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NO ERA UN DÍA MISERABLE

En un final agónico Eddie Pepperell gana el British Masters

En la ronda final, dos visiones distintas del juego se enfrentaban en Walton Heath: un "amarrón" Alexander Björk y un coraje llamado Eddie Pepperell fueron los protagonistas con la lluvia y el viento de Leslie.

Hechosdehoy / José Ángel Domínguez Calatayud
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De “día miserable” tildó un comentarista de Sky Sports  a este domingo de golf en Walton Heath. Ciertamente, en tan inclementes días mi tío Carlos, el más británico de la estirpe, se refugiaba en su biblioteca con un whisky y un libro; una novela de Agatha Christie o los discursos de Winston Churchill según a que altura de la temporada nos hallásemos.

Ahora, recién estrenado el otoño ha asomado violenta e irascible Leslie, arrancando árboles y ramas e inundando torrenteras. No se parece nada a la única Leslie que conozco, querida amiga hándicap 9 y pico, persona respetuosa con las Reglas, educada con las personas y siempre señora con los acontecimientos.

Pero esa otra Leslie, la nacida huracán, convertida en tormenta tropical ha emborronado el final del British Masters. Eso ha perjudicado a algunos como Gonzalo Fernández Castaño, que deberían ir asegurando su presencia el año que viene en el Circuito Europeo, para lo cuál están en la obligación de acumular euros, lo que depende de su posición al final de cada torneo. El madrileño, que en el día ha hecho +4 y un acumulado de +3, necesitaba estar en top 10 y se ha quedado en el puesto 42.

Pero, qué quieren, las rachas de viento y la lluvia incesante pintaban de agua y frío los contornos. Se congelaban las ideas y se nublaban los proyectos más luminosos.  Eran admirables los grupos de espectadores arrasados de penumbra por el vendaval que luchaban embutidos en prendas de abrigo –negras en su mayoría – por seguir a estos profesionales del golf.

Aunque los más dignos de admiración eran precisamente los profesionales que no obstante las condiciones adversas persistían en su afán cuando no de ganar sí de no descolgarse.

Cuando terminaban los primeros nueve hoyos, el líder Eddie Pepperell iba -9 y su inmediato perseguidor, Alexander Björk -8. Los demás ya no contaban. Así que con la diferencia de un sólo golpe todo pintaba a una reñida pelea entre el simpático inglés de mejillas sonrosadas y el circunspecto sueco de mirada heladora.

Y ahí, en ese primer hoyo del back nine, Eddie se fue al rough de calluna vulgaris (“el heather” repetía el comentarista); su golpe de calidad le supuso un eagle en ese hoyo 10. Era el cuarto eagle que hacía en estos cuatro día. Mientras, la bola de Alexander Björk estaba medio clavada en el bunker junto al green.

Finalmente pudo el sueco salvar el par, pero la diferencia se ponía en tres golpes. ¿Alcanzable? Sin duda, porque Björk estaba brillante con su putt y en el hoyo 11 Pepperell falló el suyo. La presión de ver a tu contrincante no errar con el putt puede poner el semáforo en verde a los malos pensamientos.

A los recuerdos de cuando estabas primero y acabaste segundo por un golpe. Es el lado oscuro. Todos lo tenemos en nuestro juego, en nuestro trabajo o en nuestras relaciones.
Es el momento de dejar la “nothing box” – en golf la  “thinking box” – y afanarse en la “playing box”.

En cristiano, es el momento de no dar ni una oportunidad al más mínimo pensamiento negativo y centrarse solamente en hacer lo que hay que hacer. Siempre debería ser así y más en actividades de pura habilidad adherida a un ejercicio repetitivo. Pero eso es más verdad que nunca cuando hemos pegado un patinazo. El siguiente hoyo, el siguiente golpe es lo único que existe porque como escribiría Agatha Christie en The Big Four, “mientras tanto hemos aprendido algo, y saber es estar preparado”.

Eso, y paciencia. Los dos únicos que podían ya ganar cuando quedaba un tercio del recorrido mantenían su estrategia y la paciencia de un shogun. Alexander Björk en ningún momento cogió el driver para salir; estaba claro que privilegiaba la seguridad de coger calle a la de enviar lejos la bola. Por el contrario Eddie Pepperell atizaba a la bola con golpes de drive para situarla lo más cerca de green y  tener un golpe corto y seguro.

Esa estrategia estuvo a punto de darle un disgusto en el hoyo 14 donde se vio obligado a dar un largo putt desde fuera de green tras haber caído dos veces en la calluna. El sopapo se lo dio en los dos siguientes hoyos en los que el inglés con dos bogeys seguidos abrió la puerta de la esperanza al sueco.

Quedaban dos hoyos de tenso frío y emociones encendidas. Y la diferencia estaba en un solo golpe. Era uno de esos momentos en que el temple forja de un hachazo el sentido de las cosas. Para instantes así Winston Churchill,  que supo del dolor y la gloria, tenía una frase: “el éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal: lo que cuenta es el coraje para continuar”.

Eso hizo Eddie Pepperell que no se arrugó y en el último hoyo volvió a tomar en sus manos con el driver la dirección de su destino. No sólo ganó el torneo, sino que dio un paso de gigante para estar entre los mejores. Se llama confianza.
 

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