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Hay un lugar donde perderse y encontrarse en julio: Golf El Rompido

Tendemos a retrasar la admiración por las excelencias cercanas. Es un misterio que hunde sus raíces en el desconocimiento y en "la tristeza por el bien ajeno", es decir, la envidia.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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No es la primera vez que son extranjeros los primeros en descubrir y realzar antes que nosotros un bien español: ha pasado en la pintura (Picasso); en la poesía (San Juan de la Cruz); en el deporte (Severiano Ballesteros), en la gastronomía (la paella o José Andrés, el mejor cocinero de los Estados Unidos).
 
Es verdad que el aldeanismo, la cortedad de miras, ese pensar que lo de uno es lo único valioso se cura viajando. Pero tampoco el otro extremo, el encastillarse en que lo de fuera es mejor, parece lógico: en el fondo tal esnobismo no pocas veces oculta falta de personalidad, falta de criterio y, hasta paradójicamente, ausencia de buen gusto.
 
Existen obras valiosas en muchas partes; hay hermosos parajes en infinidad de horizontes y hay gente de primera en todos los continentes y países: también en éste. Se da la circunstancia, además, de que toda esta vanguardia foránea disfruta de lo lindo con nuestras cosas y entornos.
 
Un ejemplo paradigmático es El Rompido, con la Flecha, el pescaito frito, sus paisanos, la mansedumbre de los minutos y el silencio de las horas. Y la luz cegadora. Y la puesta del sol entre el Atlántico y La Antilla. Y sus dos recorridos de Golf: el Sur y el Norte.
 
En realidad todo el complejo de turismo de El Rompido es rompedor: el puerto; sus dos hoteles, uno de cinco y uno de cuatro estrellas y sus apartamentos anejos. El conjunto deportivo para paddle o futbol. Sus interminables senderos para caminar y para andar en bici entre los pinos cruzados de brisa marismeña bajo el solemne aleteo de alguna olvidada gaviota.
 
Debe ser que los extranjeros que nos visitan están ya hartos de aglomeraciones. Y si son jugadores de golf han aprendido a amar este recodo onubense, escondido en el regazo marino del río Piedras; será lo que sea. Pero en temporada alta – la que va de octubre a mayo – usted puede ver a media Europa golfista en estos campos.
 
Tuve la oportunidad de pasar por allí con ocasión de la Feria de Sevilla y jugar en el Campo Norte una vez más. En esta ocasión gratamente acompañado de dos caballeros y una dama de Irlanda, amigos de mi prima Margarita, que se deshicieron en alabanzas de ambos: del recorrido y, sobre todo, de mi pariente.
 
Lo cierto es que una vez más mi prima Margarita se me había adelantado y les tenía más que informados. Por ellos supe detalles para mí ignotos, como que El Rompido es campo preferido por la elite amateur de golfistas de las Islas Británicas y del Norte y Centro de Europa.
 
Ailbe, que es como se llamaba el mayor de los tres irlandeses (hándicap 4, Director General de una multinacional de una empresa de software con sede en Dublín, más que nada por la cosa fiscal), me llenó de datos: Golf El Rompido es una empresa turística de sanos fundamentos; en esos días de abril más de 300 salidas se daban diariamente.
 
.- My friend, you are a lucky man if you can come here frequently. If I were in your shoes I would come here during July – me dijo.
.- ¿Y por qué en el mes de julio, Ailbe?
.- Elemental: es un mes que reúne clima, campos en perfecto estado y, aunque siempre está todo organizado, son jornadas de menor saturación; los “guiris” preferimos algo más fresco para el verano – añadió a carcajadas antes de hacer birdie al difícil hoyo 3, un par 3 con algo de brisa en contra.
 
.- Ya. Desde luego esto está muy bien. – le dije -. No me extrañaría que este recorrido alcance pronto renombre.
.- ¿Pronto? Mi amigo, antes de salir de Dublín, y por consejo de su prima, leí algunos informes. – me dijo levantando unas pobladas cejas pelirrojas – Este campo, diseñado por Álvaro Arana (sobrino de legendario Javier), está en el Top 10 de los recorridos del Sur español y en el Top 25 de toda España. Yo lo prefiero a muchos.
 
Y dicho esto, con un hierro medio dejó la bola a medio metro de bandera. Cómo pueden hablar, calcular y jugar todo seguido es una misteriosa habilidad que reconozco en los hombres grandes. Y en las grandes mujeres.
 
Fue una tarde de disfrute, junto a ese Paraje Natural Protegido, entre la marisma y los pinos jugando un golf variado. En realidad, para dejar la bola en su sitio había que pensar cada golpe. Quizás fue por eso (tener que pensar) que perdí contra los irlandeses la caña de cerveza. “La pinta”, reclamaba un sonriente Ailbe.
 
¿La Pinta?, Ailbe: me has ganado la Pinta, la Niña y la Santa María. Vamos, toda flota – le dije, pero creo que esto no lo pilló, aunque volvió a reír a carcajadas.
Tuve que esperar a la tarde siguiente para la venganza: Margarita y yo les ganamos a los dos hombres los gin-tonics en el campo Sur, el de olor a salitre y a espuma de mar, que lo conocemos mejor.

 

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