En la vida como en el golf uno debe darse oportunidades para celebrar y cuando llegan aprovecharlas a tope. La razón es clara: no abundan los aciertos porque errare humanum est. Se trata de una verdad sencilla, descrita en toda su natural crudeza con sólo tres palabras. Pero la Humanidad sigue sin entenderlo y menos si se trata de esa parte de la Humanidad que juega al golf. ¡Celebre, hombre celebre, su buen resultado o su buen golpe! Todo eso es inusual, lo que es normal es fallar. Pero la soberbia humana y el miedo a la decepción nos hacen no pensar en ello.
Un jugador de golf – pero lo mismo un bróker, un comunicador, un abogado o un cantante – tiende a traer a sus neuronas y darle vueltas a los buenos momentos. Y lo hace con tanta intensidad y fruición que acaba revestido de un aura de brillantez que sólo él es capaz de ver. ¿Qué aficionado no ha traído a la imaginación repetidas veces aquel approach del hoyo 9 en que la bola, lanzada por él, sobrevolaba el lago y se detenía a unas pulgadas de la bandera?
¿O aquel putt de 28 pies que dibujó la caída como conducido por un pincel, para que la pelota se amansara redonda y quieta en el fondo del hoyo 17?
Está bien reproducir mentalmente estos y otros momentos parecidos en el recuerdo y, en su caso, descorchar una botella de brut Gobillard. Pero si hacemos eso es porque implícitamente reconocemos que las perlas de los instantes memorables en el golf, en el amor y en el trabajo son tesoros difíciles de encontrar. Lo normal, y más en actividades que requieran habilidad, puntería o finura es lo contrario: el error. El fracaso es lo normal, el acierto es raro.
Por ejemplo el otro día, a mi conocido Martín "Seguío" P. gerontólogo, a quien, como recordarán mis lectores, le endilgué una partido de golf acompañando a mi tía a Alicia y a su pegajosa y pelota amiga Rosa, me lo encontré en estado de postración anímica, con una triste taza de infusión de manzanilla en la mesa adjunta, sentado en la terraza del Ala Oeste de la Casa Club, al amor de los últimos templados rayos del sol de la tarde.
Ciertamente, iba yo a pasar de largo, pero la llamada de la cristiana misericordia se apoderó de mí. Así, que haciendo de tripas corazón y dispuesto a que me endosara uno de sus plúmbeos discursos sobre lo perjudicial que resulta para mi sana longevidad la ingesta de carne roja, vino de Rueda y otros productos de la Naturaleza, me acerqué a él con la más radiante de mis sonrisas dispuestos a cambiar aquel semblante adusto y tornarlo alegre como el de un boyero camino del Rocío.
.- ¡Hombre, Martín!: siempre es un placer enorme verte.- comencé en mi mejor y más cascabelero tono conciliador.- ¿Qué es de tu vida?
.- ¡Bah! – espetó.
Sin duda mi especialidad no es la hermenéutica o la disciplina que sea que se ocupa de descifrar los significados de la palabra "bah" en labios de gerontólogos. Pero tuve claro que el asunto tenía, como dicen en las tertulias radiofónicas, connotaciones negativas.
No somos en mi estirpe gente que se amilane por las connotaciones, ni por los ex-amigos que van por la vida diciendo, bah.
.-Así que aquí, ¿eh?, disfrutando de la tarde – insistí.
.- ¡Bah! – persistía Martín , apodado Seguío por sus inacabables charlas médicas.
.- Veo que te cuidas – dije sin rendirme, señalando el brebaje de la taza.
.- Efectivamente – bramó Martín, apartándose de su discurso monosilábico –: estoy pasando el peor trago de la peor comida de mi vida.
.- Hombre – añadí – es cierto que el restaurante del Club no tiene ninguna estrella Michelin, pero por 10 euros puedes comer el menú del día.
.- Que va no es lo que he comido, sino lo que ha ingerido tu odiosa tía Alicia.
Al oír aquello, mis entrañas humanitarias se conmovieron y a punto estuve de abrazarlo y pedirme una solidaria infusión de manzanilla: un socio que haya comido con mi tía Alicia y haya sobrevivido es para mí como un hermano de leche. Finalmente opté por no abrazarlo y sustituir la infusión por una tónica con ginebra Citadelle, según me enseñó mi amigo y socio Antonio G. de la T. como medida para dar un aire de triunfo al aciago devenir del golf.
Y Martín me contó.
Del infausto partido-pesadilla salió el compromiso – o error – de comer él con tía Alicia. Lo dispuso todo con brillantez en el comedor principal del Club y la comida había finalizado hacía unas horas. Per había concluido de forma abrupta en el segundo plato, porque este docto médico pidió para mi vieja pariente unas "Chuletillas de cordero lechal al Cuscús y verduras confitadas", sin percatarse de que esta receta original de Arzak lleva lo que técnicamente se conoce como "hebras de azafrán", y mi tía Alicia es alérgica al azafrán en cualquiera de sus variedades.
Su Excelencia El Terror, mi tía, se puso a morir y, en medio del comedor dijo pestes del médico – él cree recordar que lo tildó de envenenador o algo más grave – y prometió, si salía de esas, elevar queja formal a la Autoridad Médica Colegiada y al Comité de Disciplina del Club para que lo expulsaran del mismo.
Esto último sí que me pareció grave y me alarmó: una cosa es un Colegio más o menos Médico y otra es aparecer en le revista del Club bajo un titular parecido a "Intento de asesinato de S.E. la Duquesa Dª Alicia D / El socio D. Martín P. sancionado con dos meses de baja en el Club".
Ante tan desmedida amenaza me solidaricé con el pobre diablo y le ofrecí mis servicios de intercesión. En su nombre llevé a la clínica donde se recuperaba tía Alicia una caja de 5 kilos de bombones en cuya parte central brillaba una sortija de Bulgari (colección "Parentesi") y una tarjeta: "Con mi más apesadumbrado dolor, le ruego acepte este homenaje y mi más humilde ofrecimiento disculpas. SSS Martín P.".
El asunto quedó venturosamente zanjado para el doctor, pero yo no paso por el Ala Oeste desde hace días porque errare humanum est sed in errore perseverare dementia. Y ruina.






