fjrigjwwe9r1_articulos:cuerpo
En Malasia se ha disputado en tres jornadas la primera edición del Europa-Asia. Esta competición por equipos toma algunos aspectos de la
Ryder Cup. Se juegan todos los partidos bajo la modalidad
Match Play, es decir, por hoyos; cada hoyo se juega independientemente de los otros; quien gana más hoyos gana el partido.
El continente que vence en un partido se adjudica un punto. Se juegan tres sesiones de partidos: la primera por parejas, Foursome (juegan dos bolas por cada equipo y gana el hoyo aquella que hace menos golpes); en esta ocasión ganó Europa 5-0; en el segundo día se juega Greensome (sólo una bola por cada equipo que los dos componentes golpean alternativamente). Al término de esta segunda sesión el resultado acumulado era 7-3 a favor de Europa.
Y llegamos a la tercera y última jornada ya con diez partidos individuales. La hipótesis de una recuperación de los asiáticos no entraba en los pronósticos: para nada.
Si uno miraba la posición relativa de los diez asiáticos capitaneados por Thongchai Jaizee y los diez europeos por Miguel Ángel Jiménez se veía claro que estos últimos eran muy superiores. Estaban el propio Pisha, Bjørn, Luiten, Larrazábal, McGreame, Olesen, Donaldson, Gallacher y Fernández-Castaño. Por el lado asiático Afhibarnrat, Lahiri o Tanihara eran los más conocidos.
Pero la modalidad Match Play no conoce de famas, rankings ni preferidos. La razón es que cada partido es único: un uno contra uno. Cada hoyo se pelea como una batalla independiente que hay que ganar para contribuir a la victoria en la guerra entre los dos grandes equipos.
Definitivamente es una suerte de enfrentamiento en que no hay enemigo demasiado pequeño que no pueda ganar ni diferencia tan grande que no se pueda, en principio, enjugar.
Si van a jugarse 10 partidos y uno parte con 4 de ventaja parece que, como diría
Julio César, la suerte está echada: con ganar 6 de esos 10 sería suficiente: pan comido.
Pues la gran Europa, la vieja Europa, la experimentada Europa cuna del golf sólo ganó dos y ambos in extremis: Miguel Ángel Jiménez, en la última vuelta de bola del último putt derrotó al malasio Nicholas Fung de 23 años, y el holandés Joost Luiten derrotó también en el hoyo 18 al japonés Koumei Oda: eso fue todo.
El resto, dos empates y seis derrotas, algunas muy humillantes como las sufridas por Thorbjøm Olesen 4&3 a manos del indio Gaganjeet Bhullar y la de Stephen Gallacher a manos de Siddikur Rahman.
Parece mentira pero el empate 10-10 acabó sabiendo a victoria a Europa y servirá para incrementar la afición en países como China, India, Tailandia, Malasia y Japón.
Si usted quiere que su niño juegue en la cumbre del golf en las próximas décadas – las niñas no tienen nada que hacer si no son coreanas –, ponga más interés, porque en esto, como en el caso de las tiendas Todo-A-Euro o en automóviles, nos espera un inusitado auge, una explosión de juego oriental.
Podemos buscar excusas, como que se levantan antes porque el sol sale primero por allí, o que son muchos, o que con esos ojos tan rasgados se fijan mucho, pero la verdad es que están destinando recursos y patrocinios, abriendo campos y escuelas de golf y, más que nada, están intensificando lo principal: deseo colectivo triunfar.
Sí, el golf mira a Oriente y en Occidente estamos desorientados si no prestamos atención a este fenómeno del crecimiento brutal e intenso de la actividad en muchos de sus países.
Mientras, en Estados Unidos se jugaba el Valero Open en Texas y sin presencia española. Allí ha sido noticia la retirada por lesión, de momento leve, de Phil Mickelson. Este suceso hace temblar a los organizadores del ya cercano Masters de Augusta, ya que la mala noticia se une a las dificultades, también de salud, por las que pasa el Número 1 del mundo, Tiger Woods, que no le permiten confirmar su presencia en ese major.
Dice mi tía
Alicia que, visto como marcha el golf oriental, lo que mejor pueden hacer estos jugadores que se rompen es tomar té, hacer yoga; cualquier cosa si no quieren brindar con sake en vez de con champán.