de +3; y es que el chico comenzó los primeros nueve con tres bogeys seguidos; y en los segundos, para no ser menos, empezó con otros cuatro también seguidos; sus tres birdies le salvaron del naufragio.
El piloto del Mediterráneo, chaqueta verde, echó mano del cabestrante y de la experiencia y, sin alardes, terminó el día uno bajo par, para un total de -1: Sergio García será también en la partida.
El isleño, Rafa Cabrera Bello sabe de vientos y adversidades, pero no salieron las cosas. Pudo más el viento. O mejor, al final, pudo más el buen juego del canario del día anterior: gracias a los tres golpes que había ganado al campo la víspera, pudo aguantar para terminar con un total de Par.
El día era como era: vientos de hasta 50 kms./hora. Aire racheado frente al que no valía lo de siempre. El golpe de salida en cada hoyo podía ir casi a cualquier parte. Y si no coges calle enormes dificultades se alzan en forma de robusto e impracticable rough o en trampas de insuperable altura. Ya en calle, el golpe a green no era un acertijo: era un enigma.
Jugadores como Francesco Molinari que suelen tirar a bandera como a los dardos no acertaba ni a una plaza de toros. Si dabas con la dirección, errabas con la distancia. y viceversa.
Eran cerca de las 15:00 hora local cuando el Número 1 del Mundo iba a tirar su segundo golpe al green del hoyo 9; viento en contra de 25 millas/horas (40 kms); cambia de palo para llegar y se pasa para acabar en los arbustos de detrás.
Un cierto bálsamo fue ver cómo Rory McIlroy, que la víspera llegó a estar +5 en los seis primeros hoyos, se puso -2 en el hoyos 6 de la segunda jornada: era otro Rory, preciso donde era difuso, cierto donde era confuso y sereno donde había estado perplejo.
Matt Kuchar con -4 era líder en Casa Club. Pero fuera la furia estaba desatada. En condiciones ordinarias un profesional busca saber leer el green, sus distancias, sus caídas.
Pero en el viernes oscuro de viento y lluvia de Royal Birkdale, hacía falta saber leer el viento. Como cantaba Bob Dylan – ahí y entonces con más propiedad que nunca – the answer my friend is blowin’ in the wind.
Pero para leer vientos hay que leer corazones. Primero el de uno y, sobre todo, en los momentos más difíciles. Y en este deporte, para momentos recios, nadie como Ian Poulter. El inglés, desde el hoyo 8 de la víspera no cometió ningún bogey hasta el hoyo 16 de este viernes. Salvó todo lo salvable, porque leía el viento en cada hoyo, de tee a green. No fue la suya la mejor vuelta – lo fue la de Zach Johnson (-4) – pero sí fue el mejor juego bajo condiciones adversas.
Ian Poulter supo como un capitán de navío manejarse en la tormenta sin aspavientos, con la sobriedad propia de quien, aunque no mande sobre los aires airados, sabe que ellos no le esclavizarán a él.
Fue este viernes un día memorable en el que sólo 8 profesionales completaron la vuelta bajo par; la víspera lo habían hecho 39, cuatro veces más.
En cabeza terminó un luchador hábil como es Jordan Spieth. Pero si vuelve la galerna, que vigile la popa de su éxito, pues en estos mares verdes de festuca y hierbas salvajes navega el Hombre que leía los Vientos.
How many seas must a white dove sail
Before she sleeps in the sand
The answer my friend is blowin’ in the wind






